jueves, 12 de enero de 2017

Daniela Osella. "Maldito Amor"


Mujeres, teatro y presencia

  
 El "Seminario sobre la Presencia Escénica" se desarrolla en forma ininterrumpida desde el 2014, coordinado por Ana Woolf, Pablo Vallejo y Daniela Osella en el Centro Experimental de Artes Escénicas del Teatro Municipal 1° de Mayo de Santa Fe. Este espacio pedagógico ha producido a lo largo de los años tres producciones: "Maldita Justicia – un estudio sobre La Orestíada de Esquilo", "Maldito Entrenamiento" y “Amor”, a propósito del cual se produce el presente artículo, publicado en el Cuaderno del Teatro Municipal 1° de Mayo de Santa Fe – 2016.

Hace dos años, nos imaginábamos un nuevo proyecto que dé continuidad a lo que había sido nuestra primera aventura que arribó a “Maldita Justicia, un estudio sobre la Orestíada de Esquilo”. Nos pensábamos entre la necesidad técnica de un trabajo vocal y algunas ideas vagas sobre el teatro del Bertold Brecht.   
Ana Woolf  nos escribió desde Bolivia, contándonos sobre un texto: “Amor” de una joven boliviana llamada Denise Arancibia, con el que estaba trabajado en un encuentro.  
Hablar sobre la mujer era algo que me atravesaba pero que creo, de alguna manera, pretendía huir.
Cuando comencé a trabajar en este oficio hace doce años, prefería no trabajar con otras mujeres porque “eran muy complicadas”, entre otras razones. Entonces me refugié en un grupo de hombres. Así, en ese entorno de trabajo comencé a ser yo la “loca”, la “complicada”. Y así, entre machos, sin “complicadas, ni competencia entre mujeres” comencé a sentirme sola. Sola creativamente, sola como hacedora.
Esa soledad me empujó a ir en busca de otras compañeras de trabajo. Así surge, por ejemplo, un espectáculo unipersonal como actriz, bajo la dirección de otra “complicada”, Valeria Folini. Durante la construcción del espectáculo dialogamos sobre la soledad desde el lenguaje del melodrama.
Ese universo elegido nos guiaba en la escritura de la historia de una mujer que llora o ríe a petición de los melodramas y de las sugerencias del locutor. La vida está afuera, le pertenece a los otros. A ella sólo le queda  vivir una reiteración espesa de lo cotidiano, donde tal vez la peripecia sentimental y su desenlace matrimonial es la única vía de supervivencia o de movilidad social, ya que es una sombra en el mundo del trabajo. Su idea de amor está inevitablemente asociada a las posibilidades que puedan desprenderse de la compañía de un hombre. Su felicidad es, en definitiva, la felicidad de los varones.
En ese momento nos preguntábamos, ¿acaso dialogábamos sobre nuestras ideas de mujer? ¿Sobre mi soledad? ¿Eran las imágenes de mujer que me habían inculcado las que poníamos en escena?
En ese momento eran sólo eso, imágenes aisladas de algo personal que me resonaba en el cuerpo y que salía a la luz en cada material que preparaba como actriz.

Esa soledad también me empujó, junto con Pablo Vallejo, a impulsar el proyecto del Seminario de Presencia Escénica. Un espacio de trabajo donde formar actores y actrices autónomos, hombres y mujeres emancipados, con necesidad de seguir construyendo este oficio.

Entre los griegos y Amor

Cuando decidimos que sea “Amor” el texto que de pie al segundo montaje del Seminario creíamos, primariamente, que entre el texto clásico griego y un texto boliviano contemporáneo no había ninguna relación. Pensamos ¡qué desafío es irnos de un extremo al otro!
Sin embargo cuando comencé a escribir este artículo para la Revista del Teatro me encontré nuevamente con “Maldita Justicia”. En ella, Clitemnestra asesina a su marido Agamenón cuando éste regresa de Troya, para vengar que haya matado a su hija Ifigenia por un sacrificio a los dioses, para ganar la guerra. Orestes, su hijo, venga a su padre y asesina a su madre, Clitemnestra. Las Furias acusan a Orestes porque mató a su madre, miembro del  mismo clan; apoyadas en el derecho materno, consideran que Agamenón es un extraño tanto para Clitemnestra como para Orestes. ¿Por qué no acosaron a Clitemnestra?, se defiende Orestes. Las Furias contestan que “el hombre que mató no era de su propia sangre”. “¿Soy yo acaso de la misma sangre que mi madre?, responde Orestes.
Para legalizar una transmisión continua de la propiedad de padres a hijos había que abolir el derecho materno, dice la mitología. El asesinato de las hijas fue uno de los modos de eliminar todo derecho materno y garantizar la herencia a los hijos varones o, si no los tenía, a los hermanos del padre.
Para que los matrimonios fueran más duraderos, y apropiarse de los hijos de su esposa y sus derechos como madre, los maridos tuvieron que socavar el poder de los hermanos de sus esposas. Surge así el matrimonio concertado, que en general se acompaña de regalos y empiezan el rapto, la compra de mujeres y la utilización de las mismas como motín de guerra, como hizo Agamenón con Casandra. Estos tratos que se celebraban entre hombres, aboliendo las madres sociales, es una puja entre el marido y el hermano de la esposa.
Hace dos años contábamos cómo la mitología señalaba el fin del Matriarcado y la caída del derecho materno. Lo contamos sin preguntarnos sobre ello, como un reflejo instintivo de nosotras.

Entre Amor y los griegos

Con el fin del Matriarcado, se inicia el Patriarcado, y con éste la opresión de la mujer. De esa opresión nos habla “Amor”. De un casamiento… ¿de quién?...
Una de mis abuelas se recibió de escribana, pero al casarse su marido decidió que se quedara en casa a cuidar a los hijos. Y así lo hizo. Él ganaba suficiente, o así lo haría, para que a nadie le falte nada. A ella, nadie le pagaba por su trabajo dentro de la casa.
De chicas mis hermanas soñaban con casarse y tener muchos hijos. No sé qué soñaba mi hermano. Yo, quería un marido con mucha plata y poder viajar, sola. En la adolescencia me pintaba los labios de rojo y mi mamá me decía: así pareces una zorra.
Pasan los años, y el Cura repite: ¡los declaro marido y mujer!, y él puede besar a la novia.
Momento… Ella no dijo acepto. Ella, vos, yo, una de nosotras. Alguien acepta por nosotras. Otros, otras. La sociedad en la que vivimos bajo un régimen patriarcal hace siglos.
Te consiguieron un novio bien, te organizaron el casamiento, ¡no podes ser tan mal agradecida! ¿Sabes lo afortunada que sos? ¡Te va a dar el gusto en todo! Replica “Amor”, el texto de Denise Arancibia, donde el Cura aconseja que:
No se queje / No lo interrumpa / No le recuerde continuamente sus faltas pasadas / Tengan hijos. Y nos sentencia, Eres la mujer, ¡sé una mujer de verdad!
En nuestra sociedad ser LA mujer es ser doblemente oprimidas: en el sistema de producción capitalista las mujeres trabajamos en el ámbito laboral en peores condiciones que los varones, además de contar con la habitual exclusividad de la producción doméstica. Las mujeres “naturalmente” debemos cuidar de la casa y la familia, es decir, garantizar que los trabajadores estén en condiciones de volver cada día a vender su fuerza de trabajo en el mercado.
Para que las mujeres nos subordinemos a la esclavitud doméstica y aceptemos que por razones biológicas (menos fuerza, embarazo, parto, amamantamiento) o psicológicas (sensibles, dóciles, inestables emocionalmente) no estamos en condiciones de cumplir con las mismas tareas que nuestros compañeros varones, en el ámbito familiar, social, político y laboral, encontramos muchas voces que nos convencen, que nos guían, que nos aconsejan. La voz del cura, de las amigas, de los amigos, de la familia, a veces nuestras propias voces. Este fuerte aparato ideológico es sostenido por las religiones y hasta por algunas corrientes científicas, como también por los medios de comunicación, la publicidad, la educación y buena parte de la producción cultural.
Este aparato intenta ocultar que las mujeres NO hemos sido siempre el sexo oprimido. La opresión femenina, es decir el esclavizamiento de un sexo por el otro, -algo desconocido hasta entonces en la Prehistoria-, coincide con la aparición de la sociedad de clases y la propiedad privada. De la necesidad de garantizar la herencia en las clases poseedoras se desprende la práctica de la monogamia.
Estas modificaciones sociales quedaron registradas en la mitología, como fue expuesto en “Maldita Justicia” y son retomadas por este texto boliviano. La familia moderna de la que nos habla “Amor” es una institución de represión que nos pasa por encima, una construcción histórica basada en condiciones económicas. Donde una mujer emancipada, que no depende de otro ser humano ni económica, ni emocional ni psicológicamente, con posibilidad de decidir sobre su cuerpo y su sexualidad, de compartir su vida con otra persona en igualdad de condiciones, con derechos sobre sus hijos, queda por fuera del modelo propuesto.

Presencia escénica
   
            Cuando recibimos el texto de “Amor”, en paralelo estalló el primer movimiento de mujeres que se dió en llamar #Niunamenos. Ese movimiento (como toda reacción social) lentamente se fue haciendo consciente en miles de mujeres y varones. Cuando decidimos montarlo, nunca se nos ocurrió pensar en esto. A veces, los lugares a los que llegamos como sociedad están por fuera de lo imaginable.
            El 25 de Noviembre de 2015, fue el día que hicimos “Maldito Entrenamiento”, donde mostrábamos, en crudo, la relación que establecemos en el Seminario entre el entrenamiento sobre la presencia escénica y el montaje, que incluía algunas escenas de “Amor”. No elegimos el día internacional de la lucha por la eliminación de la violencia contra la Mujer. Ese día era la única fecha disponible que conseguimos en la sala Mayor del Teatro Municipal.  El azar a veces es complicidad de nuestras acciones.
Así empezó “Amor”, escrito por una joven boliviana, una de esas individualidades preocupadas por un contexto que nadie se atreve a cuestionar. Comenzamos a montarla porque éramos parte de esa preocupación aislada y que nos parecía un ruido en el desierto, hasta que, se nos fue transformando en una necesidad colectiva. Y ese contexto a cuestionar abrió nuevos horizontes.
Hoy, muchas de las actrices y actores de “Amor”, nos encontramos por primera vez, no sólo en la sala de ensayos vestidos de negro para intentar comprender algún aspecto de la presencia escénica, que nos hace tomar consciencia de nuestras acciones arriba del escenario; sino también en una plaza vestidos del mismo color. Esta vez no para entrenar, sino que caminamos juntos un proceso social más amplio, que nos atraviesa a todas y que no podemos ocultar de ninguna manera.
Veintiuna mujeres y cinco varones emprendimos este camino que afortunadamente está atravesado por nuestras vidas. No ocultar la realidad que construimos en sociedad encuentra asidero en “Amor” y como en el cuento teatral  Ella, -yo, vos, una de nosotras-, finalmente se casa con ese marido que le han conseguido. A pesar de todo, su voz queda opacada por las ataduras machistas. Una realidad de la que todavía no podemos escaparnos a pesar de la consciencia que nos ha despertado.  
Así el teatro nos invita una vez más a pensarnos, pero no lo usamos para proclamar los deseos de algo que no somos. Por eso no pretendemos darle la responsabilidad de cambiar nuestra realidad.
Es ésta la importancia de que muchas y muchos de los que hacemos “Amor” decidamos seguir haciéndonos presentes por fuera del escenario, accionando en pos de un cambio, contagiando a otros, desenvolviendo nuestra presencia “escénica”.
Daniela Osella - Octubre 2016