El rincón de la Freire. Heroínas de la escena


 Las primeras actrices criollas
  



El cine, la televisión y ahora las redes sociales fueron y son los grandes difusores de la imagen de los intérpretes.


Pero hay un grupo, fundamentalmente actrices, que, desde el anonimato, fueron ganando espacio contra viento y marea en los teatros porteños, especialmente en una época donde la mujer tenía prohibido mostrarse sobre un escenario.


En las presentaciones iniciales, los papeles de damas eran protagonizados por hombres, ya que de acuerdo a las leyes y prejuicios de la época, los actores profesionales eran considerados infames por la sociedad y especialmente las mujeres que se exhibían en lugares públicos, junto a hombres. Sin embargo, la presencia de la mujer era también una fuerte atracción para el público, por lo que el empresario Lorente decidió contratar a Josefa Samalloa, una actriz de la ciudad de Potosí. Pero la Samalloa no le gustó al público de Buenos Aires y fue despedida. En su lugar se contrató a la joven actriz Josefa Ocampos, nacida en Buenos Aires en 1765. Josefa se casó con el tercer galán Ángel Martínez y subió por primera vez al escenario, pocas semanas después de la inauguración del Teatro de la Ranchería y según las crónicas, la actriz se ganó rápidamente el corazón de los porteños gracias a su belleza y talento.




Entre muchos otros papeles representó el de Lucía Miranda, la heroína legendaria que rechazó el amor del cacique Siripo y muere trágicamente. Josefa era imprescindible para el público y su sueldo de primera dama duplicaba en 1790 a casi todos los miembros del equipo. Sin embargo, en 1792 ella y su marido se separaron del elenco por desacuerdos económicos con la empresa. La actriz, que también actuó bajo el seudónimo de Pepa Salinas, se presentó luego en Montevideo y en Chile y su trabajo contribuyó a despejar los prejuicios que existían contra los actores y abrió las puertas a las mujeres, en el mundo del espectáculo.


Otra de las actrices criollas fue Juanita Ibaita, quien también ingresa al teatro por lazos familiares: era hija del cobrador de lunetas e hijastra de una actriz que hacía roles de criada. Las actrices, poco numerosas, son muy apreciadas por el público y perciben remuneraciones prácticamente superiores a los hombres, pero son víctimas de hondos prejuicios sociales.


En el caso de María Mercedes González y Benavídez, su padre pide en 1788 que se le prohíba actuar, porque “no sólo se echa sobre sí la nota de infamia sino que la hace trascender a todos sus parientes” y porque la compañía se completa con “las personas más viles y despreciables como son las mulatas esclavas, siendo tal una de las cómicas” (Klein 1984; 16/23. Seibel 1990; 93/96). Aunque finalmente la actriz gana el pleito, vemos el despliegue de discriminaciones sociales contra los cómicos, los esclavos, las mujeres en general y las de color -no blanco- en particular.


A pesar de todos los prejuicios, las actrices fueron imponiéndose, sobretodo porque la literatura dramática exigía características femeninas para interpretar a las grandes heroínas de la escena.






Susana Freire

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