por Natalia Marcet
Ese día caminó derecho, desde el Parque Barrio hasta el Cementerio de San Pedro."Ese cementerio es Medellin", le había dicho un amigo. Allí las tumbas tienen rostro de juventud. Nombres de bebés.
Caminó por las zonas por las que no debía caminar: San Antonio, Parque Berrio Prado Hospital. Llegando hacia el cementerio de San Pedro, la realidad la obligó a usar todas las estrategias escénicas que le habían inculcado a fuego sus horas de entrenamiento: diagonales, principio chino, parece que vas para un lado pero en realidad salís para otro.
A cada paso que daba un rostro distinto desataba todos sus prejuicios.
Cerca del cementerio, la marmolería y las florerías desataron su curiosidad. En las primeras, se ofrecían modelos de anuncios del difunto. Más caros, más baratos. Con fotos reales. ¿Serían muertos? ¿O modelos vivos que ofrecían, por un plato de comida, su imagen para estar en la tumba como maniquí?
Si esa gente estaba viva, y pasaba por ahí y veía su rostro y su nombre en una tumba, ¿que pensaba?, ¿que lo estaba esperando?
¿Los nombres eran reales?
No se detuvo a averiguarlo. Sabía que debía llegar al cementerio antes de las tres para poder recorrerlo. Salir de él después de las cinco era riesgoso. Tenía que volver en el metro y desde la casa de los muertos hasta la estación era una cuadra rodeada de marmolerías, florerías, prostitutas, sicarios, vendedores de minutos para celular -de quienes luego sabría eran informantes de los narcos.
Entonces bajó la vista. Se cayó la boca. No preguntó nada para que no se le notase el acento de extranjera y se metió en el cementerio.
Lo primero que vio fue un imponente mausoleo lleno de esculturas. Y luego llegó a ellas. No sabía cómo caminar. Miraba por la nuca. Olfateaba con la espalda. Cada sonido, cada paso que escuchaba, la obligaba a cambiar su dirección. Estaba dentro de una encrucijada de nichos de muertos, donde vio cosas que nunca había imaginado. Nichos con foto del muerto, poesías, flores, el escudo del cuadro del que era fanático el difunto, globos de cumpleaños, cartas de amor. Todo colgado para honrar la memoria del muerto. Para que en esa morada eterna no le faltase nada de lo que la vida en esa ciudad le había dado: la eterna primavera, la eterna balacera.
Entonces lo escuchó. Un gemido de gata herida. Venía de su izquierda. Miró como si no mirase por sobre su hombro y sus ojos se encontraron con los de ella. Una señora, de la cual nunca supo ni sabría su nombre, lloraba derramada en lágrimas. El llanto crecía, mientras el cuerpo de la mujer se derretía hacia el piso. Sus ojos negros, bañados en agua y sal, anunciaban la tragedia que luego sus palabras confirmarían.
Entonces la mujer de las lágrimas habló ‘me lo mataron, era tan bueno y me lo mataron, era taxista solo hacía su trabajo y me lo mataron y ahora estoy tan sola…’
Ella la abrazó sin saber muy bien por qué. La tomó en sus brazos sospechando que ésta era una inocente madre, y que, seguramente, su hijo sería uno de los tantos informantes o camellos de los narcos, o que en realidad, todo lo que pensaba no era más que una serie de prejuicios. Le preguntó si tenía más hijos y ella contestó que sí, que tenía hijas mujeres pero que era una maldición, porque todas vivían en su casa, con hijos de soltera y sin un marido que trajese una mísera moneda. "¡¿Quién nos protege ahora?!", gritaba hacia el suelo…"Ahora que él se fue, ¡¿quién protege a estas mujeres que no sabemos vivir sin un hombrecito en la casa?!", preguntaba desgarrada.
La abrazó y siguió caminando. Se detuvo frente a otro nicho donde, delante de la foto de una anciana, un vaso de agua acompañaba las flores, el globo de cumpleaños y un autito de juguete. Dos mujeres se pararon a su lado y una de ellas comentó por lo bajo: "El hijo de esta mujer viene todas las mañanas, toma el agua del vaso que pasó el día y la noche junto a la muerta, lo vuelve a cargar y lo deja hasta la mañana siguiente donde vuelve, y repite su ritual." Ella miró hacia abajo y vio que a un lado, en otro nicho adyacente, había dos vasos de agua "uno por cada hijo que lo toma, en cada vaso toman el espíritu de la madrecita pa que les de fuerzas en la balacera."
(Los arboles se mueven… susurran en su oído que por las noches de luna llena en el cementerio de San Pedro se hacen rituales. Que a veces un grupo de Teatro hace función. ¿Y Pablo Escobar?, se pregunta)
Ella se dirigió hacia la Iglesia. Tomó fotos de cada uno de los vitrales. Tomó fotos del catafalco, donde se exponen los ataúdes de los muertos en la misa de responso. En ese momento, un hombre alto, delgado, de gran nariz color obispo, pelo engominado hacia atrás, camisa blanca de tela barata con delgadas líneas marrón borravino, un pantalón de vestir de no más de 15.000 colombianos, sujetado más arriba de la cintura por un cinturón de suela ordinaria, se le acercó. Era el encargado de la parroquia. Le ofreció contarle cosas del cementerio y detallando datos de los mausoleos, de las familias aristocráticas que luego se habían retirado de allí para dar paso a los pobres de bolsillo, la llevo hacia la sacristía. Allí la convidó a sentarse mientras ofrecía un café o agua mineral. Agradeció pero no tomó nada. Escuchó como él le contaba que Gardel había estado tres meses allí. Y no pudo evitar entrar en confianza y desatar la pregunta: "¿Y Pablo Escobar?"
Ah dijo el hombre, Robin Hood. El construyó un barrio entero para la gente, dio educación a los jóvenes (que luego forzaba a trabajar como sicarios), pero lo traicionó su ansia de poder. Lo traicionó su propia gente liada con la DEA y con el Cartel de Cali. Pablo Escobar presidente, se podía leer por las calles de Medellin. Quiero ver su tumba, dijo ella. "¡Ah, no!", respondió el hombre, mientras sus ojos se encendían, "él no está acta. Toca ir hacia un decampado en las afueras de Medellín… Si quiere... la puedo acompañar... ¿Sabe? -agregó el hombre sin dar respiro-, Usted es argentina... a mí me gustan las canciones románticas de Sandro, porque soy muy apasionado..."
En ese momento la mujer se dioo cuenta de que estaba sola en la Sacristía. Con un desconocido cuyos ojos brillaban de amor y devoción al hablar de Pablo Escobar, un narcotraficante asesinado, en el cementerio de San Pedro de Medellín. Buscó en su interior argumentos, el Teatro le daba nuevamente la herramienta: Improvisación. ¿Objetivo?: huir sin levantar el avispero. ¿Estrategia?: un ensayo en San Antonio. Arguyó que se le hacía tarde…que sus alumnos la esperaban…y se levantó.
EL hombre la dejó partir…
Ella caminó hacia la puerta del cementerio mirando todo el tiempo con la nuca. No era posible extender sus brazos para descifrar hasta adonde llegaba su mirada periférica…Tampoco necesario. El miedo, que a veces paraliza, pero por sobre todas las cosas que no es zonzo, le abría ojos en cada centímetro de su cuerpo. En el camino a la estación, nuevamente aplicó el principio chino.
Esa noche contó a conocidos lo que le había pasado…Le negaron absolutamente todo…La acusaron de amarillista… Le contaron incluso que un Director de cine (al cual ella admiraba) desarrollaba una estética llamada la porno miseria…Le suplicaron que no cayera en ella…
Al apoyar la cabeza sobre su almohada, en sus oraciones, agradeció a cada maestra, a cada maestro que había cruzado en su vida, las diagonales, el principio chino, los objetivos, la mirada periférica y las estrategias.
Pero por sobre todas las cosas, ella supo que, todo lo que sus amigos le negaban en ese lugar, era la verdad.
Noviembre 2010