viernes 1 de mayo de 2009

MAGDALENA 2A INTERNACIONAL

Una Madelaine demasiado amarga

Ana Woolf, 24 de abril 2009, Roma.


¡Mamma mia che bellezza!
Fueron mis primeras palabras al abrir la ventana de mi habitación y ver a lo lejos montañas azuladas, marrones, y blancas; más adelante árboles verdes y más verdes, y a un costado un río y adelante de mis ojos, casi tocándolos, la placita del pueblo donde podía distinguir a Julia (Varley) pasando letra de alguno de sus espectáculos, seguramente El castillo de Hostebro.
Magfest. Festival y Encuentro en Abruzzo-Italia. Del 4 al 8 de abril.
Pueden ver más información en este sitio web www.magfest.it
El encuentro se centraba sobre LA VOZ. Un tema de trabajo e investigación central para mí en nuestro espacio del Magdalena.
La propuesta estaba estructurada como un encuentro. Era el primero organizado por el Magfest Abruzzo y la responsable era y es Annamaria Talone, directora teatral e investigadora. Me hizo recordar a nuestros primeros encuentros de Magdalena 2da Generación, allá en los finales de los ’90, organizados con Florencia Coppola, la otra cofundadora de la Red en Argentina. Queríamos un espacio de 24 horas de reflexión y encuentro y trabajo, la mejor solución era el "aislamiento". Así lo hicimos, en General Rodríguez, en La Plata, en Tucumán... Así lo hizo también Annamaria y sus colaboradoras. Eligieron un lugar aislado, Tocco di Casauria, a 40 kilómetros de la ciudad principal: Pescara. Allí dormíamos, comíamos juntas/os, nos encontrábamos para intercambiar ideas, biografías, nimiedades, cosas serias.... Allí también, en la sede de una asociación cultural, trabajábamos.
Por la mañana, un seminario compartido con una maestra de voz, Helen Chadwick (Reino Unido) y yo. Y por las tardes seguía el trabajo con Julia Varley. Podría decir que cantábamos casi todo el día aparte de "poner en dificultad el cuerpo" durante el trabajo conmigo.
El atardecer nos encontraba yendo a Pescara, allí se desarrollaban encuentros oficiales y charlas teóricas y también los espectáculos teatrales invitados.
Tocco di Casauria está en medio de las montañas. Es uno de esos pueblos italianos pequeños, con un bar, y la placita, pequeña, con un sol que golpea cruel sobre el cemento y hace que a la hora de la siesta se vuelva un pueblo luminoso y fantasma. Un río que corre sin cesar, verde alrededor y de nuevo montaña y más montaña. Un paraíso.
Estar "aisladas" era un privilegio. Una felicidad. Los celulares casi no funcionaban. Pero había lugares específicos de "enganche" de la red. Se veía, se nos veía, con el celular en alto, paseándolo por todos lados, a la pesca de la conexión; el segundo y último escalón de la escalera a la entrada del hospedaje era uno de esos lugares posibles.
Internet robada al propietario del albergue quien en su casa, allí al lado, tenía wifi. Te sentabas afuera, en la gran terraza frente a la iglesia, frente a las montañas y en uno de los sillones de plaza, con tu laptop podías recordar que más allá de todo lo que te rodeaba, estaba el mundo.
Noche entre el 5 y 6 de abril. No podría decir qué hora era exactamente. Me despierto con alguien que sacude mi cama de una manera brutal. No me animo ni siquiera a prender la luz. No hay nadie y mi cama se seguía sacudiendo. Sin casi abrir los ojos recordé un mediodía en Mendoza capital. Estábamos almorzando en casa de una amiga y veo -sin comprender con mi lógica porteña- que la lámpara se mueve. "No te preocupes bonita -me dice la mamá de mi amiga- es un terremoto suave suave". Comprendí entonces que ahora, allí, en Tocco di Casauria, se estaba moviendo la tierra. Estaba en zona de montaña, hasta me pareció lógico.
El sacudón pasó luego de unos minutos interminables. No salí de la cama. ¿Miedo?
Se repitió dos veces más. Empecé a sentir ruidos y movimientos en el corredor, voces… No salí de la cama. Me tapé la cara con la sábana y allí me quedé acurrucada. ¿Miedo? Sí... No… No sé… Mi incapacidad para lo real me hizo imaginar... o mi capacidad para imaginar me hizo volver real una imagen: venía Julia y me decía: "me dijeron que iban a ser sólo tres", éste es el tercero
-pensé- entonces, se va a terminar.
Por la mañana temprano, a la hora de siempre, desciendo con mi mate a la zona del desayuno. Veo caras descompuestas en lágrimas, con el cansancio que se reconoce en los rostros que no han probado el sueño. Preguntas y más preguntas. ¿Qué pasó? "¿No escuchaste nada?" "¿No sentiste nada?" L’Aquila está destruída. Se cayeron las casas, la casa del estudiante, las iglesias…
Rogo Teatro, uno de los grupos invitados cuyos integrantes tienen familia allí, y Daniela la técnica del festival estaban pegados a los teléfonos, a la televisión, a la nada. No se podía saber nada más por el momento de lo que se llegaba a ver -sin comprender- en las imágenes de la televisión.
Desconcierto, angustia, lágrimas, miedo. Inmovilidad.
Por Tocco di Casauria, el paraíso, también había pasado el terremoto.
¿Cómo leer lo sucedido? Y lo que aún sucedía. Se auguraban más movimientos de tierra en los próximos días. El teatro en donde debía hacer Semillas de memoria se había cerrado, el techo estaba por derrumbarse.
¿Suspender el trabajo, el encuentro? ¿Qué hacer? ¿Ir a L’Aquila a ayudar? ¿Cómo llegar? En los medios de comunicación se pedía que por favor se dejara las autopistas libres para el paso de las ambulancias y primeros auxilios. En L’Aquila había un sólo hospital y no daba a basto.
Julia me dice: "Comenzás una hora más tarde". Se dirige a los demás: "Los que quieran ir a dormir o a hacer otras cosas vayan. Se reúnen con Ana a las 10."
Hablamos con Helen, ¡qué difícil! ¡Qué sin sentido se volvía todo! ¿Calentar la voz? ¿Abdominales y textos? ¿Encerrarnos en la torre de marfil? Rubén Darío ya estaba muerto y bien muerto. Y eso no sirvió. Su princesa caminaba por Buenos Aires con ropa de cartonera buscando papeles y cartones para reciclar.
Estaba en tal contradicción conmigo misma, con mi maestra, con todo. Me sentía tan impotente con mis "saberes" teatrales aparentemente inservibles...
Una vez más...
Le dije a Helen que no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Que fuéramos a la sala y allí, de acuerdo a cómo sintiéramos las energías, iríamos trabajando. Helen quería enseñar una canción se llamaba "Pace". Acepté la propuesta. Cantar juntas/os es aún un acto que me parece solidario, para los que están, para los que partieron, para los que están por partir.
Estamos en la sala. Poco a poco, piano piano, al calor de una vela encendida a un costado, vamos recuperando estos cuerpos nuestros que sí están allí, con todo su pesar.
Trabajamos. Con los celulares en la sala, con mensajes y noticias que ya al llegar se volvían viejas.
Fue bueno trabajar.
Igual aún yo luchaba internamente. Pero no encontraba otra alternativa. No encontraba una contrapropuesta. ¿Esperar sentados/as qué? ¿Decidir no continuar el encuentro y volver cada uno/a a su hogar o correr a L’Aquila? Por ahora ésta era una decisión que nadie se atrevía a tomar.
En un momento alguien dice: "No encuentran a Noemi". Cristiana una de las actrices de Rogo Teatro estalla en llanto. Nos quedamos paralizados. No nos responde al celular. Nadie sabe dónde está. Noemi es una de las jóvenes investigadoras de teatro. Discípula de Mirella Schino, quien colabora con Eugenio Barba desde hace ya muchos años.
Noemi, joven de alrededor de 35 años, nos habíamos conocido en Holstebro y también en Teatro Eurasiano. Teórica, pero allí, había transpirado conmigo la camiseta, quiso hacer el entrenamiento para entender sus estudios desde otro ángulo. Noemi murió aquella noche. No lo supimos hasta entrado el atardecer. En ese momento, luego del almuerzo aún la estábamos buscando.
Umberto, el actor siciliano de Rogo Teatro, desciende con su mochila al hombro y le dice a la responsable del grupo Claudia, "yo me voy". "Es una locura", dijimos. Aunque en el fondo yo admiraba su gesto. Su desenfrenada locura siciliana. "En estos momentos es necesario tener la cabeza fría", insistimos. "Yo me voy, ¿qué hago acá? Con el celular en la mano..." Su compañera vivía en L’Aquila, se había salvado por milagro. Estaba ahora en un campo de refugiados. Sin casa. Sola. Sin nadie.
Luego del almuerzo le tocaba a Julia. Pensé que suspendería el trabajo. Pero no.
En la entrada del albergue, bajo el sol, a las 14.30, Julia empezaba su seminario. En un costado, sobre las escaleras, frente al imponente paisaje, Humberto estaba esperando el llamado de su compañera; Daniela, la técnica de luces -con familia y vida también en la zona de emergencia-, tratando de localizar a sus padres. Annamaria, con el celular pegado a la oreja. Siento a mis espaldas un sonido de voces. Reconozco el ejercicio de Julia. El de los trabajos y las acciones vocales.
"Empezó no más", me digo, entre admirada y ofuscada.
Me doy vueltas y veo que la gente de Rogo, la más golpeada: Claudia, Elena, Rafaella, Cristiana, estaba allí, trabajando.
Me vuelvo a girar hacia las montañas y Umberto no estaba más. Se había ido.
Logró llegar a L’Aquila haciendo dedo un par de horas después.
No sé qué hacer. Me iría a ayudar, pero no sé ni a dónde, ni a quién. Me iría a trabajar con Julia pero algo dentro mío me dice "tal vez es bueno parar por algunos momentos, parar y silenciar/se". Otra voz, mirando a Julia, y sin pelearme internamente con ella, me dice: "Tal vez es bueno responder a la impotencia y al miedo con el trabajo que sabemos hacer".
No tenía la respuesta. La esperaba allí sentada, sobre los escalones de cemento mientras miraba a Umberto que se alejaba, a Annamaria y a Daniela pegadas a los celulares, con rostros angustiados. Sin atreverse a llorar.
De pronto, frente a mí, de una de las casas que estaban al lado del albergue, sale una señora, anciana con su perro. El mismo era ya una habitual compañía, se tendía al sol al lado de las plantas de la señora que estaban frente a su casa, en donde terminaba justamente la escalera. Eran bellísimas. Se adivinaba una mano cálida y conocedora de los movimientos de la naturaleza. La anciana sale con un balde en la mano. Veo que carga agua a un costado del camino. Su perro, previendo el movimiento de la anciana, cambia de lugar buscando una esquina seca aún donde echarse. Veo cómo la anciana comienza a regar sus plantas, con delicadeza, en detalle. Una y otra vez recarga el balde, una y otra vez las riega. Se detiene a mirarlas, casi con amor -o con amor- saca las hojas secas, las enfermas, las ya muertas.
Le digo, sin saber por qué: "che bel giardino signora che ha!"
Me mira, me sonríe, me responde: "eh si, ma bisogna avere cura… ci vuole tempo"
Sí, se necesita tiempo, dedicación y trabajo. Y paciencia. Fue en ese instante, escuchando las voces del seminario, escuchando las voces de las que llamaban a los conocidos para preguntarles cómo estaban, mirando esas inconmensurables montañas, y recordando el terremoto, viendo a la mujer y su atención y dedicación hacia lo que era su trabajo, fue en ese instante, cuando entendí el por qué. Mi por qué de aceptar seguir allí, trabajando.
Una pregunta me quedó en suspensión, sin necesidad de ser respondida: ¿qué sucedería si esa mujer hoy, el día del terremoto, no regara las plantas?
El terremoto siguió sacudiendo L’Aquila, resonando en Tocco di Casauria, la gente dormía en los autos. Los/as participantes en el comedor, poniendo los colchones juntos, algunos debajo de las mesas. Desalojando los pisos superiores. Algunos/as se fueron, tenían miedo. Otras decidimos seguir con el encuentro tal cual había sido organizado.
Nos pareció la mejor manera de honrar la memoria.