El rincón de la Freire. Glorias del pasado


Eva Franco

Eva Petrona Talía Franco (Buenos Aires, 29 de junio de 1906-Mar del Plata, 28 de marzo de 1999), más conocida como Eva Franco, fue una actriz argentina que se destacó en el teatro, el cine y la televisión. Representó más de 200 obras de teatro y 22 películas. Alberto Vacarezza escribió para ella la famosa obra teatral Tu cuna fue un conventillo.
Hija de Ernesta Morandi y el actor José Franco. Nacida en una familia de actores debutó a los ocho meses en un escenario en brazos de Gerónimo Podestá. A los 5 años realiza su primera obra de la mano de María Esther Podestá. Participó en la compañía de su padre y de Pablo Podestá y Camila Quiroga. Su hermana fue la actriz Herminia y su prima, Nélida Franco, también actrices.
Considerando este entorno familiar no era de extrañar que el destino de esta gran actriz ya estuviera señalado.


Se destacó como una intérprete de excepción desde sus comienzos en 1923, cuando contaba con 16 años, en la compañía de teatro dirigida por su padre, y en 1924 debutó en la película sin sonido La cieguita de la avenida Alvear. A partir del año siguiente compartió cartel con su padre y en 1929 se unieron a la compañía de Enrique de Rosas. Si bien realizó todo tipo de géneros teatrales, se destacó y su nombre está asociado con el sainete. Actuó en más de 200 obras teatrales de autores como Alberto Vacarezza, Samuel Eichelbaum, González Pacheco, Claudio Martínez Paiva, Enrique García Velloso y Julio Sánchez Gardel, entre otros.
Compartió el escenario con actores y actrices como Pablo Podestá, Florencio Parravicini, Camila Quiroga y Angelina Pagano.
A principios de la década de 1930 formó su propia compañía, con la que obtuvo un Premio Municipal en 1932 por la temporada desarrollada en el Teatro Liceo. En 1934 actuó bajo dirección de Federico García Lorca en La dama boba, de Lope de Vega, cuando el genial autor andaluz trajo sus obras a la Argentina.
Fue una de las fundadoras de la Comedia Nacional, de la Asociación Argentina de Actores y presidenta de la Casa del Teatro.
No sólo la escena contó con su presencia, también fue un rostro de la pantalla grande. Actuó en 22 películas de cine, entre ellas Medio millón para una mujer, Locos de verano y La nona.
Posteriormente se radicó en Mar del Plata, donde nacieron sus hijos y sus nietos. En 1987 viajó a Lima donde realizó la obra teatral Solo ochenta, de Colin Higgins, y en 1994 hace en Buenos Aires la que sería su última obra Barranca abajo, de Florencio Sánchez, obra que había representado décadas antes como actriz joven.
Toda esta actividad la hizo merecedora de las distinciones Premio Municipal, Medalla de Oro (1936); Premio Municipal a la mejor actriz dramática (1939); Premio Martín Fierro (1967); Premio a la mejor actriz otorgado por la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, 1981; Premio San Gabriel otorgado por el Fondo Nacional de las Artes (1981); Diploma al Mérito de la Fundación Konex (1981); Premio María Guerrero (1987); Premio Molière (1987); Laurel de Plata otorgado por el Rotary Club de Buenos Aires (1982); Premio Anual a la mejor trayectoria (1990); Premio Podestá (1991); Ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires (1993); Premio ACE de Oro (1994); Premio Estrella de Mar (1998).
En 1998 recibió su último homenaje y presentó su libro autobiográfico "Cien años de teatro en los ojos de una dama". Falleció el 28 de marzo de 1999 de una neumonía a los 92 años en Mar del Plata.
Sobre ella dijo el crítico Ernesto Schóo: “Allá por 1937 (año más, año menos) un gran éxito de la temporada porteña fue Joven, viuda y estanciera, de Claudio Martínez Payva, en una sala de la calle Corrientes que pudo haber sido el Astral, quizá. Mis padres, espectadores infatigables, me llevaron a verla a una función matinée. Quedé muy impresionado. Menos por la obra, bastante previsible aunque entretenida, que por su protagonista. Era Eva Franco.
Hasta ese momento yo casi no había visto otra cosa que sainetes, o bien esos espectáculos cómicos todavía linderos con el circo, con personajes caracterizados hasta la deformidad, con narices monstruosas, pelucas improbables, maquillajes exagerados que la cruda luz blanca resaltaba aun más, ropas carnavalescas. Mi padre me había advertido que nadie en el teatro argentino desplegaba la riqueza de tonos, de matices, de Eva Franco. Tenía razón. No sólo me entretuvo la previsible historia de la estanciera víctima de unos sinvergüenzas y rescatada por la devoción silenciosa de un capataz enamorado, sino que comprobé la verdad del aserto paterno. La actriz manejaba su voz con la flexibilidad de un instrumento musical, le arrancaba los acentos justos y, sin poder precisarlo todavía, a mi temprana edad, percibí también un exacto manejo del tiempo, de los tiempos, otro don musical.”

Susana Freire

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