miércoles 1 de julio de 2009

LAS MAGDALENAS DE PROUST

De vidas alegres y de abuelas

Leyendo este fragmento de Las cenizas de Papá de Graciela Cabal donde la abuela de la protagonista invita a su nieta a las tertulias de los viernes "para aprender las cosas importantes de la vida…", vuelve a mí la imagen de mi Nona Rosa.
Muchos de los inmensos gestos de amor de mi abuela estuvieron pegados a un sabor: a los cuatro años, era las gallinitas de azúcar, los sobrecitos de mielcita o los Angelitos Negros, los que nos acompañaban por la mañana mientras caminábamos juntas rumbo a su verdulería en la que jugaba a atender mi propio negocio; en la adolescencia, una barrita de chocolate Águila a la noche, antes de dormir, era testigo de su beso. Mientras la barrita se derretía lentamente contra el paladar se iban desdibujando los miedos, las desilusiones y las lágrimas del amor no correspondido de los 14 años. Nosotras no teníamos tertulias pero si compartíamos en las noches de invierno pequeños sorbos de licor de huevo mientras esperábamos que el Topo Gigio diera su saludo de "las buenas noches". Con ella respiré libertad y alivio. Dos sensaciones que me alentarían a pensar en el futuro.

Aquí el texto de Graciela Cabal:

(…) Rodeando a mi abuela —la Gran Reina—, las señoras de negro contaban cosas de fundamento, recitaban poemas del Tesoro de la Juventud, y se dirigían a mí para preguntarme qué iba a ser cuando fuera grande.
«¡Maestra!», contestaba yo poniendo cara de estampita. Y ellas, tan contentas.
Desde mi silla baja, bien abrazada a la Shirley Temple, yo observaba con aplicación. Y aprendía.
Lo primero que aprendí fue a reír correctamente, como verdadera señora. Y buen trabajo me costó, ensaya que te ensaya frente al espejo del tocador.
Pero al final la conseguí: una risa contenida, mezcla de suave quejidito y simulacro de tos, muy parecida al llanto. Y, lo más importante: con la mano tapándome la boca.
No tardé en enterarme del sentido de ese gesto —al parecer, viejo como el mundo— que me intrigaba. «Es para impedir que el Diablo, siempre al acecho de las mujeres y sus aberturas, aproveche para metérsenos adentro del cuerpo», me contó mi abuela a media voz. Y también me contó que era muy peligroso para nosotras reírnos los días viernes. «Porque la que ríe viernes llora sábado y domingo.» «¿Y los varones, abuela?», pregunté yo, inquieta por mi abuelo, mi papá y mi novio Cachito. «Con los varones es otro cantar», me contestó mi abuela. Y después agregó, enigmática: «Mujer de risa fácil, mala fariña».
En las sucesivas tertulias de los viernes me fui enterando de cosas sorprendentes, como ser que las mujeres «de risa fácil» —también llamadas «de vida alegre»— se reían a propósito con la boca bien abierta, porque a ellas parecía encantarles que el Diablo se les metiera adentro de los cuerpos para hacerles quién sabe qué estropicios.
Mi abuela no era mujer de vida alegre.
Tampoco lo eran las amigas de mi abuela.
Y ninguna mujer de vida alegre frecuentó jamás las tertulias de los viernes, en las que sólo tenían cabida las buenas señoras.
Sin comunicar nada a nadie, yo iba sacando mis propias conclusiones, a saber:
Las buenas señoras no son de vida alegre, son de vida triste.
Las buenas señoras se la pasan sufriendo como perras, pero lo hacen con gusto, porque cuanto más sufren más buenas son.
Las buenas señoras se levantan al alba y trabajan hasta caer muertas. Y nunca van a ninguna parte, nada más que al médico, al dentista y a las tertulias de mi abuela.
A las buenas señoras siempre les ocurren desgracias espantosas, como ser que los cuervos, que ellas criaron con tanto cariño, les arranquen los ojos.
Los esposos de las buenas señoras son caballeros rectos, que a ellas las respetan mucho. Y hasta demasiado. Y que no les hacen faltar nada. O casi.
Pero algunos esposos son medio cretinos, y ellas igual los tienen que atender y darles los gustos y ponerles las ventosas cuando llegan de trasnochar, porque ellos son los padres de los cuervos.
Las buenas señoras no son de comer cosas ricas, son de comer cosas sanas. Y nada más que cerveza malta toman, para que les baje la leche. Y una copita o dos de Licor de las Hermanas, para animarse en las tertulias.
Las buenas señoras lloran mucho y se ríen poco, porque de qué se van a reír.
Las mujeres de vida alegre son muy diferentes de las buenas señoras.
Las mujeres de vida alegre tienen el Diablo en el cuerpo, y por eso siempre andan haciéndose las cocoritas por los teatros y también en el Parque Japonés, que es un lugar lleno de tentaciones.
Ellas no viven en casas, como las personas: viven en palacios llenos de sirvientes que las llevan en sillita de oro de una pieza a la otra para que no se cansen ni les salgan los juanetes.
Las mujeres de vida alegre usan vestidos de seda colorada, zapatos de tacón y medias finas, pero lo que no usan es enagua, así que cuando caminan se les transparenta todo.
Con las mujeres de vida alegre nadie se anima a casarse, por eso ellas no tienen ningún esposo que las respete y no les haga faltar nada. Lo que sí tienen son sultanes, príncipes y hasta presidentes de la república que siempre les andan regalando perlas y rubíes para que ellas se entretengan.
Las mujeres de vida alegre no crían cuervos, crían perritos blancos; y siempre están dándoles besos en los hociquitos, porque son muy asquerosas.
Las mujeres de vida alegre no comen tapioca ni hígado vuelta y vuelta ni manzana rallada: solamente comen bombones de licor. Y lo único que toman es champán y granadina con soda.
Las mujeres de vida alegre lloran poco y se ríen mucho. Hasta los viernes se ríen las odiosas.
Mi educación avanzaba a pasos agigantados.
Yo era la primera en llegar a las tertulias y la última en retirarme. Y no había fuerza humana capaz de hacerme faltar (hasta con las amígdalas recién extirpadas llegué a ir).
Mi abuela estaba orgullosísima de mi excelente comportamiento.
Y todo hubiera seguido así de no ser por el Licor de las Hermanas…
Porque resultó que un negro día, estando las señoras muy entusiasmadas discutiendo el verdadero y oculto sentido de aquella frase, que todavía recuerdo —«No es por vicio ni por fornicio sino en tu humilde servicio»—, entonces yo, casi sin darme cuenta y de puro distraída, empecé a tomarme los restos de las copitas azules…
Y ahí fue que, después de un rato, me agarró la risa. Tanta risa me agarró que ni me acordé de taparme la boca. Y entonces se ve que el Diablo se me metió adentro nomás. Porque cuando una de las señoras, como era la costumbre, se dirigió a mí para preguntarme qué iba a ser cuando fuera grande, en vez de decir «Maestra», y tener la fiesta en paz, voy y digo, muerta de risa y hundiéndole los ojos a la Shirley Temple: «¿Yo? ¡Yo voy a ser mujer de vida alegre!».
Es que el Licor de las Hermanas es tan traicionero…

Sandra Califano