LA VOZ DEL QUE NO HABLA


A mis compañeros del Estudio Teatral

Por Joel Sáez y Roxana Pineda

A veces, en momentos de reflexión, miro hacia atrás y trato de imaginar a los comediantes de la Edad Media, excomulgados por la iglesia, robando espacios para decir a la gente lo que los religiosos no querían oír. Imagino a ratos a los saltimbanquis con sus ropas de colores desteñidos, sucios del fango de los caminos, acompañados de tambores y canciones, y de los gritos de los hijos pequeños que dormían en las carretas. ¿Sería así?
A veces, cuando la miseria me cala los huesos y el teatro no es ya el sueño de aquellos jóvenes (nosotros) que deseaban transformar el mundo y hacerse mejores rompiéndose el alma entre el trabajo físico y la hermosura de los personajes; a veces, digo, viajo muy lejos y llego a Londres y me detengo ante las riñas callejeras, las parejas que se aman, las peleas de osos delante de la representación de Romeo y Julieta por la compañía de Shakespeare. Y recuerdo a mi maestro Fuxá empeñado en que visualizáramos que aquella Julieta era un hombre con barba porque las mujeres tenían prohibido el teatro.
Aún así, me agrada husmear detrás de aquellas cortinas improvisadas, sentir el olor de la tabla mojada por el vino, el ruido de la gente que grita, la pasión de los actores por hacer su acto acompañados de la algarabía de la multitud. Imagino a Shakespeare, ¿actuando?, ¿observando a los actores?, ¿sufriendo la situación?; ¿qué haría ante tal encuentro?
No sé por qué, pienso constantemente en los actores de La Comedia del Arte, que gobernaban la nave y hacían gozar a su público con la sabiduría de un buen piloto; aquellos comediantes que entrenaban su cuerpo y su lengua para enfrentar al monstruo negro encaramados sobre una tarima en cualquier calle de pueblo.
Pienso en Molière, y en lo que sentí frente a su tumba en Perlanchés; que a pesar de los estudios que lo acusan de su coqueteo con el rey para ganar reconocimiento, murió sobre la escena del Enfermo imaginario, confundido él con su personaje, sobre la escena, como sólo puede morir un actor.
En esos momentos mi imaginación vuela lejos y se confunde con los rostros desconocidos de tantos actores que no tienen voz, tantos actores que perdieron sus nombres y sus biografías para convertirse en otros: en sus máscaras, en la risa de un extraño, en las lágrimas de Ofelia muerta, en el grito mudo de Katrin, en la obstinación de Madre Coraje o en el descaro de Sganarelle. ¿Son héroes anónimos? ¿Verdaderamente, no tienen nombres? ¿Detrás de todos estos personajes no se anima el cuerpo de un hombre de verdad, un corazón que late, unas piernas que corren, unos ojos que miran y una lengua que habla?
¿Nadie nota que en el teatro, desde los inicios, está el actor? ¿Nadie quiere detenerse y decir: mira, ese es el actor, el que muere cada noche para que el público vibre, para que los críticos escriban y para que un país pueda decir tengo teatro?
Se dijo que la muerte del teatro sería el cine, la televisión o el video, pero el teatro es un refugio para el misterio; el misterio de hacer vivir el drama del artificio. El arma del teatro es la convención, el acuerdo tácito entre el público y los actores de que se trata de un juego: el juego donde esos actores corren el riesgo de poner en peligro su integridad pública; un juego muy serio cuando no hay trampas que compren el aplauso, cuando aquel está desnudo y protegido por las reglas de la convención: el actor está ahí, delante de todos, en vivo, de cuerpo presente; el corazón acelera el pulso y la sangre fluye; él está delante de todos, desvalido, dispuesto a convencer a su auditorio del valor de sus actos y el peso de sus palabras. Y está solo. En ese instante todos son sus enemigos.
¿Habrá sido siempre así en el teatro, que el prejuicio de la inteligencia enturbie la capacidad de ver? ¿Por qué me cuesta reconocer un criterio que se parezca a la humildad del actor cuando es capaz de arriesgarse ante el público? ¿Por qué la zanja entre la emoción y el arte es tan ancha? ¿Por qué el actor no tiene voz en nuestro medio? ¿Es síntoma de un vacío irrecuperable? ¿Por qué la soberbia para sentenciar, anular, hacer sentir el peso de una autoridad que sin teatro es gesto vacuo? ¿Por qué los discursos que se levantan sobre la obra evaden una propuesta de lectura y se limitan a sentenciar el bien o el mal para ellas, como fiscal inapelable, encasillándolas en sus correspondientes estéticas, considerándose más relevantes o inteligentes que la obra misma? ¿Lo son? ¿Por qué no confío en las mariposas que revolotean alrededor de la luz?
Pero estaba hablando de los que no tienen voz. No. No de los que no tienen voz. Estaba hablando de la voz del que no habla.
Y otra vez mi recuerdo viaja y llega hasta Iben Nagel Rassmusen, la actriz del Odin, cuando decía que a medida que crecía como actriz iba perdiendo las palabras.
¿Cómo son las palabras de un actor? ¿Cuál es su voz? ¿Acaso el actor de teatro no tiene su propia forma de hablar? ¿Cómo piensa el actor de teatro, el artesano, el armador de máscaras, el perchero de los espíritus? ¿Quién es este hombre que se viste de tantas formas, trabaja sobre su cuerpo y su voz, aprende de memoria grandes parlamentos, obras y obras enteras sin olvidar? ¿Quién es este atrevido que delante de tanta gente osa defender un trozo de trama ficticio con la pretensión de hacerlos soñar o provocarles alguna duda?
No tendrá palabras. No tendrá las palabras que la inteligencia, cierta inteligencia, cierta dudosa inteligencia, intenta certificar. Pero tienen una voz. La voz del alma. La voz del riesgo. La voz del valiente que se presenta en vivo y dice mira esto te lo regalo a ver si compartes conmigo este pedazo de vida que construyo para mí. La voz del artista, que huyendo de sus angustias levanta un muro y entrega escaleras para que lo acompañen. La voz del tiro sobre la sien del que muere todas las noches para que los otros digan hay que vivir. O la voz del tiro de verdad, que sonó sobre la sien de alguno de ellos que en su locura se creyó por completo el cuento y no quiso usar las escaleras para volver, y se quedó allá adentro, gozoso de plenitud.
Esa es mi voz. Y la de mis compañeros. Y la de tantos otros que a veces no saben o no conocen el placer de ser profundos, de ser limpios, de ser humildes, de ser conocedores de su oficio. Otros, que no sienten el orgullo de ser actores, que no sienten la vanidad de vivir del teatro y se pierden en aguas poco profundas. Para ellos conservo la piedad de la comprensión. Para los otros, los que orientan el desvarío, como dijera en algún lugar mi maestro Sacha, no tengo palabras de elogio. Esa es mi voz. No estas palabras. Mi voz está sobre la escena, escondida en cada personaje que interpreto, en los ídolos que me animan, en las oscuridades que ilumino cuando Antígona entierra al hermano muerto. En la sensualidad que me tienta cuando Ofelia se convierte en Hamlet y los dos en un solo gesto gritan que hace falta mucho amor en este mundo de fantasmas.
Ofelia, que desde el mundo de los muertos dice yo tengo un cuerpo y una voz y van a tener que escucharme. Ofelia, con su pelo largo y mi presencia entrenada durante años de dura ejercitación, en la soledad de un teatro de provincia, en invierno y en verano, sobre el cansancio, sobre el esguince de cervical, sobre la tendinitis de la mano derecha, sobre el gesto de desprecio que una mano cualquiera emite para anular de facto la existencia de nuestro trabajo.
Ofelia, ahogada en la pasión de una muchacha que desde el fondo de un lago me hace hundirme en horas interminables de estudio para hallar la acción precisa, el movimiento más elocuente, la imagen menos afectada. Ofelia, que se parece a mí en su ingenua capacidad de persistencia, que espera un gesto de amor que nunca llega. Ofelia, que se atreve ella sola a revivir a sus muertos, que habla en primera persona y le dice a Shakespeare yo también quiero vivir, yo también espero más de los hombres. Ofelia, tan cuidadosamente diseñada para que Antígona no le robara el aliento ni le prestara su obstinación. Ofelia, que conserva la humildad para preguntarse: ¿morir, dormir, tal vez soñar?
¿Cabe todo esto en una sentencia? ¿Qué puede esconderse tras la imagen aparentemente cerrada de un personaje? ¿Qué hay detrás de la puerta de su rostro? ¿Qué permanece bullente bajo sus cabellos largos al vuelo, que parecen haber recordado a un crítico la imagen de otras actrices? ¿Se detiene el encuentro en ese detalle? ¿Quién impone el límite? ¿Quién dice la última palabra? ¿A quién la historia del teatro le ha dado autoridad suficiente para anular de un plumazo el mundo infinito que se esconde detrás de mi Ofelia cuando con mi pelo largo y todo soy capaz de emocionarme y a través de mi propia lengua hacer sentir en algún sitio la belleza y la tragedia de este sujeto que me sostiene?
Habría que romper la cáscara de la nuez. Mirar adentro. Habría que correr un riesgo análogo al del actor que indaga, busca, experimenta, se aleja de territorios seguros, rechaza la comodidad de tierra firme y viaja a países ignotos aunque no esté acostumbrado al frío de otros climas. Habría que preguntarse por qué.
Cuando Antígona desafía a Creonte y da sepultura a Polinices, siento en mí el gesto de resistencia que acompañó siempre a los actores. Un actor no acepta el status quo. Un verdadero actor es siempre subversivo, irreverente, curioso. No está para que la gente duerma feliz en sus camas, ha nacido para crear dudas, para ser perseguido, para crear nebulosas, para que las cosas no parezcan lo que son.
Por eso Antígona mueve piedras y ladrillos y vestida con traje griego fuma un cigarro como última voluntad. El cigarro es también el gas que la ahoga, y es su espíritu que escapa y no va a morir.
Detrás de Antígona está mi voz para sentir que debo decir no, que no debo aceptar la injusticia venga de donde venga. Detrás de Antígona está mi pasión, mi seguridad, mi rabia, mi intransigencia, mi dolor. Antígona es una niña que crece para que su imagen se hunda en la tierra y haga nacer violetas en la piel de Ofelia. Antígona soy yo. Eso he dicho antes y eso digo ahora. Me separa de ella su voz que ruge, sus manos que se crispan, sus pies que se arrastran y su muerte, su muerte silenciosa. ¿Y habrá alguien que pueda demostrar en un laboratorio que Antígona soy yo? ¿Habrá alguien que pueda suplir con palabras la angustia de modelar sus manos, sus pies, la angustia de darle cuerpo a su modo intransigente, a su falta de lucidez, a su férrea decisión de desafiar la muerte?
¿Qué queda de Antígona cuando haya muerto? ¿Qué puedo defender de este personaje? Queda el silencio. La penumbra. Queda el vacío de este mundo sin ella. Quedan los ladrillos, las piedras, el cubo, el cemento y la pala que nada han podido construir. ¿Habrá alguien que pueda convertir estas ruinas en una casa habitable? En esa pregunta estoy yo, con Antígona que me sujeta. En Antígona, sobre sus piernas, está esa lengua que es posible descubrir.
Es una invitación. Como la de la llama de la vela que se extingue porque la copa al taparla quema el oxígeno que la hacía arder.
Me gustaría poder hablar con algunos muertos. Me gustaría preguntarle a Helen Wigel, a Sara Bernardh, a Richard Ciezlak, a tantos actores que lograron convertirse en llama ardiente, para nosotros, que seguimos detrás, en medio de tanta oscuridad. ¿Acaso hubo siempre camino oscuro? ¿Es eso lo que anima el destino de los actores de teatro? ¿Será que es su silencio la luz? ¿Será que con su anonimato permite la afirmación de otras vidas? ¿Será que por los siglos de los siglos nos acompañará la maldición de ser unos mal nacidos? Bendita condición que nos impide dormir en cama caliente y sábanas de hilo. Bendita condición que nos ubica al margen, fuera de la oficialidad, enemigos de lo establecido, dardo encajado en la carne floja, diente, mueca, pincho afilado, aleta de tiburón.
No quiero para mí ni para mis compañeros otro sitio que la paja húmeda del establo. No quiero dejar de dormir entre los caballos. Rechazo el camino de los que trafican su condición para ganar el plato de comida o la recámara con estufa encendida.
Hago teatro para poder correr todas las mañanas con los pulmones llenos de aire, para no bajar la cabeza, para ser rey entre mis cuatro paredes de tablas, para ver gigantes donde hay molinos de viento. Es ahí donde puede escucharse la voz del que no habla cuando no se ha prostituido, cuando no ha traicionado a su clase, cuando se desboca para amar su oficio.
Es ahí en lo profundo, lejos, oscuro y casi marginal, donde el teatrero se descubre el rostro y deja caer una lágrima sobre sus personajes muertos.
Tengo la felicidad de vivir en un grupo donde la voz del actor es el centro de todo el trabajo cotidiano. Nosotros mismos, los actores, no comprendíamos exactamente el sentido de una ejercitación tan fuerte, durante nueve horas diarias, enseñando al cuerpo físico toda una serie de ejercicios duros de aprender. El alcance de este doloroso aprendizaje llegó con el tiempo. Estábamos creando junto a nuestro director una manera diferente de hablar. Las palabras ya no servían. El dolor de los músculos primero, y el dolor de aprender formas de comportamiento diferentes para la expresión artesanal después, fueron desligándose del concepto puramente utilitario del teatro.
Al trabajar tan incisivamente sobre nuestras capacidades expresivas, al indagar con tanta sistematicidad por los caminos del lenguaje del teatro, fue creciendo en los actores cierta naturaleza de artesanos que desconocíamos: el placer de la técnica le llamé en algún momento. Sobre esa sabiduría crecía algo inapresable: un mundo de imágenes pobladas de sentimientos y angustias, los deseos incontenibles de hablar, de decir, de compartir ideas y pasiones. La pasión del ejercicio trajo la pasión del espíritu y nos convocaba al encuentro.
No eran las palabras el medio ideal para provocar el intercambio. El teatro, que nos protegía, nos acogió en este segundo nacimiento.
El mundo de los actores está dividido. La vida que nos envuelve a todos, y esos otros hilos que nos atraviesan en medio de los personajes y las historias que representamos. Mi voz nace con más fuerza de esos hilos que hieren mi razón. Cada uno de esos rostros que coloco sobre mis hombros es un pedazo que me araña y ya no me deja igual. Yo presto a ese cuerpo mi angustia, le presto mi experiencia, mis horas de estudio, de paciente investigación, le entrego mis ansias y mis deseos de que otros vean lo que veo yo. Le presto también mis suciedades, lo que no me gusta de mí, para no engañarlo y que tal vez se produzca el exorcismo. Y ese rostro me devuelve una imagen que no es la simple suma de dos vidas sino la voz misteriosa que nace de la muerte de las dos. Mi voz se hace irreconocible, no la domino; está siendo dominada por la fuerza del descubrimiento: David, Antígona, Ofelia, Culumbina, la mujer de la calle, Medea, el rey de la basura, todos nacen en mí y adquieren su independencia una vez que ya les he prestado los gestos, las palabras que dirán, los movimientos que realizarán en el espacio. Como Pinocho, ya no son el madero que necesita una conciencia. Como Pinocho, ya han salvado al viejo carpintero de la panza de la ballena y están listos para recibir un corazón de verdad.
Nunca pensé, cuando construíamos A la deriva en el Estudio Teatral, que mi personaje, el de esta actriz medio arrebatada por la angustia de la soledad y el sin sentido, fuera la analogía de la actriz que soy. Ese personaje, que tanto placer me provoca, nace de la imagen que tengo del mundo que la historia ha reservado al actor de teatro. Descubro, con felicidad, que ese personaje es para mí la encarnación del destierro al que históricamente ha sido condenado el teatrero. Es, por decirlo así, la imagen del actor.
En A la deriva no se habla de un ajuste de cuentas de mi grupo con su historia, porque nada hay en nuestro camino que no haya sido enfrentado con absoluta conciencia. Somos lo que somos por decisión propia y no por azar o copia estéril.
En A la deriva se establece claramente una analogía entre el estado de abulia y desecación de estos teatreros, que viven encerrados en su mundo, y el mundo, el de afuera, el que no se ve. ¿No se ve?
¿Para qué aparecen la mujer de la calle, el doctor corrupto y el viejito de las medallas? ¿Qué significa esa equivalencia entre la calle y los monólogos que logran hacer con cierto virtuosismo trágico los actores? Siento lástima de esos actores que se duermen al pie del arbolito encendido. Me produce mucha tristeza comprobar la alegría que los arrebata cuando se rinden ante la belleza del árbol de navidad.
¿Quién es esta actriz que se mueve de un lado a otro, como un ratoncito inquieto, que quiere limpiar su teatro y lo dirige todo, y regaña a sus compañeros tratando de salvar algo de entre tanta cosa muerta? ¿Se diferencia acaso de la pobre mujer cuyo sueño es comprar un mantelito para la mesa del comedor? ¿O de Medea, que mata a sus hijos para vengarse de Jasón que la ha traicionado?
Esta actriz endeble, de un teatro de mala muerte, que sale a la calle como último recurso y trae a su teatro los restos de aquella otra realidad, tan defectuosa como la suya; esta actriz que se compadece del doctor, que husmea, que entretiene al viejito y coloca la medalla de aquel en su overol de trabajo; esa actriz que toca mal su violín, que vigila con ansiedad la presencia de un espectador, que reconoce su propia indefección; esa actriz es el rey de ese juego de ajedrez que es el espectáculo.
Su búsqueda no es la búsqueda de un grupo de teatro que renuncia a ser lo que ha sido y reconoce su incapacidad para intervenir. La búsqueda de los actores es la de la intensidad. Es la búsqueda de sentido. Es la búsqueda de un estímulo que les permita orientarse y sentir que vale la pena seguir, que vale la pena el sufrimiento de la soledad, que vale la pena el dolor del olvido, que vale la pena afrontar el caos y seguir esperando augurios en este teatro venido a menos.
Es una analogía. Pero una analogía de verdad. No es una analogía a medias para reconocer que es necesario cambiar el rumbo, renunciar a lo que se ha sido y caminar el camino que debe ser. No. Es una analogía total para preguntarse si a pesar de tanta miseria, de tanto sueño aplazado, de tanta corrupción, vale la pena creerse el cuento del arbolito y seguir esperando el regalo de Dios.
Claro, estos actores del espectáculo no saben eso. Nosotros sí. Estos actores han encontrado un mundo muy parecido al suyo, quizá hasta más turbio y complicado, un mundo para el que no están bien preparados. Es obvio. Y retornan al único lugar posible, al único lugar donde son alguien. Medea es la venganza de esta actriz, lo que hubiera querido hacer la mujer de la calle. Cuando soy Medea estoy defendiendo a mi pobre actriz de ser reducida a la nada, y la actriz a su vez está defendiendo a la mujer de la calle con la fuerza del personaje clásico. Todo está dicho: el teatro puede lograr lo imposible, puede hacer que por un instante los hombres alcancen su dignidad.
Por eso, a pesar de todo, olvidan este día las angustias y celebran su éxito y se contentan con este regalo extraño que, cual deux ex machina, les llega del exterior. Mañana volverán a despertarse entre cortinas viejas llenas de polvo.
Es el montaje el que hace que mediante la historia de estos personajes estemos hablando de otras cosas. Es el modo de entrelazar escenas de distinta índole el que provoca el salto de sentido. Es muy fácil notar que lo que diferencia verdaderamente a los personajes de la calle de esos actores es que los últimos tienen al menos la posibilidad de vivir sus sueños a través de la ficción. Tienen un día de fiesta.
La entrada del arbolito es un signo que impone una segunda mirada, una alerta que obliga a pensar que esta historia no termina ahí donde los actores, cansados de la alegría, duermen. De la mano de otros actores que no aparecen representados en la escena llega esta nueva y rara pregunta, que como punto desequilibrador cierra la estructura del montaje: nosotros.
Es evidente que no nos ciega la alegría infantil que a esos otros actores les permite el sueño, es evidente que los miramos con amor porque sabemos de lo que están hechos esos sueños, pero sabemos también de las trampas de los arbolitos de colores, sabemos también que mañana ya no habrá regalos de Dios y habrá que volver a preguntarse si ha venido alguien. De modo que la lectura no puede detenerse en el acto de reproche del grupo para con su historia, nada en la estructura del espectáculo alude a eso. Habría que violentarlo para que esa idea ocupara el puesto de tantas preguntas sobre el destino del hombre contemporáneo y sobre el espacio de libertad que a pesar de todo nos empeñamos en defender nosotros con nuestro teatro.
En estos últimos años he ido acumulando cierta desconfianza hacia las palabras. No me anima una pasión malsana hacia los estudios del teatro. Ese fue mi comienzo, digamos que mi bautizo de fuego. El dominio de mi oficio de actriz me aleja sin embargo de ciertos discursos que no deben desaparecer pero sí transformarse en busca de una postura más profunda.
La voz del que no habla es más difícil de apresar. Es la voz del carpintero que acaricia la madera y le pone nombre antes de que tome forma. Es la voz del que escruta el cielo sin la certeza de que una nueva estrella inundará el firmamento y se emociona sólo de concebir la posibilidad. Es la voz del actor que detrás del rostro de un personaje se deja conducir, la voz del barco crujiente entre la mar de la tormenta, la voz del delfín, incomprensible para el hombre. La voz del árbol convertido en santo de adoración. La voz de los actores ambulantes que con sus bebés a cuestas, encaramados en la vieja carreta destartalada, logran salvarse de la muerte y se adentran por esos mundos de Dios sin saber a ciencia cierta a dónde los conduce ese camino lleno de piedras y cielo lleno de sol de primavera.
Son los actores de El séptimo sello de Bergman, a los que el director salva y cuya imagen cierra la película. Ellos no saben que se han salvado, no saben de qué se han salvado, sólo una leve premonición les impulsa a dejar ese mundo que no les acomoda.
Y la mano de Bergman que, cual padre amoroso, decide que estos no deben morir porque con ellos está la vida en su estadio más primitivo (auténtico), en los deseos de vivir, en la imagen de ese niño tan sano de cara rosada.
Ellos, los actores, se salvan, son salvados, y el jaque mate no los alcanza porque el director quiere que entendamos el acertijo, quiere que nos preguntemos por qué.
Hay que escuchar esas voces para no ahogarse en la orilla. La pesca buena es allá, en la corriente del golfo, ese río que Hemingway describió como tesoro donde uno podía encontrar la mar de cosas.
Azul profundo el de esas aguas. Ahí es donde el hombre no es simplemente la suma de dos más dos. En esos parajes es donde habita la voz. La voz del que no habla.


Fragmentos de "Palabras desde el silencio"

CONTRA VIENTO Y MAREA: Roxana Pineda


El teatro como sentido de pertenencia y dignidad de ser.

Por Natalia Rey

Este verano estuve en Cuba, Casi no sabía nada de este país. Surgió un viaje y corrí como siempre, porque viajar es una de las cosas que más disfruto. Corrí y llegué.
Como todo viaje sin mucho preámbulo se fue construyendo en la marcha, y me dejé llevar. Suave y cálidamente, como nos trataron a cada instante.
En una de las vueltas del camino, por falta de pasajes para llegar hasta Trinidad me sugirieron pasar por Santa Clara…Ya en viaje a esa ciudad , comienzo a recordar que hace un par de años, Gabriela Bianco, una de mis compañeras de Magdalena Segunda Generación, me había hablado de un encuentro Magdalena que habían hecho en Cuba. Lo había organizado una mujer con muchísima fuerza, y lo había hecho a 400km. de La Habana. Santa Clara estaba a 400 km también. ¿Sería ese el lugar del encuentro?
Al día siguiente salí a caminar por esta ciudad, vi un cartel que decía teatro, entré. Así conocí a Roxana Pineda. Interrumpí su entrenamiento explicando toda esta historia, desconectada y espontánea. A la mañana me recibió muy temprano, sencilla, sonriente y bella, me mostró el hermoso teatro en donde trabaja junto a su grupo y tuvimos esta charla.

-¿Cómo te definirías: actriz, directora, docente y teórica teatral?
-Soy Licenciada en Teatrología y Dramaturgia del Instituto Superior de Arte de la Habana, en la especialidad de Crítica, y durante cinco años fui profesora de la especialidad y de Historia del Teatro en ese Instituto. Regularmente publico artículos sobre pensamiento teatral y alguna crítica siempre y cuando no sea de teatro cubano. Como resultado de mi experiencia y de los veinte años que llevo en mi grupo, el Estudio Teatral, he comenzado a dirigir y he canalizado por esa vía algunas inquietudes del oficio, y también esa experiencia acumulada que quiere salir en diversas formas. Pero siento que soy una actriz que hace todas esas cosas; mi modo de razonar y de actuar es el de una actriz. Y así me concibo esencialmente.

-¿Cuál es la historia de tu grupo?
-El Estudio Teatral de Santa Clara nace en octubre de 1989, hace ya 20 años. Joel Sáez, su director, y yo, somos fundadores y hemos permanecido todo este tiempo. Es un grupo de investigación que no sólo produce espectáculos. Invierte mucho tiempo en el estudio del oficio del actor, y ahora también en acciones que socializan esa experiencia acumulada: talleres, seminarios, intercambio con otros grupos afines, trabajo con niños y ancianas. El grupo ha realizado 16 espectáculos y se ha presentado en Colombia, España, Dinamarca, Perú, Reino Unido, Suiza, Brasil y Ecuador. Mantenemos una disciplina de trabajo colectiva, cada día nos entrenamos todos juntos y nuestro director siempre está presente. Creemos en la estructura de grupo y defendemos esa posibilidad del teatro como experiencia y resistencia. Tenemos una sede en el centro de la isla y alejados de la capital hemos logrado crear aquí un centro interesante de referencia cultural. Hacemos temporadas regulares en la sala y ahora muchos jóvenes se acercan al trabajo del Estudio buscando algo diferente.

-¿Qué es el teatro de grupo para vos?
-Es la posibilidad de profundizar en la búsqueda de un lenguaje. Implica una cohesión de intereses artísticos y el desarrollo de una política de vida que compromete la responsabilidad de cada individuo. El grupo permite crecer acompañado y defender una manera de razonar, aprehenderla y desarrollarla. El grupo adquiere una fisonomía como resultado de una práctica precisa, puede viajar hondo y propiciar la participación creativa de sus miembros. Es una familia por elección, uno está porque quiere y no porque le toca estar. No concibo el teatro sin esa condición de compromiso que el grupo presupone, donde todos son responsables y de todos depende la estabilidad del barco. El compromiso, la ética, la responsabilidad, y el deseo de participar del nacimiento de algo con la misma fuerza del otro. Sentido de pertenencia. Dignidad de ser.

-¿Cómo fue el encuentro con Magdalena?
-Fue algo casual, a través de Julia Varley. Ella sabía que se estaba organizando en Cuba un evento que luego se suspendió y me avisó que algunas maestras de Magdalena Project vendrían. Y yo hice mía la idea, las contacté y les propuse hacer una extensión a Santa Clara. Cuando aquel evento se suspendió ya yo había adelantado mucho en la organización e increíblemente otras se sumaron y así nació Magdalena Sin Fronteras, el encuentro que cada tres años hago en Santa Clara con mi grupo. El primero fue en 2005 y el segundo en 2008. Con muchas dificultades de orden práctico hemos logrado hacer dos encuentros intensos y hermosos, con personas extraordinarias que sin cobrar y pagando sus pasajes han querido acompañarme y mostrar su trabajo en Cuba. Magdalena Sin Fronteras abrió las puertas del Estudio y nos permitió hacer circular más ampliamente nuestra experiencia. Permitió tener un intercambio inteligente y útil, además de dialogar con personas entrañables que para nosotros eran y siguen siendo importantes. Y trajo a Cuba propuestas y referencias pedagógicas de un alto vuelo.

-¿Qué es el Centro de Investigaciones Teatrales Odisea (CITO)?
-Es el proyecto que me inventé dentro del grupo para canalizar mis energías y mi impulso de querer expandir la actividad del grupo hacia fuera de las paredes del teatro. Así nace el CITO, que desde 2005 ha auspiciado once convocatorias, todas con carácter internacional exceptuando la primera. Magdalena Sin Fronteras es una de esas convocatorias, pero hemos traído aquí a nuestra sede a Santiago García, director del Teatro La Candelaria de Colombia; a Deborah Hunt, esa magnífica mascarera y titiritera que vive en Puerto Rico; al grupo Teatro Proskenion de Italia; al Grenland Friteater de Noruega con quien hicimos el proyecto CaminArte, la más reciente convocatoria del CITO. Son convocatorias que proponen siempre un tema relacionado con el oficio, se desarrollan en forma de talleres prácticos y participan fundamentalmente actores y directores de todo el país y estudiantes de las escuelas de arte de Santa Clara. Es una forma de crear referencias que tienen que ver con el tipo de teatro que nosotros queremos hacer; es una forma de reafirmar esas experiencias y validarlas. Y también un pulmón para encontrar formas de dialogar y personas interesantes. Y todo lo diseñamos, lo organizamos y lo sustentamos nosotros los miembros del Estudio Teatral.

ROSTRO DE MUJER


Stella Tuñón: En la misma vereda

Magdalena 2da Generación Estación Junín

A raíz de ver a los pibes que juegan en la vereda de mi casa, en la cuadra de la calle donde vivo…De verlos que se juntan… ¡Son una "pila de chicos"! Más o menos 17.
Están todo el tiempo en la calle y yo los veo que son chicos re piolas.
Calle Jean Jaurès, en Junín.
Un día se me ocurrió tirar libros de cuando yo era chica y los miraba continuamente por los dibujos. Se los di a las nenas de al lado y les regalé un par de teléfonos para que jueguen. Les di los libros y les dije: "Elijan un personaje, que vamos a hacer una obra".
Al otro día ya las tenía acá, con los personajes elegidos y con cosas escritas y demás. Entonces se me ocurrió armar un grupo de teatro, que más que un grupo son dos o tres. Porque hay chicos desde 3 años hasta 15. Y cada vez se fueron sumando más chicos. De acá a la vuelta, de enfrente, de la otra cuadra. Chicos que hacen hip hop, que han ido a coro, murgas, uno toca redoblante, el otro la quena. Hacen de todo, y como están todo el día acá, yo digo, no hay que desperdiciarlos. Entonces se me ocurrió, junto a mis compañeras de Magdalena Estación Junín, unirnos para trabajar con los niños para la Muestra de Teatro Breve que haremos el 10 de abril, en el Centro de Empleados de Comercio de nuestra ciudad.
Tal es así que se armaron los grupitos y empezamos con juegos, improvisaciones, ensayos. Nos divertimos todos.
Una noche yo estaba sentada en la vereda y se acercan dos nenas vecinas a contarme cómo había sucedido un crimen en el barrio, o sea, cómo una persona adulta mató con un cuchillo Tramontina a un chico que fue a asaltarlo, que aparentemente no fue con ningún arma, como se dijo "oficialmente". Me contaron todos los detalles, cómo lo vieron caer, que la ambulancia tardó, y el chico murió. Y otras cosas, como por ejemplo, de un "señor", si se le puede llamar así, que vivía al lado, y trataba de manosearlas. Ahí surgió un tema que fue bastante importante y sentí que ellas lo querían comentar y no sabían cómo. Al estar en la vereda, charlando, ellas confiaron en mí, empezaron a contar cosas que pasaban en el barrio. Y salieron esos temas.
Ellas habían escrito algo ya para "hacer teatro". Se les ocurrió una historia de dos hermanas que trabajaban en una granja y no podían ir a la escuela porque no le daban los tiempos, se dormían y el papá era bastante autoritario. Esta era la historia que habían desarrollado en el cuaderno. Y después surge la idea de dos personajes más, dos niñas ricas, con un padre poderoso. Las chicas pobres se encontraban con las ricas en el colegio. Así fue naciendo el guión.
Es la primera vez que trabajo con chicos, en estos diez años que hago teatro. Jamás trabajé con chicos. Hice obras infantiles, pero nunca hice de docente, algo que no soy tampoco. Esta vez me decidí porque ví muchas ganas en los chicos y ví que tenían la realidad más clara que muchos adultos. Eso lo noté en las improvisaciones. Son geniales. Es muy real y creíble lo que hacen. Son bastante cómicos en algunos momentos, y nos hacen reír.
Queremos que esto sea un proyecto a largo plazo, que no se acabe. Pensamos presentar algún trabajo para el 20 de marzo, para los padres y familiares, en la Biblioteca Ameghino, sede de Magdalena Estación Junín. En el barrio. Y luego, presentarlos en la Muestra de Teatro Breve, en abril.
Se trata también de comprometer a los padres, que sepan qué están haciendo los chicos y que vean qué es lo que hacen cuando nos reunimos acá, en la vereda de mi casa.
Lo vamos a lograr…
En esta vereda, hay pila para rato.

CUENTOS Y OTROS TEXTOS


Los cuentos de la tía

Las agujas de tejer
(Basado en un cuento popular)

Por Alejandra Smiriglio

Abdulia viajaba en el 247 como todas las tardes. Una vez que le daba la leche a sus nietos y llegaba su yerno emprendía el regreso a su casa de Claypole. El viaje duraba una hora y aprovechaba ese tiempo para tejer: una bufanda, un chaleco o un pulóver. Ahora estaba haciendo una polera para su hija. Iba sentada junto a una ventanilla en el cuarto asiento tratando de recordar qué día cobraba la jubilación. Empezó a sacar cuentas: cuarenta pesos para el teléfono, cien para el cable, doscientos que debía del arreglo de la bomba, noventa para el atmosférico y el resto para la comida. Tal vez, si comiera menos carne, se podría comprar la blusa que vio en la mercería de la calle Salaberry.
A la mitad del viaje el colectivo paró y subió un muchacho. Abdulia lo miró con desconfianza. Estaba mal vestido, sucio, con las manos llenas de pórtland y las uñas negras. Por un momento deseó que no se sentara a su lado pero una voz interna proveniente de las enseñanzas católicas que tuvo toda su vida le dijo: "¿Abdulia, como podés pensar así? ¡Es tu hermano!" El grito fue tan fuerte que miró a su alrededor para comprobar que nadie hubiera escuchado.
El muchacho se sentó al lado de ella, le pidió permiso, dejó su pequeño bolso lleno de herramientas en el suelo, se acomodó y se durmió. La cabeza le colgaba y con cada salto que pegaba el colectivo se incorporaba hasta que el sueño volvía a vencerlo.
Abdulia no estaba cómoda, su compañero de asiento se recostaba un poco sobre ella, lo cual no sólo le parecía de mal gusto sino un tanto sospechoso. Trató de pensar en otra cosa, en por qué su mamá no la llamó Clara, Elena, Azucena o algo más común. El muchacho seguía rozándola hasta que en un momento el acercamiento fue tal que Abdulia realizó un leve movimiento de su codo hacia la costilla de él, quien se despertó con dolor sin saber que había pasado. "Perdón doña, perdón", dijo mientras sacudía la cabeza para despabilarse.
Ella lo miró con desagrado, elevó las cejas y resopló. Levantó la manga del brazo izquierdo para ver la hora y comprobó que el reloj Universal que le había dejado su marido antes de morir, no estaba. Y otra vez apareció esa voz interna que le decía: "Te robó, te robó, es un ladrón". Ella no tuvo ninguna duda, miró a quien ya no era un ser cansado sino un ladrón sucio e inescrupuloso. En un movimiento rápido, frío y seguro tomó con la mano derecha la aguja de tejer número 9, se la apoyó al ladrón sobre el estómago y muy despacio le dijo: "Poné el reloj en la bolsa". El muchacho temblando colocó el reloj junto con todas las lanas. Quiso decir algo pero Abdulia le chistó y le ordenó que bajase del colectivo. Él obedeció y lo hizo tan apurado que trastabilló al tocar el cordón.
La mujer hizo un gesto de aprobación y se felicitó por su forma de actuar tan decidida, "Habráse visto, qué caradura", dijo en voz alta. El resto del viaje se dedicó a mirar por la ventana. Levantó la mano para saludar al remisero que tomaba un poco de aire en la puerta del negocio. Recordó que le faltaban algunas verduras para la cena y revisó otra vez las cuentas en la cabeza.
Bajó en la calle Rawson. Caminó sobre la vereda de tierra. Pasó por la verdulería. Compró treinta huevos por cinco pesos al vendedor ambulante y llegó a su casa.
Cerró las ventanas, preparó el mate y justo cuanto estaba por cebarse el primero, sus ojos quedaron clavados en la mesada. Al lado del bidón de agua, cerca del repasador, estaba su Universal de oro y malla negra. La mujer corrió hasta el comedor, abrió la bolsa de las lanas y sacó de entre las madejas, un viejo Casio digital todo rayado y con la malla de plástico negra llena de pórtland.

DÍA DE LA MUJER

A 100 años de un acontecimiento histórico

Por qué se festeja y qué se festeja en esa fecha

1910
La Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague, proclamó el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a propuesta de la dirigente comunista alemana Clara Zetkin, como una jornada de lucha por los derechos de las mujeres. La propuesta fue aprobada unánimemente por la conferencia de más de 100 mujeres procedentes de 17 países, entre ellas las tres primeras mujeres elegidas para el parlamento finés.
1911
Como consecuencia de la decisión adoptada en Copenhague el año anterior, el Día Internacional de la Mujer se celebró por primera vez (el 19 de marzo) en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, con mitines a los que asistieron más de un millón de personas, que exigieron para las mujeres el derecho de voto y el de ocupar cargos públicos, el derecho al trabajo, a la formación profesional y a la no discriminación laboral.
Menos de una semana después, el 25 de marzo, más de 140 jóvenes trabajadoras, la mayoría inmigrantes, murieron en el trágico incendio de la fábrica Triangle en la ciudad de Nueva York. Este suceso tuvo grandes repercusiones en la legislación laboral de los Estados Unidos, y en las celebraciones posteriores del Día Internacional de la Mujer se hizo referencia a las condiciones laborales que condujeron al desastre.
1913 y 1914
En el marco de los movimientos en pro de la paz que surgieron en vísperas de la primera guerra mundial, las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero de 1913. En el resto de Europa, las mujeres celebraron mítines en torno al 8 de marzo del año siguiente para protestar por la guerra o para solidarizarse con las demás mujeres.
1917
Como reacción ante los 2 millones de soldados rusos muertos en la Primera Guerra Mundial, las mujeres rusas escogieron de nuevo el último domingo de febrero para declararse en huelga en demanda de "pan y paz". Los dirigentes políticos criticaron la oportunidad de la huelga, pero las mujeres la hicieron de todos modos. El resto es historia: cuatro días después el Zar se vio obligado a abdicar, y el gobierno provisional concedió a las mujeres el derecho de voto. Ese histórico domingo fue el 23 de febrero, según el calendario juliano utilizado entonces en Rusia, o el 8 de marzo, según el calendario gregoriano utilizado en otros países.
Desde esos primeros años, el Día Internacional de la Mujer ha adquirido una nueva dimensión mundial para las mujeres de los países desarrollados y en desarrollo. El creciente movimiento internacional de la mujer, reforzado por las Naciones Unidas mediante cuatro conferencias mundiales sobre la mujer, ha contribuido a que la conmemoración sea un punto de convergencia de las actividades coordinadas en favor de los derechos de la mujer y su participación en la vida política y económica. El Día Internacional de la Mujer es cada vez más una ocasión para reflexionar sobre los avances conseguidos, exigir cambios y celebrar los actos de valor y decisión de mujeres comunes que han desempeñado una función extraordinaria en la historia.
El día de la mujer en el movimiento obrero
Aún con los hechos redactados en la anterior cronología, la historia más extendida sobre la conmemoración del 8 de marzo hace referencia a los hechos que sucedieron en esa fecha del año 1908, cuando murieron calcinadas 146 mujeres trabajadoras de la fábrica textil Cotton de Nueva York en un incendio provocado por las bombas incendiarias que les lanzaron ante la negativa de abandonar el encierro en el que protestaban por los bajos salarios y las infames condiciones de trabajo que padecían.
También se reconoce como antecedente a las manifestaciones protagonizadas por obreras textiles el 8 de marzo de 1957, también en Nueva York.
En el estudio realizado por Isabel Álvarez González y publicado bajo el título Los orígenes y la celebración del Día Internacional de la Mujer, 1910-1945 (KRK-Ediciones, Oviedo, 1999), el incendio que se vincula con la celebración de esta fecha no fue el 8 de marzo sino el 25 de marzo de 1911, pocos días antes de la celebración del primer Día Internacional de la Mujer, en la empresa Triangle Shirtwaist.
La manifestación a la que muchas veces se hace referencia, no habría ocurrido el 8 de marzo de 1908 ni de 1857, como muchas fuentes señalan, sino el 27 de septiembre de 1909; a partir de noviembre de 1908, según otras fuentes, en el marco de una huelga de más de trece semanas de duración que las empleadas y empleados del sector textil realizaron en el East Side de Nueva York. Participaron más de 20.000 obreros, en su inmensa mayoría mujeres. Durante esas 13 semanas padecieron hambre, ataque de esquiroles, detenciones (más de 600), despidos... pero consiguieron las peticiones reclamadas. El 8 de marzo de 1909 se convocó una manifestación exigiendo, de nuevo, mejoras de condiciones para las mujeres emigradas y la abolición de la explotación infantil así como el derecho al voto de las mujeres.
Las historiadoras Liliane Kandel y François Picq afirman que el mito que sitúa la manifestación en el año 1857 fue creado en 1955 para eliminar el carácter comunista que más tarde adquiriría el Día Internacional de la Mujer.
Aún así, tal y como reconoce la historiadora Mari Jo Buhle en su obra Women and American Socialism 1870-1920 (Las mujeres y el socialismo norteamericano 1870-1920), el incendio de la Triangle Shirtwaist Company fue de una gran transcendencia en la historia social de los Estados Unidos y del movimiento obrero y feminista, al dar muerte a las obreras que en 1910, el año anterior al mismo, habían protagonizado la primera huelga llevada a cabo exclusivamente por mujeres en demanda de mejoras en su situación laboral.

ESTACIÓN JUNÍN


ENCLAVE DE MUJERES:
Miradas, Mundos...en Minutos.

Muestra Regional de Teatro Breve

Para todas (y todos), sin límites de edad...
¿Tenés una historia para contar cuya protagonista sea una mujer? ¿Te gustaría transformar esa historia en un texto teatral?
¿Tenés con quienes trabajar en tu propuesta? ¿Quisieras compartirla con otras personas? ¿O quizá, te interesa solamente actuar?
¿Preferís expresarte con el canto, la danza, o las artes visuales?
Te convocamos para que nos cuentes una historia, o hagas tu propuesta artística, basada en alguno de los siguientes temas:
Mujeres rurales
Mujeres migrantes
Jefas de familia
Cuerpo de mujer
El "nido vacío"
Mujeres "marionetas"
Mujeres y liderazgo
Embarazo adolescente
Magdalena Estación Junín llama a inscripción para participar de la MUESTRA REGIONAL DE TEATRO BREVE, a realizarse en Junín, el día 10 de abril de 2010, en el auditorio del Centro de Empleados de Comercio, situado en calle Saavedra 77.
La convocatoria está destinada a escritoras/es, actrices, actores, bailarines, directoras/es teatrales, cantantes, músicas/os, sean estudiantes, principiantes, aficionados o profesionales.
La propuesta teatral podrá tener un máximo de 15 minutos de duración en escena y .la inscripción cierra el día 10 de marzo de 2010.
Es responsabilidad del grupo organizador: garantizar el espacio teatral en condiciones y en la fecha establecida, efectuar la contratación de la puesta de luces y sonido, ejercer la función de coordinación orientando, asesorando y sugiriendo en aspectos técnicos y estéticos que enriquezcan el enfoque de las propuestas presentadas, realizar la publicidad de la muestra en los medios gráficos, radiales e informáticos de la región, como así también la materialización de afiches, programas y volantes.
Entregar certificaciones de participación en la muestra.
Integrantes del grupo Magdalena Estación Junín: Marga Chiaro, Zunilda Milens, Stella Tuñón, Nélida Speroni. Colaboración artística: Luciana Marcaida. Coordinadora: Mariela Díaz. Contactos: magdalenasjunin@live.com

ESTACIÓN JUNÍN: Magdalenas trabajando

Las Magdalenas de Estación Junín en acción

Los días viernes, las "Magdas de aquí", nos reunimos en la biblioteca Florentino Ameghino, fundada hace 93 años por un mítico vecino de Junín, el poeta Dante Ballestro.
En este lugar, rodeadas de libros, fotos y un piano, nació el proyecto Enclave de Mujeres. Al principio sonaba delirante. Igual, nos fuimos animando a darle impulso. Y así fueron llegando, viernes a viernes, mujeres interesadas en participar. Vinculadas a la danza, a movimientos de reivindicación de la cultura mapuche, escritoras, teatreras, videastas, jovencitas con ganas de dar los "primeros pasos" en escena. Y ahora también se suman niñas, niños y adolescentes, coordinados por Stella.
Así como lo soñé… Una propuesta abierta, inclusiva, sin límites. Quien no participe no podrá decir que no fue invitada/o.
Desde aquí, las Magdas de Junín, trabajamos con fe y entusiasmo. Y ya avizoramos una nueva generación. Inquieta, movediza, con ganas de vivir en un mundo más armónico.
¿Es el arte el camino? Iremos viendo, y acompañando…
Mientras tanto, ¡a seguir trabajando!

PARA AGENDAR



Vamos que Venimos
En este comienzo de año, estamos contentos de poder invitarlos a participar de la edición 2010 del Primer Festival de Teatro Adolescente de la Ciudad de Buenos Aires...
¿Tenés entre 13 y 19 años?
¿Sos parte de un grupo de teatro?
¿Compartís nuestra pasión?
¡INSCRIBITE! ¡Te estamos esperando!:
www.vamos-quevenimos.com.ar/convocatoria.html
COMIENZA...
Vamos que Venimos 2010
ESTÁ ABIERTA LA CONVOCATORIA A ELENCOS
PARA PRE-INSCRIBIRTE envianos un mail a vamos-quevenimos@hotmail.com con el nombre del elenco y nombre, DNI, teléfono y dirección correo electrónico de un mayor que funcione como referente.
LUEGO, sigan los pasos que figuran en
www.vamos-quevenimos.com.ar/convocatoria.html
LA RECEPCIÓN DEL MATERIAL PEDIDO ES EN JUNIO de 2010
Si tenés algún amigo, o conocés alguna institución, que pueda interesarse por esta convocatoria, avisale.
MUCHAS GRACIAS.
Vamos que Venimos 2010
¡Ya no se va sin que vos vengas!
OCTUBRE 2010
Informate y preguntá: http://www.vamos-quevenimos.com.ar/ ó vamos-quevenimos@hotmail.com
Las Fridas

El Colectivo Las Fridas, colectivo de lucha anti-patriarcal, realizará este 8 de marzo, a las 17, una intervención urbana frente a la Catedral de Mar del Plata ,con el objetivo de visibilizar, denunciar y seguir exigiendo los derechos de la mujer.
La intervención constará de stencileada, radio abierta, estampado de remeras, teatro, marcha, proyecciones.
S i estás en Mar del Plata, sumate porque
Manuela luchó por la independencia de su pueblo
Hilda fue asesinada en una marcha en contra de los ingenios azucareros
Romina está en la cárcel por querer decidir sobre su vida
Sandra sigue exigiendo justicia
Marita puso en evidencia que hay desaparecidas en democracia
Agustina nos muestra que una presa política puede seguir enseñando aunque ya no pueda pisar el aula
Rosa sigue pensando que es la hora de la revolución
Juana organiza batallones contra los saqueadores
Teresa denuncia la represión policial
Carolina sabe que la violencia machista se descarga con furia sobre nuestros cuerpos pero está vez está dispuesta a defenderse.
Claudia conoce las caras de sus asesinos y los denuncia en las movilizaciones callejeras
Este 8 de marzo mujeres de ayer y de hoy decimos: No habrá más violencia, sin respuesta….
Día Internacional de las mujeres.
Además de 15 a 17 escuchanos en FM de la Azotea 88.7 en un programa especial de "A través del espejo".


Taller de Teatro en la Univerdidad de Mar del Plata

La Universidad Nacional de Mar del Plata informa que a partir del 15 de marzo estará abierta la inscripción para su TALLER DE TEATRO.
El objetivo es la formación actoral en distintos niveles, a través de prácticas que procuran tanto la adquisición de técnicas específicas como el desarrollo de actitudes conducentes al logro de experiencias creativas.
Las clases están a cargo de Antonio Mónaco, director del taller, y de la actriz y docente Silvia de Urquía.
El taller es abierto a toda la comunidad, no siendo necesario ser estudiante universitario para ingresar al mismo. Los interesados podrán pedir informes y hacer su inscripción hasta el día 31 de marzo inclusive, en el Rectorado de la Universidad, Diagonal Alberdi 2695, 4º piso, Secretaría de Extensión. Se atenderá los lunes y los viernes, de 10 a 13, y los miércoles, de 14,30 a 17.
Las clases comenzarán el 5 de abril en el colegio Arturo Illia, Matheu 4051, sede del Taller, en los siguientes horarios: Primer Nivel: lunes y jueves, de 18,30 a 20,30. Segundo y Tercer Nivel: lunes y jueves, de 20,30 a 23,30.
Requisitos de inscripción: fotocopia de analítico de estudios secundarios o polimodal (completo). Fotocopia de 1ª y 2ª hoja del DNI. Una foto carnet. Pago de matrícula y mes de abril. El arancel es de $ 20 mensuales para público en general y de $ 15mensuales para miembros de la Comunidad Universitaria (presentar certificado de alumno ACTIVO).

Feliz 2020