sábado 6 de febrero de 2010

CUENTOS Y OTROS TEXTOS


Los cuentos de la tía

La María Unzué

Por Alejandra Smiriglio

Todo giraba alrededor de la estancia de la María Unzué. Ella no era la dueña, ni se sabía bien si el viejo Unzué era su verdadero padre o sólo le había dado el nombre. Pero su carisma se había apoderado de todo. Las referencias eran: dos cuadras de lo de la María Unzué, atrás de lo de la María Unzué, pasando por lo de la María Unzué, y así.... Cuando éramos chicos le teníamos miedo. Nos habían contado tantas historias de ella que temblábamos al verla. Pero la María Unzué sólo nos miraba, siempre callada. Solía ignorarnos cuando saltábamos la tranquera de su estancia para meternos un rato en el estanque. Sólo nos hacía un gesto cuando estaba el dueño.
Vivía en la misma casa que la cocinera, Doña Juana, hasta compartían el cuarto. El patrón quiso llevarla varias veces a la cama pero ella se negó, sabía que no estaba bien.
El viejo Unzué la había adoptado de chica. Se crió como se cría en el campo: una buena comida rica en calorías y pocas palabras. Con eso le alcanzó para saber cómo comportarse. A la mañana desayunaba con la cocinera... Después sacaba a pastar las vacas con el capataz. Pero su trabajo preferido era subirse al tractor y recorrer las hectáreas de campo. A la tarde compartir el mate con los peones y comer las tortas fritas de la cocinera.
A la María Unzué le gustaba la siesta. A veces, en lugar de ir al cuarto, se dormía a la sombra de un viejo ceibo. El mismo que usábamos nosotros para tirarnos al estanque.
Cuando llegaban los dueños de la estancia, la María Unzué se trasformaba. Era un poco tímida así que prefería esconderse de la pequeña hija del patrón, la señorita Mariana. Pero la niña siempre la encontraba y la convencía de ir a jugar un rato a las muñecas y otro rato a las carreras.
A la pequeña Mariana le gustaba vagar por el campo, pero el patrón sólo la dejaba ir si la acompañaba la María Unzué. Fue por eso que se hicieron inseparables.
Todos queríamos ser amigos de la pequeña niña. Entrar a la estancia, sentarnos en la galería y escuchar las historias de la María Unzué. Pocas veces lo podíamos hacer. Pero en los cumpleaños de la pequeña Mariana, el patrón nos llevaba a la casa principal. Servían muchas de las cosas ricas que se comen en la ciudad. Había masitas y tortas de varios tipos. Todos mirábamos con ilusión y nos sentíamos felices por estar allí. Pero el momento más pleno era cuando entraba la María Unzué. Tímida, callada como siempre y el patrón decía: ¡miren quien vino! Y ella se ponía contenta. La patrona cortaba el pedazo más grande de la torta, el del medio y se lo daba. Y la María Unzué se lo comía con las ganas de todos y después agradecía como solía hacer siempre. Se paraba en dos patas y mientras movía la cola, le daba un beso a la pequeña Mariana que reía al igual que todos nosotros.