martes, 15 de mayo de 2012

EL RINCÓN DE LUCIA





Ben vinda!

Cuando recibí el mail de Laura D´Anna ofreciéndome un rincón, en esta publicación de la Red Magdalena Segunda Generación, mi primera reacción fue de mucha alegría por el hecho de que Laura y su grupo me estaban confiando un espacio para ser tomado por mi voz, o si prefieren, por mi escritura. Es grato sentirse recordada y querida, ¿no les parece? Y la vanidad no es pecado como algunos dicen, ya que, en este caso, proviene de que mi trabajo ha valido la pena no sólo para mí, si es que hubo pena. Pero enseguida llegó la inseguridad, un estado casi obligatorio para nosotras, las mujeres, cuya fragilidad, históricamente decantada, nos hace desconfiar de nuestras posibilidades intelectuales y de las otras. ¿Seré capaz de ocupar ese lugar que lleva mi nombre? Y así fue que ella llegó. Aquella que hace casi un siglo dijo que si una mujer quiere escribir ha de tener todo un espacio para ella. Fue en octubre de 1928 que Virginia Woolf, en una conferencia histórica para alumnas del primer instituto de enseñanza superior para mujeres de Inglaterra, Newham College de la Universidad de Cambridge, sostuvo que es necesario espacio, tiempo ininterrumpido para pensar, privacidad, energía y tranquilidad espiritual para producir literatura. El texto de la conferencia fue publicado al año siguiente, 1929, con el título Un cuarto propio, en el original A room of one’s own y se transformó en un texto clásico del movimiento feminista. Recordar a Virginia Woolf me dió cierta confianza frente al rincón, aún vacío, con el que fui presentada por mis amigas, editoras de este blog.  Es más, acordarme de Virginia Woolf impidió que rechazara la propuesta. Sería no aceptar un espacio que costó tanto conquistar y optar por el silencio impuesto en el pasado a las mujeres, el cual todavía continúa paseándose entre nosotras. Es por eso que acepto habitar este rincón todo mío. Que las diosas me iluminen para que deje pasar alguna luz con mis palabras y que ayude a clarear otros rincones.
Volviendo a Woolf, es necesario decir que su conferencia se volvió histórica con posterioridad. En 1928, la tesis defendida por Woolf no fue bien recibida por la audiencia ni por quienes leyeron su publicación el año siguiente. Tal vez sus ideas eran demasiado radicalizadas para su tiempo, ya que más allá de exponer que las mujeres necesitan un espacio para escribir, también es necesario que sean independientes económicamente. Entonces, si las mujeres sexualmente activas continúan siendo una amenaza para la estabilidad de la institución familiar, las que tenían cuentas bancarias en 1928, eran una amenaza al orden establecido, dentro y fuera de la familia. Woolf fue tildada por algunos de excéntrica, y fue ridiculizada por otros. Sus ideas fueron descartadas por escandalosas e insensatas, hasta que fueron rescatadas por el movimiento feminista de entonces. Ser feminista nunca fue fácil. Exige y exigió una convicción sólida y coraje para enfrentar una oposición siempre alerta, dispuesta a todo, utilizando cualquier medio para neutralizar el efecto del discurso y de la acción feminista –sin hablar de la integridad física y mental de las propias activistas que tienen la audacia de hablar y manifestarse como tales. Esto me recuerda otro episodio caído en el olvido, que merece la pena ser recordado sin las distorsiones con las que fue tratado por los medios décadas atrás y que, de alguna manera, pasó a la historia.
El 7 de septiembre de 1968, en el Centro de Convenciones de Atlantic City, Estados Unidos, se inicia el concurso anual para elegir a la nueva Miss América. Mientras tanto, afuera, activistas del Movimiento para la Liberación de las Mujeres (WLM) quemaban sus corpiños y los tiraban en una gigantesca lata de basura.  La histórica quema de corpiños, que se dió ente los ‘60 y los ’70, en varias ciudades de EEUU y Canadá, movilizó a la prensa y a la policía. Algunas mujeres fueron apresadas, otras aparecieron en la primera plana de varios diarios que las usaron, en su mayoría, para reforzar el mito de que las feministas están en contra del sexo y odian a los hombres. El escándalo tuvo repercusión en varios países lo cual dio visibilidad al Movimiento para la Liberación de las Mujeres, al mismo tiempo que gestó y reafirmó el estereotipo de la feminista para ridiculizar y desmoralizar  sus acciones.  Actualmente, se habla poco de aquella protesta y cuando es citado se lo toma a risa. Hasta es posible que las generaciones siguientes nunca hayan oído hablar del día en que las feministas quemaron sus corpiños en público, fueron arrestadas y tomadas para la chacota. No obstante, resulta una excelente muestra de cómo ciertas acciones, que tienen un potencial transformador y revolucionario, son inmediatamente reprimidas y neutralizadas por el sistema vigente. De cuán difícil es hablar y manifestarse como feminista –que lo diga Virginia Wolf o las incendiarias de corpiños.
Simbólicamente la quema de corpiños fue una crítica a la cultura de la belleza femenina, a los patrones de belleza que esclavizan a las mujeres, negándose a ser valoradas únicamente por sus atributos físicos.  Así, el corpiño es un chaleco de fuerza nada confortable, aprisionador, que restringe los movimientos y distorsiona las formas naturales del cuerpo de las mujeres. El corpiño representa todas las restricciones impuestas por la sociedad patriarcal, siendo el acto de quemarlo una manera de liberarse de la opresión en una sociedad donde somos discriminadas.  Es un doble símbolo, ya que tanto los patrones impuestos de belleza, de organización social como los corpiños, aprisionan a las mujeres y restringen sus movimientos. Es este el corpiño que fue quemado por las feministas, y no la prenda más o menos sexy del vestuario femenino. El significado del hecho de sacarse el corpiño y quemarlo fue invisibilizado por los medios, quienes, a conveniencia, no vieron más allá de la materia, lo que constituye un caso de miopía selectiva y contagiosa. De hecho, “feminista quema corpiño” se volvió una expresión ofensiva, usada para identificar a las feministas de entonces, tildadas de despechadas, histéricas o locas, como sucedía en el pasado, en épocas en que el término feminista ni siquiera se había acuñado. Como dije otras veces, hay muchas maneras de contar una historia, todo depende de lo que se pretende que la historia provoque en quienes oyen. 
Lo que YO quiero pedirte es que despiertes, si es que ya no lo hiciste, ante el hecho de que los patrones de belleza y de moda femenina no son inocentes, que el poder  de tales patrones seduce más allá de cualquier tentativa de resistencia. Desconfiá, entonces. 
En estas épocas al ideal de juventud le corresponden cirugías o mutilaciones estéticas de un barbarismo atroz, al ideal de delgadez le corresponden desórdenes alimenticios que  suelen llevar a la muerte, sin hablar de los tacos con los problemas de columna que producen y pueden dejarnos rengas. Mientras tanto, yo también encuentro más lindas a las mujeres jóvenes, delgadas y altas. Mi sueño de consumo no fue el que concebí y es muy difícil vivir sin soñar.  Desconfiar, es lo que se puede hacer. Mirar para al suelo para no tropezar y caer. Vivir el feminismo, lo cual no es fácil. Es necesario tener mucho equilibrio.
Mientras que en el hemisferio norte las feministas eran llamadas “quema corpiño”, aquí en el sur, en el Brasil de los ’60 y ’70, fuimos bautizadas “mal amadas”. Feministas eran aquellas no elegidas por los príncipes encantados. Mujeres sin atractivos y sin poder de seducción o que fueron rechazadas, descartadas, por no haber satisfecho los deseos de sus amados.  De lo cual se deduce que si todas las mujeres tuvieran un compañero sexual no existirían las feministas, o sea, las feministas son mujeres que no tienen sexo. ¿O tal vez amor? O tal vez amor. Pasadas varias décadas, tal vez,  ya podamos resignificar la catalogación ofensiva de “mal amada” haciéndola jugar a favor de la causa feminista. Sí, vamos a admitir que fuimos, y continuamos siendo mal amadas, no sólo las feministas sino las mujeres en general, en una sociedad que nos discrimina, que nos oprime, que nos relega a una posición secundaria, que nos da un tratamiento diferenciado, que percibimos menores salarios, que no respeta nuestros derechos. Y es más, somos mal amadas por nosotras mismas, presionadas por una ideología que nos lleva a sacrificar, a mutilar, a maltratar nuestro cuerpo para que se ajuste a los patrones de belleza creados por intereses económicos que nada tienen que ver con la voluntad de las mujeres. Vamos a asumir que hemos sido mal amadas y vamos a exigir: ¡QUEREMOS MÁS AMOR!

Lucia V. Sander
Traducción Marcela Brito




Quando recebi o e-mail de Laura D’Anna me oferecendo um rincón nesta publicação do Projeto Magdalena 2a geração, minha primeira reação foi de muita alegria pelo fato de Laura e sua equipe  estarem me confiando um espaço a ser preenchido com a minha voz, ou, se quiserem, com a minha escrita. É muito bom ser lembrada e se sentir querida, não é? E vaidade não é pecado como alguns dizem, nesse caso ela vem da sensação de que meu trabalho talvez tenha valido a pena não só para mim, se é que houve pena. Mas logo em seguida veio a insegurança, um estado quase que obrigatório para nós, mulheres, cuja fraqueza historicamente decantada nos deixa desconfiadas de nossas possibilidades, intelectuais e outras. Será que sou capaz de ocupar esse rincón que leva meu nome?  E foi aí que ela chegou, aquela que há quase um século anunciou que, se uma mulher quer escrever, ela tem que ter um espaço todo seu. Foi em outubro de 1928 que Virginia Woolf proferiu a histórica conferência para as alunas da primeira instituição de ensino superior para mulheres na Inglaterra, Newnham College na Universidade de Cambridge, e na qual argumentou que é preciso espaço, tempo ininterrupto para pensar, privacidade, energia e tranquilidade mental para produzir literatura. O texto da conferência foi publicado no ano seguinte, em 1929, com o título Um quarto todo seu, no original A room of one’s own, e se tornou um texto clássico do movimento feminista. A lembrança de Woolf me deu certa confiança diante do rincon ainda vazio com que fui presenteada por minhas amigas editoras deste blog. Mais do que isso, a lembrança de Woolf me impediu de rejeitar o convite, o que seria negar um espaço tão duramente conquistado, e optar pelo silêncio tão fortemente imposto às mulheres de um passado que continua passeando entre nós. Sendo assim, aceito habitar esse rincón todo meu, e que as deusas me iluminem para que eu deixe passar alguma luz com a minha escrita e assim venha a clarear outros rincones.
Voltando a Woolf, é preciso dizer que sua histórica conferência só se tornou histórica posteriormente.  Em 1928, a tese defendida por Woolf não foi bem recebida pela platéia nem por quem veio a ler a sua publicação no ano seguinte. Talvez suas ideias fossem muito radicais para o seu tempo já que, além de argumentar que as mulheres
precisam de espaço para escrever, Woolf acrescenta que, para serem escritoras, as mulheres têm que ser economicamente independentes. Bem, se as mulheres sexualmente ativas continuam a ser consideradas um perigo para estabilidade da instituição familiar, as que tinham contas bancárias em 1928 eram uma ameaça a ordem estabelecida, dentro e fora da família. Woolf foi descrita por uns como excêntrica, foi ridicularizada por outros, suas idéias foram descartadas como escandalosas e insensatas, até que mais tarde fossem resgatadas pelo movimento feminista de então. Pois é, ser feminista nunca foi fácil, sempre exigiu e exige  forte convicção e coragem para enfrentar uma oposição sempre alerta e pronta a utilizar todo e qualquer meio para neutralizar o efeito do discurso e da ação feminista – sem falar na integridade física e mental das próprias feministas que têm a audácia de falar e agir como tal. O que me lembra um outro episódio que parece ter caído no esquecimento e que vale a pena ser relembrado em seu verdadeiro significado, sem as distorções com que foi tratado pela mídia décadas atrás e com que passou para a história.
7 de setembro de 1968, no Centro de Convenções de Atlantic  City, nos Estados Unidos, inicia-se o concurso anual para eleger a nova Miss America; do lado de fora, ativistas do Movimento para a Liberação das Mulheres (WLM) queimam sutiãs e os jogam em uma gigantesca lata de lixo. A histórica queima dos sutiãs, que se deu em várias cidades dos Estados Unidos e Canadá nos anos de 1960 e 70, mobilizou não só a imprensa como também a polícia onde quer que a manifestação viesse a ocorrer. Mulheres foram presas, outras apareceram na primeira página de vários jornais que, via de regra, reforçavam o mito de que as feministas são contra o sexo e odeiam os homens. O escândalo repercutiu em vários países, o que deu visibilidade ao Movimento para a Liberação das Mulheres ao mesmo tempo em que criou ou reafirmou um estereotipo da feminista que a ridiculariza e desmoraliza suas ações.  Hoje pouco se fala desse histórico levante feminista, quando citado é motivo de deboche e riso, e as mulheres de gerações subsequentes talvez jamais ouviram falar que um dia feministas queimaram seus sutiãs em público, foram presas e viraram motivo de chacota. No entanto, a história desse levante e de como ele passou para a história me parece uma excelente amostra de como certas ações com potencial transformador e mesmo revolucionário são imediatamente reprimidas e neutralizadas pelo sistema vigente, ou seja, de como é difícil falar e agir como feminista – que o diga Virginia Woolf e que o digam as incendiarias de sutiãs.  Em seu significado simbólico, a queima de sutiãs foi uma crítica à cultura da beleza feminina e aos padrões de beleza que escravizam as mulheres, valorizadas exclusivamente por seus atributos físicos. Aqui o sutiã equivale a uma camisa de força, desconfortável, aprisionador, que constrange os movimentos e distorce as formas naturais do corpo das mulheres. Em seu significado simbólico, o sutiã representa todas as restrições impostas às mulheres pela sociedade patriarcal, sendo a sua queima um gesto liberador da opressão sofrida pelas mulheres em uma sociedade em que somos discriminadas. Ou seja, o sutiã queimado nos anos de 1960 e 70 é um duplo símbolo em que representa os padrões impostos de beleza feminina e a organização social no que ambos aprisionam as mulheres e restringem seus movimentos. É este sutiã simbólico que foi queimado em público pelas feministas nas décadas de 60 e 70 e não uma peça mais ou menos sexy do vestuário feminino. O significado simbólico do sutiã despido e queimado foi seguramente apreendido pela mídia, porém, a conveniência fez com que não vissem além da matéria – o que constitui mais um caso de miopia não só seletiva como também contagiosa. Sendo assim, “feminista queima sutiã” tornou-se na época uma interpelação ofensiva usada para identificar as feministas de então, descritas mais como despeitadas do que como histéricas, como foram descritas as feministas na virada do século 20, ou como loucas, como foram consideradas as feministas num passado em que o termo feminista nem sequer tinha sido cunhado.
Como escrevi em outro lugar, há várias maneiras de contar uma história, depende do que se quer que a história faça aos que a ouvem. O que EU quero fazer com você que me ouve é que desperte, se é que já não está, para o fato de que os padrões de beleza e a moda feminina não são inocentes, e que seu poder seduz quase além de qualquer tentativa de resistência. Desconfie. Nesse nosso tempo, ao ideal de juventude corresponde cirurgias ou mutilações estéticas de um barbarismo atroz, ao ideal da magreza corresponde desordens alimentares muitas vezes fatais, sem falar nos tacones de hoje que produzem deformações na coluna vertebral que podem aleijar qualquer uma de nós. No entanto, eu também acho mais lindas as mulheres jovens, magras e altas, meu sonho de consumo não fui eu que concebi e é muito difícil viver sem sonhar. Desconfiar, é o que se pode fazer, e olhar para o chão para não tropeçar e cair do salto, ou então... viver o feminismo, o que não é fácil, e para o que também se precisa de muito equilíbrio.
Enquanto que no hemisfério norte as feministas eram chamadas de “queima sutiã”, aqui no sul, no Brasil dos anos 60 e 70, fomos batizadas de “mal amadas”. Feministas eram aquelas não escolhidas pelos príncipes encantados, sem atrativos ou poder de sedução, ou senão as que foram rejeitadas, descartadas por não terem satisfeito os desejos de seus amados.  De onde se pode concluir que, se todas as mulheres tivessem um parceiro sexual não haveria feministas, ou seja, feministas são mulheres que carecem de sexo. Ou talvez de amor? Ou talvez de amor. Passadas várias décadas, talvez já podemos resignificar a interpelação ofensiva “mal amada”  e fazê-la funcionar a favor, em vez de contra, a causa do feminismo.
Sim, vamos admitir, fomos e continuamos sendo mal amadas, não só as feministas mas as mulheres em geral, numa sociedade que nos discrimina, que nos oprime, que nos destina a um posição secundaria, que nos dá um tratamento diferenciado, menores salários, que não respeita os nossos direitos.  E mais, somos mal amadas por nós mesmas, pressionadas por uma ideologia que nos leva a sacrificar, a mutilar, a maltratar nosso corpo para que se ajuste à padrões de beleza criados por interesses econômicos que nada têm a ver com a vontade das mulheres. Vamos assumir, temos sido mal amadas, e vamos exigir: QUEREMOS MAIS AMOR! 

Lucia V. Sander