sábado 1 de agosto de 2009
PINA BAUSCH
¿A dónde fue Pina Bausch?
Por Patricia Slukich
¿Murió?, ¿de verdad? ¿Y cómo es que puede morir el dolor o la alegría, la furia o la calma, el silencio o el estruendo, la ternura o la crueldad, la violencia o la paz, la fealdad o la belleza?
Imposible. Pina Bausch no ha muerto; lo que se fue es la materialización de esos conceptos: su cuerpo. Pero las ideas están allí y son tan revolucionarias que han alcanzado para agitar los corazones de sus espectadores por 50 años.
Las ideas están ahí: en cada bailarín, de cualquier parte del mundo, que ha entendido, conocido o adherido a sus preceptos y técnicas; incluso están aquí, en Mendoza. Es por eso que las tres de las referentes de la danza contemporánea local pueden hablar de ella, que vivió tan lejos, geográficamente hablando; y tan cerca, si la pensamos artista.
¿Pina Bausch? Sí: fue esa fumadora empedernida (¡vaya contradicción!, cuando supo azotar tanto aire), parca de palabras (sólo usó las necesarias para expulsar, junto a aquellos cuerpos como látigos, sus imágenes críticas), revolucionaria de formas y fondos en el mundo de la danza, creativa distribuidora del tiempo y el espacio para el mejor transitar de los cuerpos (el suyo y el de sus bailarines), formadora de métodos y conciencias artísticas, provocadora de teorías y tradiciones estéticas. ¿Pina Bausch?: bailarina, coreógrafa, docente; artista total.
Su ruta de tránsito
Su nombre era Philippine Bausch. Nació en 1940, en Solingen, una ciudad situada en el corazón industrial de Alemania.
A los 19 años tomó su primer avión a Nueva York para estudiar en la Julliard School. Bailó en el Metropolitan y en el New York City Opera. Pero en el '61, a instancias del gigante de la danza expresionista Kurt Jooss, volvió a Alemania.
Y, luego de crear una coreografía para la ópera de Wuppertal, se quedó en esa ciudad para siempre: fue directora del teatro Pina Bausch de Wuppertal hasta hace cinco días, en que la sorprendió la muerte. De hecho, estuvo sobre ese escenario el domingo pasado. El martes 30 murió -pacífica y repentinamente- de cáncer.
La índole de su imagen
Bausch fue una fiel discípula de su época histórica y social. Aquella Europa, en la que ella pergeñó su método y su teoría, era la de las agitadas y postreras vanguardias artísticas, la de las rupturas y quiebres de los lenguajes, la de las luchas sociales ejemplificadas en el Mayo Francés. ¿Cómo, entonces, no iba Pina a proponer sus cambios paradigmáticos en el universo de la danza? Tenía antecedentes, tenía contexto, tenía talento y mirada visionaria.
Así fue que concibió su método: la redefinición del espacio para volverlo abierto y libre. La relectura de la dimensión cotidiana y su apariencia trivial; la palabra como arma a sumar en el arsenal expresivo, la música concreta, los pies plantados en tierra y no en los clásicos tablones del escenario.
Nada de narración lineal sino episódica. Nada de cuerpos complacientes sino increpándonos. Múltiples acciones escénicas simultáneas. Todos estos elementos –y otros- conforman ese lenguaje particular de la danza-teatro que ella supo dispersar. Y bien que lo hizo en su vida de múltiples tránsitos: realizó residencias, desde los '80, en grandes capitales (Estambul, Madrid, Lisboa o Hong Kong).
De ella quedan, además, los registros fílmicos de casi todas sus obras insoslayables: Ifigenia en Táuride, Consagración de la primavera, Café Müller; entre tantas.
Tanto ha quedado, tanto hay; entonces, ¿esa artista murió? Imposible: Pina Bausch no ha muerto.