domingo, 19 de mayo de 2013

Natalia Marcet. Nota en Clarín sobre la bulimia y anorexia

Salud

Bulimia y anorexia: “Es un agujero, como un aljibe sin fondo”

Natalia Marcet (44) convirtió su dolorosa experiencia personal en el material de “Gordas”, la obra de teatro que protagoniza y en la que cuenta su problema.
Cruda verdad. “Hasta los 26 años engordé y bajé veinte kilos tres veces por año. Perdí novios, amigos, familia, hice cosas sórdidas para sostener el síntoma”.
Hernán Rojas / Clarín Mujer
Mucho antes del estreno en 2008 de “Gorda”, la pieza del norteamericano Neil Labute, una actriz nacida en Dolores venía desandando un camino emparentado con el de la protagonista de aquella obra, pero en su propia y dolorosa historia íntima. Y la vida de Natalia Marcet (44) resultó un poderoso material para una puesta en escena del infierno de la bulimia y su contracara, la anorexia. “Registré el unipersonal ‘Gordas’ en Argentores en 2007. Desde entonces recorrimos la Argentina, América latina y Europa”. Seis años después de su estreno en Mar del Plata, el 17 de mayo vuelve a la cartelera marplatense.

El drama toma cuerpo
“Nací y crecí en Dolores, un pueblo sustentado por el empleo público, el campo, los tribunales y los médicos de las clínicas. Una vida apoyada en la apariencia y en el deber ser. Pero mi espíritu era más salvaje que eso”, relata. Una hermanita que murió a los veinticuatro días, cuando Natalia tenía un año, sería su sombra en la infancia: “No hubo posibilidad de procesarlo…”, cuenta. Cierto domingo, a los 6 años, se empachó con galletitas, cerealitos y manteca: “Un atracón para tapar un estado de angustia. Eso es sintomático: con la comida, por no ingerirla o por ingerir muchísima, tapás un agujero emocional. Durante toda mi infancia solo quería comer jamón y tomate, cuando una nena tiene que tener una alimentación variada. Me estaba quitando nutrientes sin saberlo”. Antes de cumplir los soñados 15 su primer novio la dejó porque les decían “el 10” debido a la delgadez de él y a las tempranas redondeces de ella.
“Yo tenía el cuerpo normal de una chica que entraba en la preadolescencia, que necesitaba que se le acumulara cierta cantidad de grasa en determinados lugares. Tal vez muy voluptuosa tempranamente; este cuerpo tipo de guitarra lo tengo desde los trece…”, recuerda. En casa se hablaba poco del cuerpo. O lo hablaban los hermanos diciéndole gorda: gorda viruta, Gorda Matosas…” ¿Y las amigas? “Todas más flacas: las triunfadoras eran rubias y esmirriadas”, cuenta.
De modo que la adolescencia se le fue convirtiendo en una insatisfacción continua, dietas a base de yogures y frutas que, con el aval ingenuo de sus padres, la llevaron a pesar 50 kilos con 1,70 de altura. “Fue letal. Perdí la menstruación durante ocho meses. Enyesada por un esguince, terminaba de almorzar y me comía dos kilos de pan con manteca y dos kilos de galletitas. El goce pasaba por ahí. Engordé veinte kilos en un mes”. Preocupados, los padres la llevaron a médicos del pueblo que le recetaron neurozepan para los nervios y levotiroxina para acelerar el metabolismo de la tiroides. “Eso me dejó una lesión de por vida en la tiroides. Bulimia era considerada únicamente si vomitabas. Yo no vomitaba. Pero me la pasaba sin comer haciendo ejercicio o comiendo y tomando laxantes y diuréticos”.

Secreto bien guardado
Cuando a los 16 recuperó un peso normal, entró en el elenco del colegio para representar “El secreto bien guardado”, de Alejandro Casonal. “Me encantó. Sentí que yo había nacido para eso”, dice Natalia. A las tablas sumó también un diario íntimo con sus “secretos bien guardados”. Pero no se sentía bien consigo misma. En la puerta del placard había dibujado el cuerpo de una mujer embarazada con cabeza de copa de árbol, y la leyenda: “nosotros somos el infierno”. Sin modelos femeninos imitables, a los 18 escribió: “Hay personas que vienen a este mundo a realizar grandes cosas porque ya tienen todo servido. Son flacas. Pueden ocupar su cuerpo y su mente en otra cosa”.
Radicada en Buenos Aires, las anfetaminas se volvieron su muleta para estar flaca y así, los 20 la encuentran sin dormir y con convulsiones. Cuando no podía más, arrasaba, comía de todo. Estaba deprimida, abandonada, sin poder concretar ningún proyecto o caía en dietas insólitas que la tornaban hiperkinética, superproductiva. Sin saberlo, había naturalizado la enfermedad. El inicio de su vida sexual fue insatisfactorio y volvió a comer como consuelo. Al iniciar la carrera de Letras en la UBA cayó en la desesperación: “Estudiaba pero no daba finales por los ataques de pánico; me daba un atracón y no rendía. Abandoné después de cursar toda la carrera. Lo mismo cuando iba a castings: me seleccionaban, y cuando iba a presentarme ya tenía veinte kilos encima y no me contrataban”.

Sed de desmesura
A los 24 descubrió que lo que le pasaba tiene nombre. “Leí en un artículo que eso era habitual en la bulimia. Entonces encontré ALUBA (Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia). Pero para el tratamiento se necesitaba la familia y como no me animaba a blanquear, no me aceptaron”, se lamenta.
Durante un año volvió a sostenerse con pastillas que le recetaron haciéndole creer que eran globulitos. Sin embargo, tomó cursos de teatro con Lorenzo Quinteros, Cristina Benegas y Ricardo Bartís. Un día, debutó en un espectáculo en el rol de bufón. “En la última función tuve que irme antes porque había empezado otra vez con los atracones. Estaba en la etapa final de la enfermedad”, recuerda.
A los 25 años se enamoró de un fotógrafo veinticinco años mayor que ella, que la ayudó a modelar. Se sentía muy bien. Pero él la dejó. “Me encerré a comer, que es una forma de matarse en letanía. Comía de todo y en dos horas. Todo comprado. Nada rico. La ansiedad me devoraba. No comés lo que querés comer sino lo que te parece más rápido: es animal, ‘quiero eso’, y paf. Engordé treinta y seis kilos en treinta días. Hay una frase de Alejandra Pizarnik: ‘la sed de desmesura’. Tener bulimia es eso. Inconsciente puro, sin principio ni fin. Hasta los 26 años engordé y bajé veinte kilos tres veces por año. Perdí novios, amigos, familia, hice cosas sórdidas para sostener el síntoma…”.

Salir del pozo
La madre, enterada de la situación, un día tomó cartas en el partido y apareció decidida a rescatarla, Así fue como empezaron a buscar tratamiento. Los siguientes tres años los dedicó a una terapia familiar, individual (con la doctora Graciela De Vincenzi) y grupal en el Centro Integral de Patología Aimentaria (CIPA) de Mar de Plata, a cargo de Fabián Melamed y Teresa Bunge (Natalia no acepta omitir los nombres de los que la ayudaron).
“Me quitaron el control sobre la comida y el dinero. No podía trabajar ni estudiar para evitar las situaciones de estrés. Nada que pudiera poner en movimiento mi cuerpo. Tuve que rearmar el hábito de la comida: por ejemplo, entender que se empieza y se termina de comer. Fue como entrar en la legalidad. Y ahí aparecieron todos los demonios: energía mal canalizada, autoexigencia terrorífica, muy baja autoestima y un agujero emocional que se remontaba a la muerte de mi hermana”, comparte.

El poder del teatro
Durante la recuperación se inscribió en la escuela de arte dramático de Mar del Plata, se vinculó con la red internacional “Magdalena, de mujeres de teatro” y ella misma abrió una sede con la que organizó festivales. Eso le permitió viajar por primera vez, sola, al extranjero. A la vuelta apareció una nueva psicoanalista, Graciela Robuschi, y un nuevo amor. En 2005 obtuvo una beca para ir al Odin Theater, de Dinamarca: el teatro ya era central en su vida.
Lo vivido, le permite a Natalia poner en duda algunos supuestos: “Yo veía que me recuperaba, pero mucha gente no. El testimonio en los grupos vivenciales no alcanza. La muletilla del ‘se puede’ es falsa. Solo el 60 por ciento se recupera. En cambio, el teatro es una herramienta de provocación: atraviesa el plano consciente y entra en otros lugares. Así que cuando Ana Woolf, mi maestra, mi amiga, me propuso que transformásemos mis diarios íntimos en espectáculo acepté de inmediato”. Así fue como, de buenas a primeras -o no tanto- terminaron dándole forma a “Gordas”.
El estreno tuvo lugar en el 2007, en el Odin Theater, en Dinamarca, y después presentaron la obra en el Centro Cultural Séptimo Fuego, de Mar del Plata. ¿De qué trata “Gordas”? Su autora y protagonista en la vida y en la escena lo explica con una precisión descarnada: “La pieza cuenta cómo el demonio sigue estando, y cómo hay que seguir trabajando con la bestia que vive dentro de una. La bestia de la bulimia es un agujero como un aljibe sin fondo donde no se reflejan las estrellas; es una bestia devoradora a la que no le alcanza nada en la vida: tapame el dolor ya porque no resisto el próximo segundo… La obra legitima al público para que hable de su propio infierno”.

Seguir en pie
Poco antes del estreno de la obra en Argentina, Natalia se separó de su pareja. Habían sido ocho años de relación. Otro ciclo que quedaba atrás. La asimilación de la ruptura, inevitablemente, fue difícil. “Sentí ganas de dejar de comer, se me cerró la garganta y el estómago. Para una persona con bulimia, entrar en etapa anorexígena es un pasaporte para empezar a comer de nuevo desesperadamente. Yo tenía la terapia, pero sobre todo el espectáculo. Pero me había quedado muda. Era mayo y venía el fin de semana largo. Estaba sola en la ciudad. Volaba de fiebre y tomaba unos medicamentos que me dopaban. Entonces soñé con el Coliseo de Roma. ‘Soy como vos, aunque me bombardeen sigo en pie’, me decía en el sueño".
Pero el Coliseo no tiene que salir a escena, ella sí. Y el día del estreno llegó. Y así lo recuerda: “La sala estaba llena. Distinguí la voz de mi papá. Eso fue fuerte. Tuve que resolver el principio con mímica. Pude hablar recién cuando empezaba el relato de mi historia. Y ahí ya seguí. Al final, mi papá me abrazó y me dijo: ‘Estoy orgulloso de vos porque sos una tigresa’. Y mi mamá: ‘Mi hija es hermosa y creativa pero sobre todas las cosas, valiente’. Después de todo lo que me pasó, haber llegado a los 44 es un mérito, una cucarda. Pensé que no llegaba”, asegura. Y ahí estará ella, en pocos días, en el escenario, danzando y contando su vida.
Cruda verdad. “Hasta los 26 años engordé y bajé veinte kilos tres veces por año. Perdí novios, amigos, familia, hice cosas sórdidas para sostener el síntoma”.