sábado 6 de febrero de 2010

SANDRO


Una voz eterna en el recuerdo

Por Susana Freire

Para entender lo que representó Sandro para los veinteañeros de los años 60, hay que instalarse en una época en la que la incipiente TV argentina transmitía su programación en vivo, no existía la alternativa del cable ni la TV digital. Que no existía la computadora ni Internet ni MP3 ni Ipod. Que la información musical sólo llegaba a la audiencia a través de revistas especializadas o de los discos. Que las noticias sobre las actuaciones de Elvis Presley llegaban para anticipar algún film que se estrenaría a corto plazo. Que la leyenda de Los Beatles, para los argentinos, seguiría siendo leyenda porque los jóvenes locales sabían que los melenudos de Liverpool nunca arribarían a estas tierras, siempre tan lejos de todo el mundo.
Muchos se preguntarán y cómo podían vivir y crecer esos jóvenes con todas esas carencias. ¿Con qué se divertían? Lo hacían y sin grandes sufrimientos.
En ese entorno, donde hacían sus primeras armas Raúl Padovani, Juan y Juan, Los TNT, Palito Ortega, Leo Dan, Piero, Bárbara y Dick, Nicky Jones y Lalo Fransen, un joven integrante de la orquesta Los Caniches de Oklahoma empezó a sobresalir por su prestancia y por su histrionismo. Se decía que imitaba a Elvis Presley, pero no importaba, era nuestro y también sabía mover la pelvis. Era lo más cercano al muchacho de Mississippi que tuvieron los jóvenes porteños.
Así nació Sandro y comenzó otra historia, la de un cantante solista, con carisma, un gran seductor, un hombre que sacudía a la audiencia con sus movimientos. Con la inteligencia para volcarse a la balada romántica, digna heredera del bolero que bailaron las generaciones mayores. Quién puede olvidar aquel Festival Buenos Aires de la Canción de 1967 cuando presentó la balada Quiero llenarme de tí, que le permitió no sólo ganar el festival, sino iniciar su carrera internacional.
Los años fueron pasando para él y para sus fans, de todo estrato social, que año tras año aumentaban su número. Las plateas de sus espectáculos estaban a pleno con mujeres de todas las generaciones desde las quinceañeras hasta las setentonas. Todas querían estar presentes para celebrar a este cantante que iluminó el entusiasmo de las chiquilinas al crear el rock en estas tierras.
No quedan dudas de que para el rock Sandro fue una parte muy importante, aunque algunos no se lo quieran reconocer. Más allá de sus comprobadas trasnoches, vaso de Old Smuggler en mano, cantando sentado en el desvencijado piano de La Cueva, Roberto Sánchez fue definitivamente aceptado -aunque no por todos- como parte de la historia del género recién a partir de la década del 90, cuando Charly García lo invitó a participar del disco Tango 4 , registrado junto con Pedro Aznar, y tras la edición, en 1999, de Tributo a Sandro -un disco de rock, en el que artistas como León Gieco, Divididos, Los Fabulosos Cadillacs, Attaque 77, Virus y Bersuit reconocieron su estrella grabando versiones de sus temas.
No es poco mérito lo que consiguió: el reconocimiento de todos los músicos y de todos los públicos.
Ahora dicen que Sandro se fue de gira, una muy larga, pero su recuerdo quedará grabado en la memoria de gran parte de la población que bailó con su música y amó con sus poemas susurrados al oído. Un hombre así no puede morir y no necesita del bronce para ser eterno. Quedará por siempre


De una cola y otros cantares
de Ana Woolf.

Habíamos esperado mucho tiempo. Había visto y seguido por televisión la agonía de un “ídolo”.
Pero no es de su muerte de lo que quiero hablar.
No es de muerte de lo que quiero hablar. Sino de rosas rojas, de gente que por un no sé qué de mágico que tiene el arte se vuelven frágiles seres humanos. Hasta algunos solidarios.
Nunca fui amante de ir a velar a los muertos. Me encuentro con los míos queridos de otra forma. Dialogamos, caminamos juntos las calles del mundo, les pido cosas, hasta me enojo a veces. Tratamos de crear una convivencia cotidiana con un puente tendido que a ellos los mantiene vivos en mi recuerdo y a mí acompañada y guiada.
Enciendo la televisión. Sandro había muerto.
Comienzo a ver las imágenes que muestran gente y más gente que se aglutina en el Congreso. “Un último adiós” dicen, “verlo por última vez” dicen, “la última palabra” dicen, “acompañarlo a su última morada” dicen, “así como él nos acompañó siempre a nosotras” dicen. Ellas, las chicas. Ellos también, los chicos. 18, 25, 35, 45, 55, 65, tal vez sigan otras edades también, antes y después.
Es de ellas de quien quiero hablar. Es de ellos de quien quiero hablar.
Estoy al teléfono con una amiga, le comento que me encantaría ir a mirar a la gente, allí, al Congreso. Es a los vivos a quien quiero ver. “Yo también quería ir”, me dice. Y el ¡vamos! fue absolutamente “orgánico”.
Claro, darle cita en la esquina de la ex-confitería El Molino fue lo “inorgánico”, fuera de toda lógica realista. No se podía ni llegar. Estaba cortado desde Riobamba, y lleno de gente por todos lados y vallas y … policías… y camiones con cámaras de televisión y vendedores ambulantes… y… y… y…
Y como para conocer la gente hay que estar entre la gente, mi amiga y yo nos pusimos a hacer la cola para entrar al Congreso y darle, así, como todas ellas, como todos ellos, el último adiós a Sandro.
Me encanta Latinoamérica por sus gestos repetidos. Me encanta lo que hay de previsible en nuestro continente. Me encantan las miles de maneras que tenemos para sobrevivir inventando trabajos, estrategias para ganarle la partida a la pobreza crónica de Latinoamérica. Es como si dijera: me encanta no la invención del alambre sino lo que fuimos y somos capaces de resolver con él. Y en teatro me ha salvado más de una vez. Me encanta en el sentido literal: encantamiento. Me quedo allí mirando, mirándonos. El máximo de la capacidad creativa, desplegada en fragmentos de minutos.
Almanaques Sandro. Remeras Sandro. Llaveros Sandro. Rosas rojas Sandro. CDs truchos Sandro. Pósters Sandro. Estampitas Sandro. Señaladores Sandro. Postales Sandro. Prendedores Sandro. Y en medio, la gente que continuaba llegando, llorando, esperando, hablando. Intercambiaban recuerdos, imágenes de un artista que había sabido hablarles a ellas-ellos especialmente, a cada uno en su individualidad. Esto es lo que “encanta” también: en la masa cada una de esas personas era propietaria de un instante de ese artista. Ese instante en el cual él, Sandro en este caso, había sabido tocarla con la varita mágica de sus palabras y esas palabras fueron sólo para ella/él, fueron sólo de ella, de él.
Llantos, alguien que sostiene a alguien, lo conozca o no. Alguien que deja pasar a alguien porque ese alguien pide y es mayor y no puede aguantar tantas horas de cola y ese alguien se da cuenta que con ese otro alguien comparte una misma necesidad. Alguien que sigue esperando como esos todos: con rosas rojas en las manos. Un llanto que acomuna. Una espera que acomuna. Un artista que acomuna.
Me pregunté qué fui a ver ese día. Me pregunto qué voy a ver cada vez que puedo y sé que hay gente reunida por algo: una manifestación, un funeral, una elección… Voy a ver a la gente.
Pero el día de la muerte de un/a artista, amado/a por su pueblo, es especial. Ni partidismos políticos ni sindicatos ni cartoneros ni medio pelo ni Doña Rosa, ni la rubia platinada. Iguales.
Todas, todos allí.
Y yo que voy a ver eso que el dolor de la gente en ese momento me permite ver: cómo el arte hace aflorar lo mejor del ser humano. Su parte más frágil. Su parte más sensible. Su parte más humana.