martes, 15 de mayo de 2012

INSTANTÁNEAS DE LA DIFERENCIA

a Juan Gené, maestro presente
por Gabriela Bianco





Inicio este espacio como prolongación o efecto de mis intervenciones - y la de los Otro@s- en un foro de una capacitación virtual que he iniciado junto a más de 100 personas. Pedagogías de las Diferencias (Flacso 2012. Dirección: Carlos Skliar).

Comienzo un curso virtual, una diplomatura con nombre inquietante "Pedagogías de las Diferencias". 
El curso se inicia con la invitación a pensarnos, a preguntarnos, a perdernos en los territorios del enseñar y el aprender, del saber y del ignorar. Para esto la lectura de clásicos como el "Fedro" o contemporáneos como "La Hospitalidad" de la mano de Derrida, "Lecciones de los Maestros" de Steiner o "El espectador Enmancipado", de Rancière, entre otros tantos han sido brújulas en la oscura  noche. Dos excepcionales clases de Walter Kohan y Fernando Bárcenas han despertado algunas asociaciones y homenajes velados. Juan, mi querido Maestro de teatro, Juan Gené, ha sido gurú en este recorrido.


Aprender-Enseñar-Ignorar-Saber
Una de mis maestras queridas, cuando me ponía a intelectualizar una respuesta, me decía "no le saques el culo a la jeringa". Conocimiento e Ignorancia tienen sus "patios del fondo" y hoy se me aparecen como el laberinto del Minotauro en plena medianoche.
Quiero pensar en voz alta... las palabras las tengo que escribir para compartirlas y al hacerlo algo de todo lo que pienso se diluye o se configura de otra manera. Pero no hay otra forma. El conocimiento de una lengua ágrafa como la lengua de señas me insta siempre a cierta extranjería en la palabra escrita. Por ese distanciamiento que siento, en general recurro, como compensación, a la primera persona y a la intertextualidad velada. Quizá traicione un poco a los autores originales de las ideas al no nombrarlos cada vez. Quizá no haya otra manera de escribir lo que han escrito que "inventando un acontecimiento de traducción". Me alivia recordar que esto se lo tradujimos a Derrida.
En estos días suelo pensar en mis propios Maestros. Sobre todo en uno, que bien podría haber sido la reencarnación moderna del Sócrates de Platón. Intento configurar alguna idea y solo aparecen mis experiencias como alumna/discípula. Al igual que Sócrates, mi Maestro no reconocía discípulos. No creía en la enseñanza como embajadora hospitalaria de nada y a la vez no tuvo otra obsesión que formar actores, que enseñar la acción-vida del escenario. No creía en la paideia más que como espacio creado entre dos anhelos eróticos. El vínculo sostenido de un lado, por el deseo de saber, de crecer, de ser como el Maestro -y de poseerlo- (las analogías con Sócrates y Jesús que hace Steiner me resuenan significativas a este respecto) y del otro, por dejar huellas e intersticios de la propia lucha por el autoconocimiento surgido de la acción patética, del pathos, al decir de Bárcenas.
Crearse a si mismo haciendo para conocerse o quizá, arriesgo un poco a ciegas y citando la alegoría de la caverna, haciendo que alguno de nuestros Yoes salga a la luz para volver y reconocer a nuestros otros yoes en la ignorancia. El alumno como proyección de alguno de esos Yoes necesitando salir a la luz y a la vez, la conciencia de nuestras ignorancias que, nobleza obliga, nos devuelve a la caverna. Descolonizar Yoes parece una tarea ciclópea cuando de yoes de la docencia se trata. Descolonizarnos de ideas y sujecciones unívocas.
Asumo que la metáfora del alumno como proyección no es amable. Pero la reconozco en mi propio ejercicio de la transmisión. La reconozco necesaria para comprender y amar. Si, necesito amar, así sea por el tiempo que dure la jornada que nos reúne. Sabemos que ese amor no es para siempre y que, incluso si fue muy intenso, probablemente devenga en un sentimiento antagónico. Así parecen ser las cosas.


Sobre la PROMESA PEDAGÓGICA:
Pareciera que el autoconocimiento promete saberse menos ausente cada vez que la acción imprime un gesto en el espacio del otro, alumno o discípulo, colega, amante o amigo. Espacio que uno abre al aceptar la promesa y espacio que el otro crea al confiar, confiando en algún aspecto de si mismo. 
El Maestro hace un voto de fe en la gran posibilidad que cataliza el alumno en él. Le permite prometer, confiar y parir con el otro el saber que los dos, en algún punto, desconocen. (la metáfora del maestro ignorante, de Ranciére, deseoso de crear el conocimiento en el otro es maravillosa).


"No tengo discípulos"
Recuerdo a mi Maestro "poniendo el cuerpo" para explicar el sentido de una acción dramática. Cuando las palabras no le resultaban confiables, cuando su propio saber resultaba vacuo, pedía permiso a los actores que estábamos entrampados en una acción sin-sentido e irrumpía atravesándonos, "poniéndose en la piel del otro", afectando la vida de los otros, la de cada uno de nosotros, con su propia vida, con su acción pathética. Y luego él podía, quizá, haber aprendido alguna cosa que modificara el proceso de aprehensión de nosotros, sus pupilos. Siempre su acción nos conducía a un nuevo lugar. No era lo que hacía sino cómo lo hacía. No era lo qué decía sino lo que NO DECIA y nos instaba a decir a nosotros. Y el sonreía porque el conocimiento se le revelaba Otro cada vez. Su hospitalidad era feroz, abrumadora. A los días, te sentías como en casa pero en otro país, en otra lengua. Nunca en casa completamente. Era riesgoso convertirse en lo que querías SER. No había casa más que cuando te animabas a SER OTRO, SER EL OTRO, en este caso EL PERSONAJE, el que lleva la acción de manera verosímil. La paradoja era siempre la misma: para ser el OTRO tengo que ser mucho yo mismo, sobre todo en aquello que menos conozco de mi y que el personaje me revela. Entonces, hay tantos Hamlet como actores lo asuman. "Si yo no conozco a Fedro es que me he olvidado de mi mismo" le hace decir Platón a Sócrates.
Sus clases arrancaban, cada año y en cada grupo, de la misma manera: "Tomen mis afirmaciones como preguntas". Su referencia a Niels Bohr era permanente, inclusive lo llegó a componer en la obra "Copenhague". En ese escenario  vida y ficción se juntaron. Los actores que encarnaban los otros dos personajes habían sido sus discípulos años atrás. Maestro y discípulos se representaban a sí mismos bajo personajes históricos y en palabras ficcionales escritas por otro. La metáfora teatral estaba creada. La metáfora de la vida y la filiación en el tiempo, también. Traducir, traicionar, transmitir. 
Mi Maestro era asertivo en su transmisión. Confiaba en nosotros y se mostraba intenso en sus afirmaciones. Pero no había que olvidar que todo debía ser tomado como pregunta, una pregunta que debía ser respondida en la acción teatral. Era una acción decidida. Era su manera ¿socrática? de generar confianza en nuestras nuevas propias preguntas. Ser asertivo, no certero, se convirtió en el sutra de cada encuentro
Vuelvo a pensar en la hospitalidad. Ser anfitrión del viajero y convertirse en viajero de si mismo frente a la mirada del otro, del huésped.
Hace poco acompañamos a nuestro Maestro al cementerio. ¿quién despedía a quién? Me resisto a pensarme muerta como discípula frente a un Maestro que vive en mis acciones. Un maestro presente en su ausencia. 
Me gusta pensar que su último gran acto vital me trajo hasta acá, a la afirmación de la diferencia como enigma del conocimiento.


 Me gusta. Eso alcanza y no.
Así parecen ser las cosas.
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