Y afuera llora la ciudad... (Diario de cuarentena)

LAS PRIMERAS COSAS
Crónica de una entrega.

Por Natalia Marcet

Cynthia. Su nombre es Cynthia.

Mientras  guardaba su número pensaba: ¿será con y griega o latina?, ¿será th o sòlo t?
Pensé en mi mamá y en Dios, que está en los detalles….
25 de marzo, 10 de la mañana. Llego con barbijo y en bicicleta a una escuela donde repartiremos comida en forma secuenciada. Cada grado tiene un horario, lo que me hace pensar que habrá muchas y muchos viniendo.
Me he ofrecido como voluntaria. Una semana más tarde saldrá un decreto en el que se nos pondrá a disposición -a todes les empleades de C.A.B.A- de la emergencia sanitaria, salvo aquelles que sean población de riesgo.  
El tránsito ha sido solitario: perdí uno de mis hermosos aros nuevos, la calle nuevamente se me semejó a una postal de la novela de Paul Auster, El país de las últimas cosas. Luego pensaré que éstas son las primeras cosas.
Desierto post-apocalíptico.
Cynthia o Cintia, o como se escribiere. Ese es el detalle que importa. Ella ya está ahí. Con su barbijo. Ha venido caminando desde Puente Pueyrredón hasta San Telmo, para buscar la vianda de comida.
La  escuela está cerrada.
Una señora sale del zaguán de al lado a gritarle al repartidor de correo que pasa.
A tres metros está N, ayudante de comedor. Y en la calle un camión de transporte de sustancias alimenticias con su chofer. Está encendido.
"Sos autoridad para recibir las viandas", me han dicho…
El chofer baja y me dice que me las deja, que no hay problema, pero: "Me dijeron por teléfono que venga acá, pero los remitos están a nombre de otra escuela..."
Llamo a mi coordinadora. Ella se desvive por solucionar el tema. Llamamos. Las viandas se quedan en la escuela que ya van a venir a abrir. Las viandas se suben al camión y yo me subo al camión con la bicicleta  y vamos a otra Escuela. Cortamos. Cynthia esta ahí. Me vuelve a  llamar.  Las viandas se quedan en la Escuela, y yo me bajo con las viandas y la bicicleta.
Llega otra superiora. Y dice: "Vos, mamá, ¿estás esperando viandas, verdad?"
"Sí", responde ella. "Vine caminando desde Puente Pueyrredón porque no tenía para el micro..."
Le damos 20 sandwiches. Manzanas. Llenamos su mochila de manzanas. Va a volver caminando por Puente Pueyrredón.
"¿No hay leche?", preguntan sus ojos.
Tomamos su número de teléfono para avisarle donde será el reparto mañana, para que no tenga que volver caminando sin saber donde ir.
No nos han querido dejar la leche porque no estoy en la nómina de la Planta de la Escuela.
La Escuela sigue cerrada, la lluvia amenaza con caer, las nubes se hacen más negras y nosotres seguimos ahí.
Sé que mi compañera de entrega junto a su marido se irán luego para otra Escuela.
Empiezan a llegar mamás, papás, nenas, nenes. Con bolsas. Las llenamos. Sabemos que para buscar leche deben ir a otra Escuela que sí está abierta. Les damos la dirección y ellos van. Veinte minutos más tarde, el ayudante de cocina que fuera enviado a esa Escuela vuelve a ésta donde yo he permanecido (y que sigue cerrada), porque la otra Escuela ya se cerró y él tiene que volver a su lugar de origen ("Tengo miedo de que me descuenten el día", dicen sus ojos).
Vuelve el camión del concesionario de comida .Mi compañera de entrega lo obliga a dejar las viandas. Se las llevamos al comedor de la esquina, que ayuda a personas en situación de calle. Las otras, ella y su marido se las llevarán a otro lugar en que ella ayuda, donde también yo trabajo, y que ambas coincidimos en amar infinitamente.
Pasa un señor caminando con un perro. Nos pregunta si puede llevar algo al Parque Lezama, donde hay gente viviendo en los bancos de la plaza. Horas más tarde pasaré en bicicleta por allí, lo veré desierto, una llamarada encendida dentro de un cesto de basura y 8 uniformados de Prefectura patrullándolo.
Agradeceré dentro de mí tener donde volver a dormir, un plato de comida caliente.
Agradeceré en mi fuero interno que mi papá esté cuidado por mi hermano, mi cuñada, y mis sobrinos.
Agradeceré tener trabajo, mi cuerpo sano, las canas y el corazón contento.
Agradeceré mis arrugas.
Extrañaré a mi mamá más que nunca. Su sonrisa infinita.
Agradeceré de alguna forma que ella haya partido antes de todo esto, porque no hubiera podido entender, porque todo hubiera sido mucho más complejo y porque su Alma eterna y luminosa, nos protege sonriendo desde donde está.
Y al llegar a mi casa, mientras riego las plantas, pensaré en Cynthia, recordaré a mi mamá, le prenderé una velita blanca, entenderé, por fin, lo que ella me insistía siempre acerca de cuáles son "las primeras cosas", pediré que proteja a Cynthia y a su familia. La recordaré a la Lucre (mi mamá) llegando de dar clases, y cantaré junto a ella, cantaré una de las canciones de María Elena Walsh que nos cantaba cuando nos enfermábamos, cantaré con toda mis fuerzas El Brujito de Gulubú, deseando que un día, el más cercano posible, llegue el "doctorrrr, manejando el cuatrimotorrrrrrr ", y que toda la brujería del brujito de Gulubú se cure con la vacu con la vacu de Lanulalu.
Natalia Marcet
27 de marzo de 2020

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