lunes, 25 de junio de 2012

SOBRE Flores arrancadas a la niebla de Arístides Vargas


por Ana Woolf


Buenos Aires, mayo 2012



En Roma, en la Iglesia de Santa Maria della Vittoria,  hay una escultura del Bernini, L'estasi di Santa Teresa d'AvilaEl Ángel, con una sutil flecha en su mano dirigida al pecho de la Santa, con una expresión de dulce belleza. Ella, abierta para recibir la dulce muerte, en éxtasis. Así quedo yo cada vez que voy a su encuentro. Contemplación en dolorosa belleza. Así fue para mí el encuentro con el texto de Arístides Vargas. La carnalidad y la poesía. La realidad cruel de una historia que transcurre y se desenvuelve ante nuestros ojos de forma horizontal y la  profundidad de las palabras que se vuelven por su sencillez, elección, combinación, pura poesía que nos hiere de adentro hacia afuera. Así quedé y quedo cada vez que volví y vuelvo al texto escrito. Mis colegas también. “Quiero decir ese texto”, es el único sentimiento posible ante la belleza. Es también una especie de delirante osadía. Es como decir “Quiero hacer esa escultura”, transitar por un instante la transformación del mármol en vida. El instante de creación de esas palabras al salir de mi boca. O crear el espacio-tiempo para que nazcan en boca de mis actrices.
Estuve muchos años en el exterior, no en exilio, si “exsul” ‘fuera de mi suelo’. En otra Patria, la patria del teatro como la llama una de las personas que me recibió en ese peregrinar, Eugenio Barba. Muchos años cerca del Odin Teatret, de Julia Varley y de Barba, diseñaron en mí una manera de mirar y hacer dramaturgia. Imágenes, textos de distintos lugares, autorías, míos también y ¡tijeras! Y material de actrices, de actores y más. Una dramaturgia con un director activo desde el inicio, con pluma y papel, no solo pensando puestas en escena.
Hace dos años me encontré por primera vez con el texto de Arístides Vargas. Desde ese entonces la flecha del Ángel me perforó. Desde ese momento sus dos personajes, Aída y Raquel, caminan conmigo cada día, por donde yo ande ellas vienen. Las veo en cada país al que vuelvo, en cada mujer ‘exsul’ que cruzo, en el barrio boliviano cerca de donde vivo, en Liniers, con sus negocios que se llaman “Consultorio dental Chuquisaca”, “pollería Santa Cruz”, “Western Union La Paz”, en las calles llenas de vendedoras de productos de ese país y grandes tortas de crema, y sopa de pollo, en las telas coloridas que adornan los carritos ambulantes, en las frutas y verduras y cereales, en cada gesto, en cada rostro: como me veo a mí misma, ‘exsul’, con mi mate en Europa.
Cada ser humano extirpado (por cualquier razón) del lugar donde nació lleva consigo el espacio de amputación, buscando reproducirlo, recrearlo en el lugar donde llega.
Flores arrancadas a la niebla es una poesía de belleza cruel y dolorosa. Esto es el teatro para mí. Así me gustaría que fuera. El texto es intocable. A pesar de que el autor, generoso, nos haya dicho: “hagan lo que quieran”. No. Es imposible tocar una sola palabra de esta dramaturgia sin alterar la armonía del universo del texto. Del mundo de las dos mujeres en exilio. Eternas deambulantes. El desafío para mí fue unir dos universos de práctica teatral, una forma de hacer dramaturgia montando materiales provenientes de distintas fuentes, aprendida y aprehendida durante muchos años en el exterior y un texto que me regala, como un don divino, el éxtasis de las palabras que hieren como la dulce y dolorosa flecha del Ángel, el pecho de Santa Teresa.
Allí me quise quedar. Acá quiero alojarme. En ese texto, totalmente seducida, pero también atenta a no dejarme aniquilar por la belleza de su poesía. Detrás está la realidad, que a veces puede ser monstruosa. Un espacio donde inicia la acción que “huele a podrido”, un tren que no llega, el exilio, el eterno deambular por geografías que no reproducen ni recrearán jamás nuestra geografía original, la adaptación poniéndole el nombre de algún lugar de mi tierra a mi negocio, la podredumbre interna de las partes mías que no logran adaptarse, la amputación por haber tragado silencio. Eso es real. Detrás de la belleza del rostro del Ángel, del éxtasis en el cual nos envuelve el texto, está la verdadera acción: el Ángel no perdona, la belleza sublime tampoco, matará lenta y sutilmente. Santa Teresa morirá en belleza pero morirá al fin.
El teatro es acción. Para mí acción poética. El desafío: en estado de enamoramiento, de total seducción con el texto, no dejarse matar por la poesía que puede llegar, sin acción, a volverse canto monocorde. Muerte desmetaforizada. Aburrimiento. Muerte total.
Espero que junto a mis compañeras de camino, y a nuestro músico cellista, hayamos sido capaces de darle un alojamiento a Aída y a Raquel, un pedacito de tierra para compartir. Me gusta pensar que Aída y Raquel han encontrado, como yo lo encontré en el teatro, una tierra, un lugar en donde poder finalmente descansar, en donde poner todas juntas, las valijas.