sábado 4 de septiembre de 2010

LAS MUDAS DEL PASADO (última parte): Iben Nagel Rasmussen


La planta

Cuando hablo del Odin como de una tierra, hablo de manera muy concreta.
Antes vivía como en un happening continuo, con viajes e ilusiones. Todo era posible: visitar al embajador danés en Estambul para hablarle de Buda y de Cristo, o bien en Roma pasar la noche en el Foro Romano.
Íbamos en todas direcciones. Pero a mí no me bastaba. Le bastaba a quien llevaba consigo los instrumentos para profundizar y transformar las propias experiencias: hacer canciones, escribir.
El problema es orientarse, encontrar la propia dirección: para ser capaz de profundizar, de transformar, yo necesitaba una tierra. Encontré una isla flotante.
El Odin era entonces muy puritano. Todos éramos un poco como monjes y Eugenio no soportaba nada que no fuese austero. Pero esa austeridad no era una regla de piedra, como los muros de una cárcel o de un convento. Era una regla de tierra, de la que podía crecer algo completamente diferente.
En el período en que trabajábamos en Min Fars Hus, por primera vez no excluí de mi trabajo el campo del eros. Se abrió un nuevo camino para mí como actriz, para mi voz, pero también para mí como mujer.
Esto estimuló a Eugenio. Lo excepcional de él, es que deja crecer de verdad: sabe renunciar a las ideas, aceptaba siempre la cosa viva que nacía, aunque nadie al parecer la quería ni la buscaba, aunque en su momento no se lograra comprender bien para qué podía servir, aunque fuera muy distinta de lo que él había pensado y que creía justo y necesario. Sabe reaccionar sin refugiarse en las ideas: cambia.
La tierra es esto, algo que no puedes programar, que no funciona de forma repetitiva y geométrica, que tiene energías ocultas que uno puede descubrir sólo si usa sus cinco sentidos.
Muchos grupos y muchas comunidades tienen la regla de debatirlo todo siempre juntos. Pero también en un grupo hay cosas importantes que no se descubren de manera "intelectual". Un grupo no sobrevive si no se saben descubrir las verdaderas tensiones, las fuerzas que se mueven y que no se expresan en las luchas de ideas, en las discusiones. Son estas las fuerzas que hacen crecer el grupo si se confrontan y se transforman en algo distinto. Pero si no se descubren y dirigen se vuelven fuerzas destructivas, ya no son la tierra que permite a cada uno desarrollarse, sino la arena que sofoca a todos.
El Odin es fuerte no porque Eugenio sea bueno para discutir y hablar, sino porque allí se desarrollaron personalidades distintas, con fuerzas distintas y también con una "belleza" distinta unas de otras. Es por eso que el grupo está vivo, atrae gente, da y recibe. No todos pensamos las mismas cosas, no estamos de acuerdo sobre las mismas cosas, no discutimos siempre las mismas cosas. Pero es necesario ser conscientes, es decir, es necesario ver. A veces están las fuerzas que una persona te da, a las cuales puedes responder, a las cuales debes ser capaz de responder. Pero no las ves, porque estás pensando.
Los grupos pensados con la cabeza son grupos de piedra. Parecen sólidos, parece que están muy unidos, y luego de repente se caen a pedazos.
También terminaron a pedazos o fueron destruidos los movimientos de los jóvenes de mi generación. Es difícil que la planta crezca distinta a las demás y a la vez robusta. Pienso que mi generación tenía algo en sí que debía desarrollar y no desarrolló. Parecía ser un nuevo modo de vivir, un nuevo tiempo que estaba por nacer. Y al contrario, no ha habido ninguna generación que, sin una guerra, haya perdido tantos jóvenes. Por eso creo que es necesario que los pocos que han llegado íntegros hasta hoy mantengan viva aquella esperanza y la defiendan y la trasmitan a los demás. Es como arrancar la planta del terreno en que estaba a punto de ser sofocada y buscar una nueva tierra, apropiada para recibir y dejar crecer sus raíces. Un terreno más restringido, aparentemente más aislado, donde la tierra fértil es más profunda.
Creo que las dos improvisaciones que hice recién llegada al Odin, los dos primeros días, han sido una señal. La primera improvisación era que me iba sola, después de haber dicho adiós a todos los amigos. Hacía las improvisaciones de noche, en la sala vacía donde sólo quedaban Eugenio y Torgeir.
La segunda improvisación terminaba conmigo como un árbol que crecía, alargaba sus ramas en la sala y tomaba fuerza de las dos personas que estaban allí sentadas. Así me convertía en un árbol grandísimo, con toda la fuerza, dentro y fuera.
Recién había llegado y ya aquel árbol vivía ligado a las dos personas que después de verdad se entrelazaron con mi vida.

La imagen de la madre

Quizás sea extraño que yo identifique la imagen de la mujer con la imagen de la madre: precisamente yo, que no puedo tener niños. Pero tal vez hace falta entender cuántas cosas significa ser madre. Para una mujer normal, que puede tener niños, tal vez sea difícil escoger qué tipo de madre quiere ser: la selección ya parece hecha. No es lo mismo para quien, está obligado a descubrir otras posibilidades.
A menudo se habla de training, de seminarios, de transmisión de las técnicas y del saber teatral, y es como si no se viera qué es lo que hay detrás de todo esto: dar vida.
Para algunos, o para muchos, tal vez es en realidad sólo un problema de técnica, de profesionalidad del actor, de profesionalidad del docente con el alumno.
Pero quien vio a Grotowski o a Eugenio trabajar con un alumno experimentó algo distinto. Parece que de pronto olvidan todo lo que les rodea. Es como si no hubiera ya ningún método y no retuvieran nada para sí: hablan, explican, ordenan, tocan, ríen, juegan, imitan, comienzan a improvisar con las palabras y con las imágenes, reprochan, asombran, son cálidos y gélidos, punzantes protectores.
Aquellos momentos constituyen algunas de las raras ocasiones en las que frases como "total confianza", "apertura" u "honestidad en el trabajo" no contienen nada de excesivo. Y entonces puedes ver –y te parece un milagro– cómo algo comienza a vivir en el cuerpo, en la voz del alumno. Estás allí, en la sala, sigues el trabajo, un poco aburrida, y el huevo se abre y ves dentro el pollito.
Antes hablaba de los bloqueos que las mujeres tienen cuando usan la voz. Ahora sé que, si trabajamos juntas, en uno o dos días esos bloqueos pueden desaparecer. Para ellas esos pocos días de trabajo constituyen una experiencia, se convierten en un punto de referencia, porque allí han descubierto una salida, algo que después tratan de desarrollar. Pero es dificilísimo, porque trabajan sólo sobre la base del recuerdo y no hay nadie que esté en condiciones de dar indicaciones desde fuera. Así se dividen en dos: una parte de su mente está fuera y "mira" al resto de su mente y de su cuerpo que trabajan.
Todo esto significa que si trabajas tres días o una semana con las personas y luego te vas, has sembrado una semilla, pero la abandonas a sí misma. Se podría decir que en pocos días es posible darle algunas "armas" a los grupos, y a las personas que están amenazadas, a quienes resulta difícil sobrevivir. Desde este punto de vista es útil indicar a los otros los inicios de un camino que después tal vez podrán proseguir solos, pero que de cualquier manera ya los protege un poco más. Pero todo esto es exactamente lo opuesto de lo que pienso cuando digo la palabra "madre". Es seguir la vida que crece, es lograr transmitir algo de sí a los demás, verlo desarrollarse en individualidades autónomas.
El teatro es este terreno separado, restringido, donde sin embargo puedes encontrar en su integridad el proceso de la vida. A mí me interesan las personas a las que puedo seguir no por pocos días, sino por años. Ver el desarrollo, ver cómo crece su fuerza porque tú les das un poco de tu fuerza, no con las ideas, sino viviendo con ellas. Esto se convierte en mi mundo, en mi tierra, algo que es mucho más que "teatro".
La estrategia de la tierra es distinta a la estrategia de quien construye las ciudades o los castillos.
Todos en el Odin pensaban que había suficientes actores y no hacía falta que entraran más. Para mí no era ése el problema. El problema era transmitir, sentir que lo que habíamos adquirido no se detenía con nosotros. No podía hacer menos que demostrar que Eugenio y quienes pensaban como él no tenían razón. Adopté alumnos por mi cuenta, bajo mi responsabilidad. Después entraron otros jóvenes, adoptados por otros. Y poco a poco en el Odin se formó una nueva generación, nuevos campos por cuya fertilidad trabajar. Se ha iniciado un nuevo período de esperanzas, de miedos, cuando parecía que la vida no lograba pasar y que de la tierra no salía nada. Y también un período negro, sin perspectivas, bajo el signo de la muerte; pero no era un final sino una estación. No era la vejez, era un invierno.
Cuando se inició este período, para el Odin y para mí, estábamos trabajando en un nuevo espectáculo, Come! And the day will be ours. En aquel espectáculo entraban también las imágenes de las esperanzas y de los miedos en relación al desarrollo de nuestras vidas. Entraron por la actriz, no por el espectador.
Allí hay un momento en que me quedo sola y siento pasos detrás de mí. ¿Qué son? ¿Los pasos de la muerte? Entonces canto una canción. En el espectáculo la canción es como un gran lamento fúnebre. Pero, para mí, lo que canto es también una plegaria. Alzo las palmas de las manos hacia lo alto y después hacia la tierra, como una súplica al sol para que baje, para que entierre sus raíces y alumbre la noche de las cosas que tratan de vivir bajo tierra.
Las palabras tienen una gran importancia para mí en este canto: dark is a way and light is a place –la oscuridad es un camino, y luz es un lugar–.
La "muerte" me pasa cerca, va adelante, tal vez me indica el camino, tal vez se va. Y es como si yo viera los campos: "¡Deja que todo esto viva!". Es en este punto que siento los golpes de martillo, cuando los demás, del otro lado, comienzan a clavar el libro. Creo que los espectadores piensan en los soldados que clavan sobre las paredes de madera de las casas la última orden o la última proclama del gobierno, o bien en los soldados que crucificaron a Cristo, o incluso en todos aquellos que toman un libro, la palabra viva, y la fijan, la transforman en ley, la destruyen para siempre.
Cuando siento aquellos golpes recuerdo una situación de muchos años atrás. Estaba como fuera del tiempo, y sentí un martillo que golpeaba y el compañero que estaba a mi lado me dijo: "Es la muerte: un carpintero hace el ataúd."
Entonces, cuando siento los golpes, me arrodillo con el rostro vuelto hacia el piso y sigo suplicando con las manos: las cosas que están bajo tierra deben crecer, deben tener la fuerza y el calor y el tiempo para crecer, con las manos trato de calentar lo que todavía está encerrado en la tierra. Es por esto que, después, cuando escucho los pasos que se vuelven a acercar, y dos manos me alzan la cara y me abren de par en par la boca, lo siento como el momento de la aceptación de las cosas que vendrán.
Tú, en cambio, dices que allí es como si mi cara se volviera de piedra, como si se transformase en una calavera. Sé que esa escena es –objetivamente– el resultado del montaje hecho por Eugenio, fragmento por fragmento, sobre los materiales de mis improvisaciones. Sé que está unida en una secuencia de acciones que poco tienen que ver con el hilo de mis asociaciones.
Podrías decir que, objetivamente, mi figura en Come! And the day will be ours es la de un chamán, un hombre que describe un universo creado por hombres.
Observando atentamente descubrirás algo más: el chamán es una mujer que cuenta el propio destino. Estas dos imágenes al parecer contradictorias no se sofocan entre sí, se fecundan de forma recíproca.
Lo que tú experimentas, como espectador, no es del director, pero tampoco es del actor.
Es el niño que habla.
Debemos lavarnos los oídos del rumor de los prejuicios pasados. Debemos encontrar el silencio si queremos comprender lo que dice el niño.

(Primavera de1979)