viernes, 20 de enero de 2012

SOBRE LA VITA CRÓNICA por Ana Woolf

Yo no vi el espectáculo


INVITACIÓN
El Odin Teatret ha terminado su nuevo espectáculo de grupo LA VIDA CRÓNICA.
El espectáculo será presentado en nuestro teatro en Holstebro, Dinamarca, el 26, 27 y 28 de septiembre 2011.
Luego, en el Festival Internacional de Teatro en Prato, Italia el 4, 5, 6, 7, 8 de octubre 2011 y en el Grotowski Institute en Wroclaw, Polonia el 13, 14, 15, 16 de octubre 2011.
Es para mí un gran placer invitarlos a visitarnos y ver el espectáculo.
Si necesitan más información y quieren venir, escriban por favor a la directora de gira Anne Savage (anne@odinteatret.dk)
Cordialmente,
Eugenio Barba
Odin Teatret
Director


POSTAL que recibe en mano el espectador, escrita por Eugenio Barba.

Personajes:
- una Virgen Negra (Iben Nagel Rasmussen)
- la viuda de un combatiente vasco (Kai Bredholt)
- una refugiada chechena (Julia Varley)
- una ama de casa rumana (Roberta Carreri)
- un abogado danés (Tage Larsen)
- un músico de rock de las islas Faroe (Jan Ferslev)
- un joven colombiano que busca a su padre desaparecido en Europa (Sofía Monsalve)
- una violinista ambulante italiana (Elena Floris)
- dos mercenarios (Donald Kitt, Fausto Pro).
La acción se desarrolla contemporáneamente en Dinamarca y otros países de Europa en el 2031, luego de la tercera guerra civil. Individuos y grupos de diferentes sustratos se encuentran y se enfrentan sacudidos por guerras, desocupación, emigración. ¿Qué sucede cuando los recién llegados quieren establecerse en un país extranjero y formar parte de una sociedad que piensa tener raíces culturales sólidas? ¿Qué incomprensiones y descubrimientos surgen de esta confrontación? ¿Cómo se vive en un país en guerra cuyos soldados se ven solo en un féretro, cuando regresan de tierras lejanas? Un joven arriba de América Latina al carnaval febril de las civiles comarcas de Europa. Busca a su padre desaparecido. Es casi un niño e ignora lo que todos saben: que la vida es una enfermedad crónica de la cual nuestro planeta, con su historia, no logra liberarse. Todos saben que existen miles de puertas que conducen a la libertad, y todos alimentan este saber comiendo sin hambre y bebiendo sin sed. Todos saben que provienen de un gran pasado y de esta grandeza cada uno recorta su jirón de honor e identidad. Responden a las preguntas del joven extranjero enseñándole a escapar del peor de los vicios - el de la Esperanza. "Basta de buscar a tu padre", le susurran mientras lo acompañan de una puerta a otra.
No es la inocencia ni el conocimiento lo que salva al joven. Descubrirá su puerta solo, ante el estupor de todos nosotros que no creemos en lo increíble: que una víctima vale, por sí sola, más que cada uno de nuestros valores. Más que Dios.

Hasta acá la presentación oficial. Ahora mi Postal.

Que diga que el espermatozoide fecunda al óvulo explica el origen de la vida?
Ana Woolf

No sé si estoy inventando o si es verdad. Metiéndome en la cama el día del alboroto por la muerte de mi padre, mi madre, dándome su bendición, me susurró en un beso: qué Desorden hoy.
Eugenio Barba, Quemar la casa. Orígenes de un director



Querida Vida crónica,

He recibido con felicidad la noticia de tu nacimiento. Estuve allí, a tu lado hasta último momento. El 26, 27 y 28 de septiembre 2011. No pude acompañarte en tu primera salida del lugar que fue durante 3 años, nuestra morada, nuestro castillo familiar, allí, en Holstebro. No imaginas cuánto lo lamenté porque sé que en ese afuera se configurarían tus rasgos, allí estarían tus primeros gestos, tus primeras miradas, tus primeros pasos, tu primer intento de vuelo. Te seguí sin embargo de cerca. Imaginándote primero; escribiendo luego a los actores quienes te iban dando cuerpo y alma; escuchando en tiempos robados a cenas y otras actividades paralelas a quienes te fueron viendo en Polonia, en Lecce, en Pontedera, a tus espectadores.
Me contaron que te has vuelto un animal de gran peso, que se siente el resonar y el retumbar de tu pisada sobre esos tablones de leño que imaginó Eugenio desde el inicio. Me contaron que creciste a pasos agigantados, que te volviste unidad, orgánica que golpea impiadoso el ojo y el ánima de quien lo mira. Animal salvaje que se tiende cálidamente acurrucándose con su cabeza sobre el hombro del espectador para que éste lo acaricie y apenas siente las manos entre su pelaje le da una zampada robándole un pedazo de su carne. Llevándose a veces también un fragmento de su alma.
Me contaron que el sueño de tu director-partera se ha cumplido. Que has logrado hablar a cada uno de los que te han visto en una lengua diferente. Me contaron algunos jóvenes estudiantes, acerca de la inmovilidad que provocas cuando te ven, los entiendo, coincido con ellos, tal vez es mejor no moverse, no respirar para que el animal no se dé cuenta de que se está allí. Para espiarte de cerca sin ser vista, seguir tus andares, tus matices, tu detalle, tus acciones vitales pero sin ser descubiertos.
Me contaron que hiciste llorar a los intelectuales, desde nuestra primera escena, esa tan dolorosa y tan humana que hace que creamos que Lolito, ese muñeco de trapo, adquiera consistencia real y tenga el rostro de nuestro padre que está partiendo, el rostro de alguno de nuestros muertos que ya partió. Los hiciste llorar tanto como he llorado yo cada vez que comenzábamos a pasar esa escena en el ensayo. Como lloré desde el día en que la vi por primera vez cuando los actores y actrices debían mostrar su hora de material personal y Kai nos hirió con sus imágenes y su voz. Pero la herida no era oscuridad. Iluminó también a su principal espectador, al padre, porque allí estaba tu inicio querida Vida crónica, allí el germen para comenzar a sembrar libremente semillas de cualquier tipo. Una base que señalaba cierto punto de partida, cierta ‘tranquilidad’ y orden para quien comenzaba a crear, para desplegarse hacia lo desconocido, hacia el caos de la creación. Una certeza: toda la familia Odin estaba ahí. Algo había seguro: casi 50 años de caminar juntos con el mismo capitán que una vez más se lanzaba a la aventura eligiendo ese inicio, decidiendo poner en el centro, en el origen, su herida. Herida-necesidad como le gusta decir, que será su impulso.
Pero tu inicio querida Vida crónica, ya había iniciado en realidad. En ese último libro de Eugenio Quemar la casa. Orígenes de un director que tan fresco tengo en mi memoria, que tanto enojo me había provocado mientras lo traducía, enojo por no confesar que era dolor. Ese pasado lacerante escrito en el texto que me creaba una dolorosa esquizofrenia entre lo que leía y escribía al traducirlo y lo que veía ante mis ojos: leía en pasado la historia del grupo que estaba allí presente delante de mí en la salita azul intentando, en un frío y poco acogedor invierno danés, a las 7 de la mañana, de un febrero del 2008, lanzarse a la mar. El capítulo-herida era el El ritual del desorden.
Pero tampoco fue éste tu inicio podría decir…
Fue la frase de Juan Rulfo en su Pedro Páramo “he venido porque me dijeron que aquí estaba mi padre” o ¿esa frase es mía cuando, muerto mi padre, dejé Argentina, partiendo en busca de un nuevo inicio? o ¿es lo que dijo Sofía cuando dejó Bogotá y partió en busca de su padre “otro”? o ¿lo que dijo Julia o Roberta o Torgeir o Kai o Jan o Iben o Else Marie o los que ya no están, cuando dejaron sus casas y países y partieron rumbo al norte escandinavo, a la casa Odin? He venido a buscar mi identidad yo también a través de ti. Y allí estaba yo, sentada, con mi cabeza llena de preguntas, con la ansiedad de quien se sabe está a un instante de emprender un viaje único ese primer día 5 de febrero de 2008, a las 7 en punto de la mañana. Y ahí nomás, antes de zarpar, Eugenio vestido con una especie de kimono, lanza otro inicio, ¿fue éste tu inicio? ¿el del hombre que desea ver en escena su propio funeral?
En ese momento no te llamabas Vida crónica te llamabas XL, todo era desmesurado, podíamos haberte llamado también XXXXL porque en esa pequeña salita azul el rey era el Desorden, lo fuera de medida, explotaban los objetos, los cuerpos de tus actores y actrices, las voces hacían vibrar las paredes, los recuerdos de otros espectáculos se iban presentando poco a poco, desempolvándose, recuperando su consistencia. Como el día en que Torgeir sentado en una pequeña silla, dejó escapar su voz aguda, una voz naciente desde las profundidades de un cuerpo que parecía no ser el suyo, in crescendo hasta llegar a la frase luego cancelada “somos una raza sin hijos”. Era un fragmento de Kaspariana, algo que yo había visto solo en fotografías y video. O como el día en que reaparecieron con Tage y Torgeir las monedas y la escena de Min Far Hus.


¿Era éste también tu inicio ya iniciado en 1967 (Kaspariana) o 1972 (Min Far Hus)?

O ¿tu inicio fue allá lejos y hace tiempo en Gallipoli, cuando caminabas de la mano del capitán-niño aún sin barco y sin rumbo, sediento y carcomido por el miedo de pescar una anguila cuando iba en busca del agua?[1]
Y fue entonces cuando otro inicio llegó y fue también inicio, ese 12 de febrero de 2008 cuando por primera vez se instaló en escena para quedarse allí y para siempre, la sombra de la muerte, “el animal sagrado”, la anguila que luego se transformó solo en un recuerdo de los que la vimos ese día nadando en las aguas cristalinas no del pozo, sino del ataúd de cristal. La anguila ya no se verá en tu cuerpo, tal vez se haya transformado en ese abrazo acogedor y perverso que la Virgen Negra da al joven haciéndolo hundir en las nuevas aguas de nuestra sociedad: aguas de plástico. Como la anguila, la Virgen Negra, ambas de doble cara: lo que salvaba al niño del veneno de las aguas también lo puede hundir en las aguas inexorables del miedo. Hay que sumergirse de todos modos. El hombre-niño no se anda con cobardías.
Una vez nos contó a sus asistentes reunidos en su cabina llena de memorias, que había que hacer como Einsestein con la cuna de un bebé bastardo: poner el problema en el medio del escenario. ¿El problema era la muerte? ¿Es ese tu inicio o es ese tu tema Vida crónica querida? No lo sé, no me importa en realidad descubrirlo ¿sabes? No me importa poner la cabeza para descifrar lo que sé quedará en el misterio. Hace algunos años que dejé el sistema universitario, solo me quedé en el ‘espacio universidad’ y desde allí podré observar con libertad cómo los del sistema intentarán descubrir tu origen. Tratarán de interpretarte y comprenderte, de entenderte para tranquilizar/se/ al animal irracional que en ellos y en ellas has desencadenado. ¿Cuál, me preguntas? El de no entender. El de no poder descubrir el inicio, medio y fin de la historia. Bueno, pero para eso está la postal de mano mi querida Vida crónica. Allí leemos la historia tranquilizante, que no es tu historia. Sonrío mientras te escribo esto, te imagino a ti también sonriendo.
De mi parte solo sé que desde ese día la muerte se instaló en escena o mejor dicho bajo la escena, bajo la forma de una mesa cubierta con un mantel blanco donde se posaba una arma con la cual el hijo asesinaría ¿a su padre?; bajo la forma de un lecho de muerte desde donde partirá el primer muerto envuelto en su mortaja, llevado hacia el inicio de sus recuerdos por el abrazo maternal de la Virgen Negra; bajo la forma de una mesa pero esta vez cubierta de coloridas telas y objetos en donde transcurrirá parte de la historia de encuentros, desencuentros, posibilidades e imposibilidades; bajo la forma de una puerta de madera cerrada para el joven inmigrante en busca de su padre, y que se abrirá solo cuando su momento de partir haya llegado.
El ataúd espera desde el inicio, allí, posado en el centro de la escena, de nuestra vida, no importa cuántas máscaras le pongamos, con cuántas coloridas telas lo cubramos, no importa cuánta teatralidad inventemos a su alrededor, el ataúd con sus cristalinas aguas nos espera desde el inicio, como nuestra muerte… Allí se sumergió también, un día de junio, Torgeir. Allí quedó también querida Vida crónica flotando su alma entre tus aguas. Allí los que alguna vez lo vimos, aún si está ausente, lo seguimos descubriendo.

Cuando todavía buscábamos qué era lo que no funcionaba en tus piernas, y cómo hacerte caminar mejor, el capitán nos volvió a reunir en su cabina de memorias y nos dice: “La mayoría de las cosas que hacemos en teatro o viviendo, no entendemos por qué las hacemos. Luego podemos justificar todo, hasta lo increíble, pero vivimos en la incomprensión. Solo en teatro la gente quiere comprender y hace de esto una defensa jesuítica. Cuando leo o miro la televisión todo parece fácil, accesible, pero en realidad es incomprensible. ¿Cómo es posible que una persona que se quemó en Túnez haya desencadenado todo esto en Medio Oriente? La dimensión de la incomprensibilidad es la que el espectáculo quiere evocar” y agrega algo más sobre ti, en una reunión con jóvenes que vinieron a verte antes de que caminaras sin caerte: “Partí preguntándome si mis actores y yo aún podíamos hacer un espectáculo juntos. ¿Cómo se resuelve la incapacidad de hablar entre nosotros? Mis actores no me entienden, no entienden lo que hago salvo dos de ellos tal vez… Vivimos en el régimen de la indiferencia, en Europa. No es así en Latinoamérica: la muerte es verdad, no una actriz que se maquilla. Toda mi relación con Latinoamérica tiene influencia en lo que hago y lo que hago es también para mis amigos, uno en Dinamarca, otro en Israel, otro en Colombia...Es una parte de mi biografía que se transforma en mi forma de trabajo. Es inescindible. Vivo en Holstebro, no lejos de una caserna de soldados. De aquí salen los que van en misiones de paz en Irak o Afganistán y aquí regresan los que mueren en combate. Aquí se realiza la ceremonia fúnebre, en la Iglesia de nuestra pequeña ciudad. Es una parte de mi vida presente, sin embargo toma la garganta ver el dolor desgarrador de los padres frente a su propio hijo inmolado.”
¿Es éste entonces tu inicio? ¿De esto nos querías hablar? De nosotros mismos en este mundo de hoy que en realidad es el de ayer y que en realidad es el de mañana? ¿El del 2031? De un tiempo vivido solo de forma no lineal, fragmentado, donde se sucede la vida así como es, con sus recuerdos, su memoria, sus muertes, sus guerras, sus lucha internas y eso que a pesar de todo logra renacer una y otra vez. Un fragmento de nuestra alteridad que una vez asesinado insiste en volver a asomarse en el vacío tormentoso de un nuevo presente. La fiesta no logra completarse jamás. No cesa. Y encima es “crónica”. ¿Qué es crónico? La agonía, la soledad, la danza macabra del amor y el odio, la guerra y la cierta tranquilidad que no oso en llamar paz.
Pero no cesa tampoco la necesidad de la búsqueda desesperada de una “verticalidad” para escapar de la soledad, de la incapacidad de estar juntos. Sí, tus “monstruos sagrados” querida Vida crónica comparten soledades, lo único que se puede compartir tal vez, junto con la pasión por el otro y la necesidad de alejarlo apenas lo sentimos demasiado parecido a nosotros mismos… hablo obviamente de lo que sucede en ese laberinto mágico llamado “escena”.
En esa escena, en ese cúmulo de tablones de madera que simula una balsa en donde veremos naufragar ilusiones y renacer a través de la obsesión por el trabajo del detalle, nuestra identidad de oficio, me sumerjo y me entrego. Entro como Dante en esa Divina Comedia, laberinto hecho de diversidades. No encuentro ni a un Virgilio ni a un Tiresias que me guíen en el camino de “la verdad”, para que respondan mis preguntas. Tal vez aún tengo preguntas porque todavía no te vi. No he visto tu andar, tu ritmo palpitante. Pero tengo una certeza y es que contigo y en ti no hay verdades querida Vida crónica, es algo que el director-partera no se permitiría. Las verdades a descubrir son solo fragmentos de un jarrón hecho trizas. ¿Reconstruirlo? No sé si me interesa. Ya lo dije antes. Prefiero seguir el rumbo de la balsa lanzada a mar abierto. Al día y a la oscuridad. Y encarnar un último deseo: sumergirme en esa marea de impulsos insensatos y a veces dolorosos. Tal vez te descubra en la noche como un gran punto blanco que en la medida en que se acerca su tamaño se acrecienta. Miedo y fascinación. Inmovilidad y deseo de galoparte, querida Vida crónica, querida Ballena Blanca. Y en esta forma de “rebelión no violenta” te ofreceré y llevarás contigo un pedazo de mi carne.
Larga vida a ti. Larga vida a La vida crónica. Pero no tan larga como para hacerla volverse contra-natura. Un monstruo que perdió su contracara: la de aquel niño que aún sigue temiéndole al “animal sagrado escondido en el pozo”.

Ana

PD: ¿Y el final feliz que nos prometía el capitán? ¿Feliz? No, nunca nos mintió, en el fondo ya lo decía en el Everybody knows, la canción de Leonard Cohen, leit motiv del espectáculo. Él nos lo decía allí, como siempre, cantando con aire de fiesta mientras la Virgen arrastra el cadáver del soldado inmolado.




[1] “Al inicio no teníamos agua corriente, utilizábamos el agua pluvial del techo encauzada en una cisterna del patio. Me tocaba a mí recogerla y cada vez me prevenían: no pesques la anguila. Nadaba en el oscuro fondo y se alimentaba de insectos y parásitos. Si muriera, el agua se volvería imbebible. Sacaba el balde con los ojos cerrados, retenía la respiración, los abría y veía con alivio solo agua.
Vengo del miedo de atrapar el animal sagrado en la oscuridad del pozo.” Eugenio Barba, Quemar la casa. Orígenes de un director, Editorial Catálogos SXXI, Buenos Aires, 2010