Naranja lima
por Marcela Brito
La mesada de la cocina poblada de tallarines esparcidos, colmados de harina blanca, para evitar el pegoteo. Las manos de mi mamá, sincronizadas, aireando los cabellos de la comida dominical y yo con mi tarea de terminar de leer Mi planta de naranja lima.
Voy al cuarto de mis padres con mi pollito bebé, con el que éramos inseparables por esos días, manoteo un Corin Tellado del primer cajón de la cómoda que me había despertado curiosidad, lo disimulo bajo el otro libro, y vuelvo a la cocina, a ocultarme bajo la mesa de largo mantel, del lado contrario al que circulaba mi madre.
El libro prohibido tenía en la tapa, en primer plano, un negro de espaldas anchas y hacia atrás como si fuera su propio sueño, una rubia curvilínea, al decir de la autora. Tantas cosas entre manos debatiéndose desde mi niñez entre el deber y la curiosidad. Comienzo a leer, con excitación temblorosa, la descripción del muchacho que resultó ser un esclavo, entusiasmado con la imposible figura de la hija del patrón.
El pollito salta a mi rodilla. Lo rescato. Recupero, por unos momentos, el lugar de la lectura y siento a mis espaldas a mis hermanos que juegan con el tren que mi tío me regalara el último cumpleaños. En otras circunstancias hubiera corrido a buscarlo ante el temor de que lo destrozaran. Ponen en marcha mi tren azul de chapa que empieza a dar sus pitidos. Mi pollito asustado, salta por encima de mi pierna. Suelto los libros y lo apreso con mis dos manos. Chicos basta -dice mi madre- Vayan al corredor! Y el aire se tupía de aroma a tuco y laurel.
Mi pollito se mantenía tan quietecito, que empecé a creerlo muerto. Hacía dos días que cada vez que estaba en casa iba a buscarlo porque había tenido otro al que dejé de ver por dos semanas y se había convertido en un ave extraña para mí. Hasta había cambiado de color! A mí sólo me gustaban cuando eran amarillitos y bebés y para que no me pasara como esas madres que dicen: "Crecen tan rápido los niños que siento que no alcancé a disfrutarlo", pasaba el mayor tiempo con él, observando su comportamiento, sus plumas.
Salí, agazapada, al patio con su cuerpecito tibio entre las manos y elegí mi árbol que no era de naranja-lima, pero sí un eucaliptus frondoso y de ancha base. Sería mi confidente.
Había visto la reproducción de un cuadro de Dalí dónde dos impotentes mujeres gigantes, eran sostenidas por sendas muletas y se me ocurrió que podría hacer lo mismo con mi pollito inerte. Junté ramas pequeñas que derivaran en horqueta y corté varias de diez centímetros. La parte larga iría enterrada en la tierra y la otra, en V, sostendría alguna parte de su cuerpo. Coloqué una bajo el cogote, una bajo cada ala desplegada como en situación de vuelo y otra bajo su panza. Le daría así, la posibilidad de elegir si quería quedarse en la tierra o convertirse en angelito.
De rodillas entre las raíces emergentes de mi árbol, elevé mis ojos hacia la espesura de su copa y le encomendé a mi pollito: Acompáñalo, casi sin que se de cuenta, en lo que él elija –dije.