domingo 7 de marzo de 2010
CUENTOS Y OTROS TEXTOS
Los cuentos de la tía
Las agujas de tejer
(Basado en un cuento popular)
Por Alejandra Smiriglio
Abdulia viajaba en el 247 como todas las tardes. Una vez que le daba la leche a sus nietos y llegaba su yerno emprendía el regreso a su casa de Claypole. El viaje duraba una hora y aprovechaba ese tiempo para tejer: una bufanda, un chaleco o un pulóver. Ahora estaba haciendo una polera para su hija. Iba sentada junto a una ventanilla en el cuarto asiento tratando de recordar qué día cobraba la jubilación. Empezó a sacar cuentas: cuarenta pesos para el teléfono, cien para el cable, doscientos que debía del arreglo de la bomba, noventa para el atmosférico y el resto para la comida. Tal vez, si comiera menos carne, se podría comprar la blusa que vio en la mercería de la calle Salaberry.
A la mitad del viaje el colectivo paró y subió un muchacho. Abdulia lo miró con desconfianza. Estaba mal vestido, sucio, con las manos llenas de pórtland y las uñas negras. Por un momento deseó que no se sentara a su lado pero una voz interna proveniente de las enseñanzas católicas que tuvo toda su vida le dijo: "¿Abdulia, como podés pensar así? ¡Es tu hermano!" El grito fue tan fuerte que miró a su alrededor para comprobar que nadie hubiera escuchado.
El muchacho se sentó al lado de ella, le pidió permiso, dejó su pequeño bolso lleno de herramientas en el suelo, se acomodó y se durmió. La cabeza le colgaba y con cada salto que pegaba el colectivo se incorporaba hasta que el sueño volvía a vencerlo.
Abdulia no estaba cómoda, su compañero de asiento se recostaba un poco sobre ella, lo cual no sólo le parecía de mal gusto sino un tanto sospechoso. Trató de pensar en otra cosa, en por qué su mamá no la llamó Clara, Elena, Azucena o algo más común. El muchacho seguía rozándola hasta que en un momento el acercamiento fue tal que Abdulia realizó un leve movimiento de su codo hacia la costilla de él, quien se despertó con dolor sin saber que había pasado. "Perdón doña, perdón", dijo mientras sacudía la cabeza para despabilarse.
Ella lo miró con desagrado, elevó las cejas y resopló. Levantó la manga del brazo izquierdo para ver la hora y comprobó que el reloj Universal que le había dejado su marido antes de morir, no estaba. Y otra vez apareció esa voz interna que le decía: "Te robó, te robó, es un ladrón". Ella no tuvo ninguna duda, miró a quien ya no era un ser cansado sino un ladrón sucio e inescrupuloso. En un movimiento rápido, frío y seguro tomó con la mano derecha la aguja de tejer número 9, se la apoyó al ladrón sobre el estómago y muy despacio le dijo: "Poné el reloj en la bolsa". El muchacho temblando colocó el reloj junto con todas las lanas. Quiso decir algo pero Abdulia le chistó y le ordenó que bajase del colectivo. Él obedeció y lo hizo tan apurado que trastabilló al tocar el cordón.
La mujer hizo un gesto de aprobación y se felicitó por su forma de actuar tan decidida, "Habráse visto, qué caradura", dijo en voz alta. El resto del viaje se dedicó a mirar por la ventana. Levantó la mano para saludar al remisero que tomaba un poco de aire en la puerta del negocio. Recordó que le faltaban algunas verduras para la cena y revisó otra vez las cuentas en la cabeza.
Bajó en la calle Rawson. Caminó sobre la vereda de tierra. Pasó por la verdulería. Compró treinta huevos por cinco pesos al vendedor ambulante y llegó a su casa.
Cerró las ventanas, preparó el mate y justo cuanto estaba por cebarse el primero, sus ojos quedaron clavados en la mesada. Al lado del bidón de agua, cerca del repasador, estaba su Universal de oro y malla negra. La mujer corrió hasta el comedor, abrió la bolsa de las lanas y sacó de entre las madejas, un viejo Casio digital todo rayado y con la malla de plástico negra llena de pórtland.