domingo 6 de diciembre de 2009

ROSTRO DE MUJER

Marta Tomé: una maestra de vida

Por Natalia Rey

Ella es Marta Tomé, una mujer apasionada, trabajadora y coherente. Este año recibió el premio Maestros de Vida. Trabaja en La Matanza, creo que con más convicción cada día. No es una "artista" pero si supo "crear" las circunstancias para que muchos jóvenes pudieran crecer con valor. Su experiencia me pareció muy interesante y quería compartirla con ustedes.

-¿Cuándo comenzaste a trabajar en la docencia?
-Ya tengo 54 años como docente, comencé en abril del 55 como maestra de grado.
Trabajé como parte de los Equipos Orientadores Escolares, como capacitadora docente, en equipos centrales y distritales, como alfabetizadora de adultos y hasta en algún cargo directivo.

-¿Cuál es tu actividad actual?
-Desde 1990 trabajó en la formación de maestros. También en la universidad, actualmente en la de Luján, pero ya estuve en otras dos: la del Comahue y la del Salvador.
Viví en varias provincias, en todas ellas trabajé. Cuanto más diversas son tus experiencias, más se aprende.

-¿Cómo fue tu trabajo con aborígenes?, ¿ desde qué necesidad personal?
-En mi formación primaria y secundaria nunca me enteré de que hubiese algún aborigen vivo en la Argentina. "Habían existido, eran cosas del pasado". Nosotros, los hijos de inmigrantes éramos el presente de esta patria. Además también éramos su futuro. Viajando por América, parando en la casa de los familiares de mis alumnos, de mi familia y amigos conocí una realidad muy distinta y sentí vergüenza de ser turista de esa realidad. Supuse que la Argentina también me era desconocida y así empecé a "verla", y a entender por qué no la había visto hasta ahora. Ahora sé que en cualquier proceso de dominación, la desvalorización, la discriminación y la invisibilidad son las herramientas más eficaces. Bueno, el sistema educativo en la Argentina sirvió perfectamente al modelo colonial europeo primero, y al local después, para ese fin. Bueno, así empezó mi compromiso con el mundo aborigen, me fui a vivir al monte, y como siempre digo: "en mi vida hay un antes y un después de esa experiencia".

-¿Quiénes fueron o son tus maestros?
-Sin duda la gente más humilde, más sencilla, no precisamente la academia. Tuve la suerte de nacer en una familia donde no sobraba casi nada, y tampoco faltaba lo fundamental. Pero como la cebolla, fui perdiendo después todas las cáscaras o pieles innecesarias. Aprendés a valorar lo fundamental, y ya no te confirmás más, si no es con eso. Como psicopedagoga, ya los alumnos y los padres de La Matanza me habían dado vuelta el edificio de mi formación. En vez de detectar y derivar a los "niños problema" el problema empecé a ser yo, al intentar estrategias ridículas en mi trabajo frente a una realidad para la que no tenía respuesta. Pero frente a los Wichi, como docente, empecé de nuevo todo. Planeábamos todo en conjunto con la población: el trabajo, la salud, la educación. Primero debajo de un algarrobo, después en la escuela de barro, que orgullosamente hicieron y que orgullosamente usábamos dos "maestras recibidas" y los dos miembros de la comunidad con más escolaridad, cuarto y sexto grado, que en realidad eran los verdaderos maestros. Con ellos los chicos podían comunicarse y nosotras también, eran maestros dobles.

-¿Qué obstáculos tuviste?
-Aceptar las dudas. Cambiar. Defender las pocas certezas. A veces fue difícil. A veces es difícil. No siempre alcanza con cambiar uno y a una sociedad no se la cambia si no es entre todos. Y una sociedad como la nuestra centrada en el egoísmo y la competencia no tiene posibilidades de sobrevivir en un planeta que se está destruyendo. Cuando me preguntan si quiero cambiar el mundo, les digo que no es un problema mío. Ahora, el mundo cambia o no tiene más opciones la vida del hombre en el planeta. O nos hermanamos con él y entre nosotros, o no suicidamos como especie, y no creo que tengamos vocación suicida. Para mí, Atahualpa en "Los yuyitos de mi tierra" lo resume muy bien: "no digo que pa’ vivir no haya que hacer algún daño, pero más de lo debido demuestra espíritu malo. Si hay leña seca en el monte, yo no v’iá cortar un árbol" Es verdad que las especies vivimos una de las otras, nos necesitamos. Hay que aprender de "los salvajes" que parece que no había que educar, ya que su educación incluía aprender a vivir armoniosamente con la naturaleza.

-¿Cuál es tu proyecto realizado?
-Supongo que proyectos como estos que te dije, no terminan nunca. Pero sin duda, a los 72 años, lo que más siento es un compromiso con las generaciones que siguen. El premio que CTERA da todos los años es el de "Maestros de vida" que incluye sobretodo a los que fuera del sistema educativo han sido maestros… y además lógicamente hay que ser conocido. Por lo que yo digo que hay cientos de maestros de vida desconocidos en el interior. Por otra parte, respeto la "vida". Todos somos maestros ignorantes. Más que enseñar, acompañamos a vivir. Sí, estamos convencidos que hay que aprender a vivir, y por eso arrimamos nuestro ladrillito, por si sirve…

- ¿A quién le agradecés por acompañarte en este proceso?
-A todos. Es importante saber que uno vale algo, pero no tanto como a veces lo creemos. Por eso agradezco a los que me quisieron y por eso pude confiar en mí y en mis proyectos, a los que tuve y tengo como compañeros de sueños, y a los que me voltearon del caballo varias veces y por eso pude corregir el rumbo.

-¿Cuáles son tus sueños hoy?
-Perseverar en lo que creo.

-Si alguien quiere contactarse con vos, ¿cómo puede hacerlo?
-Mi correo es: martaygordo@yahoo.com.ar