Diario de cuarentena. Teresita Galimany

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Mi amiga Laura me pregunta por las cartas, cómo te va con eso, dice. Ella sabía de mi siempre postergado proyecto de ordenar primero las fotos, luego las cartas, luego mis  diarios. La debo haber aburrido, y no es la única, con mi “algún día me haré el tiempo para eso”. Y el tiempo se hizo solo y se llamó Cuarentena. Pero no, Lau, no pasé de las fotos, no pude. Abrí las cajas con enorme entusiasmo, el confinamiento apenas empezaba y me lancé a aprovechar la oportunidad que me daban esos días, ese mes quizá, para atacar al fin lo pendiente: fotoscartasdiarios, en ese orden.


Así que las fotos: gran desparramo sobre mi mesa, hizo falta traer también el escritorio del teléfono fijo. Varios álbumes y dos cajas grandes llenas, sueltas y entreveradas. Mi primer novio, en Jujuy, con la casa de mi amiga Marta en Caracas, con aquélla oficina de N.Y. muchos años después y más acá, Tanguito, la mascota tan querida, husmeando entre mis parientes. Sobrines con biblias y calefones. Necesitaba agruparlas por épocas, por afinidades, por países. Como si de ese modo pudiera ver con más claridad mi vida, ese mosaico que se arma y desarma, la verdad, más bien como quiere. Al andar, digo.

La primera semana entonces fue de puro impulso. Varias horas por día con gran energía en la tarea. Después… el ímpetu fue bajando y las fotos no parecían hacer lo mismo. Tampoco la cuarentena. Los días se sumaban y los montoncitos de fotografías que había ido separando empezaban a parecerme el Himalaya. Recordá que eran fotos en papel, le dije a Lau, o sea, de unos veinte años para atrás. Encima, estaban los álbumes de la casa de mis viejos, los que traje cuando la vacié y que no había podido abrir en todos estos años… Cada intento de avanzar me tironeaba hacia atrás. Amadxs amigxs que partieron pronto y resulta que allí estaban, espléndidos, riendo bronceadísimxs en torno a la mesa venezolana. Esa niña que fui en tantos paisajes distintos. Aquéllas otras del encuentro en un viaje con mis padres tan plenos, verlos de nuevo con mi edad de ahora, yo mi edad de ahora mirándolos, ellos mi edad de ahora sonriendo a la cámara, verlos detenidos en ese instante.
Verlos otra vez.
Pausa.
Se empezaron a imponer las pausas cada vez más seguido. Entre tantas imágenes, me impactaba encontrar algunas en que me veía recorriendo el mismo lugar en dos tiempos. Me flasheaban y pausa, pausa, pausa. Por ejemplo:
Empieza así. Foto 1, 1971. En blanco y negro. Desgastada. Voy bajando esa pendiente. Llevo puesto aquél poncho largo, sé que es marrón y peludito, de vicuña tal vez, que apenas deja ver la botamanga de los vaqueros y las zapatillas de lona sobre el camino de ripio. El pelo hasta los hombros, muy despeinado, flequillo, y el rostro serio, grave. ¿Triste? ¿Preocupado? No sé. Pasaron más de cuarenta años.
Sigue así. Foto 2, 2016: bajando la misma cuesta en colores brillantes. Con jeans. Conmovida por estar recorriendo el paisaje de mi adolescencia. Percibo otra vez el insobornable silencio de los cerros. Lo respiro con la piel. Se me ve, estoy, feliz. Más feliz en ésta que en la anterior, cuando la juventud.
Qué hay entre ambas fotos.
Qué hay en ese entre.
Pausa.
Pausa.
No es fácil eso de revisar fotos porque el pasado se te va imponiendo, Lau. Crece cada vez más. El encierro lo ayuda, se alimenta de él. Prendés la tele, ves un diario, y las noticias cuentan muertos todo el santo día. Tus fotos también, a su modo, con más suavidad, a tu escala, pero los cuentan, te cuentan de ellos, te los ponen frente a los ojos y dan cuenta a la vez de tus etapas vividas: la que fuiste y lo que ya fue, ya pasó, feliz o desgraciado ya ido, ya muerto. (Acá podés poner a Chavela cantándote Las simples cosas y quedarte pegada para siempre a todo aquello querido que fue muriendo)
Ahí  me dijiste: sí, vos tenés un tema con la muerte. Y es cierto. Sí, un tema. Tanta gente querida que ya no está y ufff…! ¿Dónde anda? ¿Cómo? ¿¿Qué fue de ellos?? Umbrales, mi primera obra: si será lo mismo lo incierto de venir a este mundo que lo incierto de irse. Y sí, esas preguntas nada originales pero tan mías también. Mi expresión de joven creo que tenía que ver con eso, con que era demasiado el runrun con la existencia y su gravedad y su peso. Así que no, me dije, alerta, se impone un parate. ¡Que no! Que si apenas puedo abrir alguna ventanita a futuro porque se ha cerrado (¿te acordás de los planes, las giras, las funciones…?!) y el pasado tiende a crecer tanto (¿te acordás de…?), debo tomar otro camino en estos días especialmente, o me quedo congelada en un no-lugar. A terminar con estas fotos rapidito y atender al Presente. Fortalecerlo. Sumarle más de lo que tiene que ver con el aquí y ahora. Y con la alegría. Las cosas que me gustan, que me dan fuerzas. Darle al tiempo comidita dulce en este eterno y delgado día cuarenténico. En eso estoy. Tratando de hacer cada día una cosita, la posible, y disfrutarla. Budín o gran obra, lo mejor posible, ponerle todo, concentrarme en eso. Empezarla y terminarla, tratar. En el ahora. Que la música sea la que me sonríe. No solamente, claro. Mayormente, sí.
Por todo lo cual, amiga, llegué hasta aquí con el proyecto que en adelante me oirás llamar cartasdiarios (que no deja de ponerme contenta este acortamiento, atención, gran logro) y seguiré así, te cuento, hasta ese día en que me haga el tiempo para...

Teresita Galimany


Diario de cuarentena. Collage.

Diario de escritura colectiva. Collage de palabras de muchas mujeres, de diferentes oficios, de diferentes lugares, todas atravesadas por...