domingo, 27 de mayo de 2018

AYACUCHO - Julia Varley


Julia Varley nos acerca su testimonio sobre la presencia del Odin en el mítico Encuentro de Teatro de Grupo Ayacucho, que este año celebrará sus 40 años.



VIAJANDO A AYACUCHO


Julia Varley


Los grupos
Mi primer viaje fuera de Europa, en 1978, fue para ir a Perú. Participé del encuentro mítico de Teatro de Grupo en Ayacucho, un hito que marcó mi crecimiento como actriz que daba sus primeros pasos, como pienso marcó también a los jóvenes actores de los grupos peruanos de Cuatrotablas con su director Mario Delgado, que organizó el encuentro, y de Yuyachkani, que participaba activamente.
Los encuentros del Tercer Teatro en los cuales participé, a excepción del de Bérgamo, Italia, en 1977, sucedieron todos en Latinoamérica: en Ayacucho en 1978, en Bahía Blanca, al sur de Argentina, en 1987, en Huampaní, cerca de Lima, en 1988. Volvimos a Ayacucho también en el 1998 y en el 2008.
Fue en Bahía Blanca donde se empezó a usar el término teatro antropológico. Me acuerdo que discutimos mucho sobre esta denominación queriendo diferenciarla de la antropología teatral que es el estudio comparativo de técnicas del actor. Teatro antropológico tenía más que ver con la necesidad de hacer teatro, con los grupos, con la relación con la comunidad y la búsqueda de identidad. Después de vivaces discusiones, la crítica teatral Beatriz Jacoviello ayudó a Eugenio Barba a escribir lo que se volvió un manifiesto que seguía las líneas de la definición del Tercer Teatro.
Para los grupos latinoamericanos el mensaje, el contenido, el significado era muchas veces tan importante que preferían esconder las ambiciones puramente profesionales. Su búsqueda de una identidad autónoma los empujaba a rechazar lo que venía de afuera denominándolo imperialista o colonialista. O, también sucedía que se adoptaban técnicas y formas importadas sin tener en cuenta las propias raíces. En nombre de la diferencia cultural se pueden crear obstrucciones. Pero, manteniendo las diferencias y protegiendo lo esencial, los encuentros del Tercer Teatro pudieron usar el oficio como campo neutral de intercambio.
En el primer encuentro de Ayacucho en 1978, yo tenía 23 años. Llegué con el Odin Teatret en el momento en que fue instaurado en Perú el estado de sitio: estaba comenzando la guerra entre Sendero Luminoso y el ejército peruano que duraría veinte años. En esa situación me parecía que el teatro era superfluo e ineficaz, pero tuve que cambiar de opinión.
Mientras los grupos latinoamericanos presentes en el encuentro estaban encerrados en el espacio dado por la universidad para confrontar técnicas, métodos de aprendizaje y estéticas teatrales, el Odin Teatret tuvo la tarea de mantener el contacto con la población local de Ayacucho. Para eludir la prohibición de aglomeración y de hacer espectáculos públicos, caminábamos por las calles como turistas, pero con los trajes de nuestros personajes y manteniendo una distancia de dos metros uno de otro, nos sacábamos fotografías en zancos y con las máscaras en la mano al lado de nuestras caras en la plaza principal, circulábamos por los mercados comprando fruta y suvenires y observando la arquitectura de los barrios populares. Los habitantes de Ayacucho nos pedían que tocáramos nuestra música, que cantáramos y bailáramos, nos invitaban a sus fiestas, nos ofrecían bebidas, nos hacían ver sus danzas a cambio de las nuestras.
En esos días aprendí que mi identidad no era la de una extranjera, blanca, gringa, sino la que me daba el traje de teatro que llevaba siempre puesto. Durante los pasacalles, los trueques, los espectáculos de danza, las improvisaciones en las situaciones más disparatadas, la demanda insistente de quien miraba me hizo comprender la esterilidad de mi prejuicio sobre la inutilidad del teatro en una situación social de conflicto. Tomé consciencia de la necesidad de intercambio, fiesta, riqueza de colores y sonidos, de vivir algo extraordinario, sorprendente y divertido. Reaccionaba sin tiempo de hacerme demasiadas preguntas. No era yo la que determinaba el sentido del teatro que hacía, era una orden dada por los espectadores, la mayor parte de los cuales no habían ido nunca al teatro.

Viaje del 1978
Con el Odin Teatret, finalmente aterrizamos en Ayacucho. El avión había permanecido largo tiempo en el aire debido a un desperfecto. Regresó a Lima para volver a partir luego de que un pequeño hombre vestido con un overol amarillo le dio una vuelta de tuercas al motor. De la cabina del capitán se escuchaba el piar de pollitos. Habían sido cargados allí porque el lugar para el equipaje del avión estaba lleno de cajas con una tonelada de trajes y objetos teatrales.
Cuando estábamos suspendidos en el aire sentí miedo: apretaba la mano de Iben Nagel Rasmussen, que estaba al lado mío; miraba a Tage Larsen y a Leif Bech que habían dejado de hablar, y estaban pálidos. Sin embargo, llegando a Ayacucho, fui capturada por la fascinación y excitación: estábamos aterrizando en un lugar de una naturaleza imponente. Las alas del avión desfloraban las paredes rocosas; la pista de aterrizaje, escondida sobre el altiplano en la cima de la montaña que estaba frente a nosotros, apareció de pronto.
Fuimos a pie hasta la ciudad, y la atravesamos hasta el hospedaje. Veíamos soldados escondidos detrás de las matas; en las calles, gomas quemadas y vidrios rotos. Nuestros rostros blancos no osaban sonreír a los oscuros rostros de las personas que llevaban sombreros negros y ponchos a rayas marrones. Nos sentíamos inútiles y fuera de lugar. En el hospedaje nos plancharon los blue-jeans y nos dieron té de coca para reestablecer una justa altitud en los pulmones.
Al día siguiente, nos pusimos los trajes del espectáculo de calle y fuimos al mercado con todo el grupo del Odin Teatret. En un país tan pobre fui embestida por una opulencia de colores: las flores de la jungla, montañas de naranjas y zanahorias, las faldas de lana y algodón, collares de semillas variopintas, carnes sangrientas, sombreros adornados con cintas, ponchos y alfombras tejidos a mano, bolsas de plástico y de yute, platos de terracota, Inca cola y chicha. Bajo el sol y en el sutil y seco aire de montaña, todo brillaba y parecía más cercano. Nos circundaban los mismos rostros oscuros.
“¡Toca! ¡Toca! ¡Toca!”. Juega, canta, baila: un pedido, una orden, una necesidad. Nuestros instrumentos salieron de los estuches, los zancos comenzaron a moverse con seguridad. Circundados por centenares de personas comenzamos a improvisar danzas y escenas. De repente lo que hacíamos –el teatro– era importante, útil, bello. Seguimos un recorrido laberíntico atraídos por las personas que nos llamaban a lo largo de las callejuelas, plazas y escalinatas. Para la gente del mercado, la escena más divertida fue cuando nos paró la policía. Nos llevaron a la comisaría: lo que estábamos haciendo estaba prohibido. Todos reían al ver a Tom con los zancos que no lograba pasar por la puerta, y a Iben que apoyaba su tambor con las cintas coloradas sobre una mesa llena de papeles. Eugenio les pedía disculpas a los policías: no sabíamos acerca de la prohibición, éramos daneses, estábamos solo mostrando nuestras danzas folclóricas, habíamos sido enviados por la reina de Dinamarca… Fuimos amonestados. Nos explicaron que estaba prohibido hacer espectáculos, congregar gente por la calle o tocar instrumentos en público: en Perú estaba en vigencia el estado de emergencia y el toque de queda.
Al día siguiente, siempre vestidos con los trajes pero esta vez con los zancos en la espalda, en silencio, caminando en parejas, en fila pero a la distancia permitida, fuimos a la plaza principal para tomarnos una foto de recuerdo. Fuimos invitados a presentar un espectáculo por la noche en un barrio en la montaña, donde la ley era otra, donde los gringos y la policía no osaban entrar.
Nuestros zancos bailaron en una placita empinada cubierta de piedras, delante de una casucha en donde una banda con instrumentos magullados tocaba debajo de una Madonna con el Niño de facciones indígenas. Alrededor muchas personas de rostros y dientes oscuros reían y aplaudían y nos ofrecían incansablemente de beber. No podía rechazar la botella sin etiqueta con un líquido más transparente y más espeso que el agua, que pasaba de boca en boca y alimentaba la fiesta. Me la pasaba la mano vieja y arrugada del hombre pequeño y flaco que había bailado tocando la flauta y el tambor, con una sonrisa marrón de hojas de coca. Yo no estaba blanca sino naranja y verde como mi traje, que no me saqué hasta que partimos para Lima en el micro sin puertas que el grupo de teatro Cuatrotablas había logrado obtener del Ministerio de Cultura peruano.
Una fotografía de Tony D’Urso me muestra sobre la orilla del río de Ayacucho con mi traje anaranjado y verde, un par de zapatillas de gimnasia y el trombón en mano mientras hablo con una joven de falda amplia y coloreada típica de la región andina. La chica llevaba un gran fardo sobre sus espaldas. Había estado en el río lavando ropa: tenía quince años y tres hijos. Poco antes, nos habíamos sentado al borde del agua congelada en la cual ella sacudía y refregaba los vestidos. Me había preguntado si era verdad que en mi país existía una pastilla que impedía tener niños. No recuerdo qué le respondí.

Viaje del 1988
Diez años después, en 1988, el Odin Teatret regresó a Ayacucho justo antes del segundo encuentro latinoamericano de teatro de grupo en Huampaní. Nos acompañaban el director del grupo Yuyachkani, Miguel Rubio, y Carlos Cueva de Cuatrotablas. Pasamos dos días entre trueques y encuentros con nuevos y viejos amigos. En esos días se gestó un proyecto: Miguel Rubio me acompañaría a una gira en Polonia, en 1990, poco tiempo después de la caída del muro de Berlín. En ese viaje nació mi demostración-espectáculo El hermano muerto.
En 1988 la situación política en el Perú era mucho peor: la guerra civil entre los “revolucionarios” maoístas de Sendero Luminoso y el Estado había alcanzado tales niveles de violencia que muchos de aquellos a quienes habíamos conocido diez años antes en Ayacucho, habían sido asesinados, habían desaparecido o habían decidido salir del país.
Otra vez Cuatrotablas en colaboración con el Motín (Movimiento de Teatro Independiente, una asociación de grupos teatrales peruanos) había organizado un encuentro internacional, con la esperanza de repetir la intensa experiencia de 1978. Nuevamente muchos de los grupos latinoamericanos habían sido invitados, junto con algunos grupos de Europa y muchos de Perú, tanto del interior como de la capital. Durante el Encuentro cada uno iba a mostrar sus espectáculos, que durarían toda la noche durante varios días.
Con tanta gente era demasiado peligroso viajar a Ayacucho y el Encuentro se realizó en Huampaní, no muy lejos de Lima. Ayacucho era la ciudad donde Sendero Luminoso se había organizado y expandido por todo el Perú. Era el centro de una violencia arbitraria, con desapariciones diarias, asesinatos y masacres. Estaba totalmente ocupada por los militares y todas las garantías constitucionales habían sido canceladas. Ningún grupo teatral se atrevía a visitar la ciudad: era peligroso. Los espectáculos podían ser considerados por Sendero Luminoso como un apoyo al Ejército o, viceversa, los militares podían interpretarlos como un apoyo a Sendero. Nada era excluido del conflicto y no tomar una posición era considerado imposible.
Sin embargo, todos nosotros del Odin Teatret, sentíamos que debíamos regresar a la ciudad donde teníamos tantos contactos y amigos. Nos dijeron que en Ayacucho la gente se sentía abandonada a su destino. La vez anterior habíamos pasado un mes entero allá y la experiencia había influenciado fuertemente nuestro modo de pensar nuestra profesión. ¿Cómo podríamos olvidar a la gente que había hecho posible que filmáramos el trueque en la pequeña prisión de Ayacucho donde no se permitían cámaras? ¿O el viaje en camión para llegar al pueblito donde las mujeres danzaban y cantaban sosteniendo pollos vivos mientras que los hombres se escapaban corriendo de los toros dejados en libertad en la plaza? ¿Cómo podíamos olvidar la hospitalidad y generosidad de los campesinos quienes no tenían nada, pero nos ofrecían todo? ¿O el grupo de teatro local quien continuaba actuando como señal de que la vida puede continuar, a pesar de que muchos actores habían desaparecido o habían sido asesinados?
El avión, en el cual viajábamos, estuvo a punto de llegar a Ayacucho, pero regresó. Dijeron que fue a causa del mal tiempo y que ningún vuelo saldría para Ayacucho hasta dentro de tres días. Solamente teníamos esos tres días libres en nuestro programa. Cuando volvimos a aterrizar en Lima todos estábamos tristes, mientras que Eugenio Barba parecía como si lo hubiera mordido un escorpión. Nunca le gustó que las circunstancias decidieran por nosotros y en este caso, después de haber preparado este precavido y significativo viaje en sus más pequeños detalles, encontraba la situación totalmente inaceptable. Caminaba por el aeropuerto de Lima nerviosamente en busca de una idea.
“Alquiler de aviones”, el anuncio estaba entre muchos otros delante de una línea de oficinas. Eugenio entró sin hesitar: “¿Cuánto costaría llevar catorce personas a Ayacucho, con cuatro cajas de utilería teatral?” La respuesta fue de miles de dólares: caro, pero valía la pena. Necesitábamos dos aviones de diez asientos para que entráramos todos más los vestuarios y cajas. La decisión se tomó rápidamente, nuestro humor cambió y otra vez comenzamos a prepararnos para irnos: teníamos que reducir nuestro equipaje y sacar un permiso para aterrizar en Ayacucho.
Nunca había estado en un avión tan pequeño. Tage Larsen me había contado acerca del viaje del Odin Teatret para encontrar a los Yanomani en la región Amazónica en Venezuela en 1976, para hacer un intercambio con ellos, de cómo el avión atravesaba las nubes hallando su camino siguiendo las corrientes de aire como si fueran músculos. Yo estaba petrificada, mientras miraba cómo las nubes se acercaban y luego nos envolvían en una danza turbulenta.
Viajé en el avión que aterrizó primero. Antes de que la puerta se abriera, vi a través de la angosta ventana, a soldados rodeando nuestro avión. Dos carros armados y un tanque nos enfrentaban. Lo mismo sucedió con el siguiente avión. No estábamos seguros de lo que estaba pasando, nuestro piloto parecía pensar que al ejército no le habían avisado de nuestra llegada. Tal vez pensaban que éramos terroristas, dijo dudoso. Me enviaron a hablar con el Capitán. ¿Por qué yo? Esta vez mi apariencia extranjera, blanca, con cabello largo rubio, era importante para definir una identidad de persona “rica, de poder, exótica y proveniente del otro lado del mundo” para protegernos de problemas. Tuve que producir la sonrisa más gentil que poseía.
Me concentré en mi tarea de seducir al Capitán. Antes de bajarme del avión, Eugenio me había dado algunos documentos oficiales que siempre llevábamos con nosotros en caso de que fuera necesario. Estos documentos nos fueron entregados por el Ministro de Cultura danés, el encabezamiento es una corona de oro, el sello del reino danés, y en el texto nuestro nombre puesto en letras grandes como representante oficial del teatro danés.
¿A dónde van? ¿Quiénes son vuestros contactos? ¿Por qué han venido a Ayacucho? ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son? ¿Cuál es vuestra profesión? ¿Por qué han contratado aviones? ¿Quién les dio permiso para venir? ¿Dónde se quedarán? Me bombardearon con preguntas. Contesté como si no tuviera idea de la situación política del Perú, como si llegar en aviones pequeños en medio de los Andes fuera la actividad más normal para un grupo de teatro danés, como si no supiera nada de que Ayacucho era uno de los centros de guerra y de que Ismael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, había enseñado y estudiado, en la misma universidad donde el rector estaba esperando impacientemente por nosotros.
Al Capitán, sentado detrás de su gran escritorio, mostrándole respeto, escondiendo mi miedo y siempre sonriendo, le di toda la información que me pedía. “Somos un grupo de teatro, cantamos, bailamos y tocamos instrumentos, ¿le gustaría vernos? Nos encantaría mostrarles lo que sabemos hacer. Hemos regresado a Ayacucho porque hemos estado aquí hace diez años y es nuestra tradición volver a visitar los mismos lugares. Hace diez años organizamos trueques con la gente local. ¿Le gustaría ver nuestras danzas de Dinamarca? Quizás sus soldados nos podrían enseñar una canción peruana…” Le mostré los papeles, le dije que el Instituto Nacional de Cultura del Perú nos había invitado, le dije los nombres de los teatros principales de Lima donde íbamos a tocar… Él iba a Lima la próxima semana: “O sino por favor, venga y vea nuestros espectáculos, claro que sería nuestro invitado…” Creo que se sintió halagado, pero los soldados estaban todavía en círculo alrededor de los aviones. “Podemos sacar nuestros instrumentos musicales de los aviones, luego podríamos tocar un poco de música para usted y sus soldados… Yo misma bailo en zancos…”
No sé qué fue lo que hizo que aceptara. Minutos más tarde nuestras largas cajas con zancos, utilería e instrumentos fueron llevados al pasillo del aeropuerto, las abríamos (pensando que podríamos tener armas en esas cajas, y ¡nadie estaba controlando!) para ponernos nuestros vestuarios lo más pronto posible (pensando qué pasa si cambia de opinión, qué pasa si alguien le dice que nunca debió habernos dejado aterrizar) y prepararnos para un baile de zancos. Me puse la máscara de Mr Peanut y las rosas rojas dentro de mi pantalón, listas para sacarlas afuera en medio de la danza. Todos los demás estaban listos. Los soldados hicieron un montículo con sus armas a un lado y se pararon en línea a mirar nuestro espectáculo. Nunca olvidaré el montículo de armas, que me recordaron a algo similar que vi al lado del Muro de los Lamentos en Jerusalén, y cuán vulnerables, jóvenes, pequeños y pobres parecían los soldados sin sus armas. Actuamos y luego los soldados sacaron (¿de dónde?) sus violines y pañuelos para comenzar a presentar las típicas canciones ayacuchanas altas en tonalidad y las danzas de pequeños saltos, para mostrarnos su cultura.
De hecho, antes de salir de Lima, habíamos recibido una lección directa sobre cuán tensa era la situación. Yo estaba recortando las fotos y las imágenes en papel que utilizaba en nuestro espectáculo Talabot para ilustrar diferentes eventos históricos y sus protagonistas. Una de estas imágenes mostraba a Mao Tse Tung joven. Cuando Miguel Rubio vio la imagen de Mao, me dijo que estaba completamente loca: “¿te das cuenta qué nos pasará si ellos te encuentran con esas fotos?”. Las tiré en el aeropuerto de Lima, a pesar de que secretamente pensé que él era un poco exagerado.
Para ese entonces nos habíamos hecho amigos del capitán y claro los soldados querían llevarnos a la ciudad en sus camiones militares. “La última vez, diez años atrás, caminamos hacia el pueblo. Es nuestra tradición, nos gustaría hacerlo de nuevo. Ya sabes, la gente nos recuerda como los gringos gigantes, no podemos decepcionarlos. Gracias por todo, pero preferimos caminar.” “Está muy lejos…” “Sí, pero somos fuertes, estamos acostumbrados, es nuestra costumbre, no se preocupen, muchas gracias, pero realmente nos gustaría caminar”; (pensábamos que si llegábamos al pueblo en vehículos militares Sendero Luminoso tendría toda la razón de creer que colaborábamos con el Estado, hubiera sido un desastre y muy peligroso para nosotros. Por supuesto no podíamos decir nada de esto al oficial benevolente.)
Caminamos para Ayacucho después de nuestro trueque con los soldados desarmados quienes eran responsables de la seguridad del aeropuerto. Algunos niños nos vieron llegar y gritaron: “¡Gringos gigantes! ¡Nuestros padres nos contaron de ustedes! ¿Dónde está Tom, el que parece el actor de la Naranja Mecánica? ¿A dónde van? ¿Cuándo actuarán?” El aire de la montaña me parecía más sutil y el camino más largo. Ayacucho estaba diferente, más grande, extranjero, con soldados por todos lados usando pasamontañas negros que cubrían sus rostros. Poca gente caminaba en las calles. Cuando encontramos a nuestros amigos, muchos de ellos se conmovieron, agradecidos de que hubiéramos regresado. Habían cambiado mucho en diez años; muchos ya no estaban allí. Nos sumergimos en la tarea de encontrarnos con la gente y organizar el trueque. Tuvo lugar en un campo de baseball al frente de una iglesia encima de uno de los nuevos vecindarios. Todo el Odin sentía que esa vez el trueque era diferente: estábamos pagando una deuda, devolviendo lo que habíamos recibido de Ayacucho y de sus habitantes diez años atrás.
Fue en 1988 en Ayacucho también donde vi un espectáculo de un grupo de teatro local. Abundaban las soluciones dramatúrgicas banales y los clichés: la brutalidad del imperialismo y la pobreza de los campesinos explotados eran presentados en un estilo que podía ser juzgado como carente de profesionalidad. Este espectáculo me conmovió como pocos. El grupo de teatro continuaba con coraje sus representaciones a pesar de la condena de las fuerzas militares gobernantes y de la guerrilla: me ofrecían un ejemplo de lo que podía ser el teatro. Algunos actores del grupo habían desaparecido, otros se habían unido a la guerrilla o al ejército, otros habían sido asesinados, pero los que permanecieron continuaban afirmando el derecho a reunirse, a reír, a festejar, a esperar, a vivir.
¿Cómo habría sido evaluado un espectáculo semejante en un festival contemporáneo considerado de alto nivel artístico en Europa donde el teatro es una forma salvaguardada y subvencionada? ¿Cómo se puede comparar un espectáculo visto en un edificio oficial con espectadores que eligen pagar por una experiencia estética con un espectáculo presentado allí donde actores y espectadores declaran simplemente su derecho a existir y a expresarse? El paragón no puede ni siquiera ser moral. Uno no es mejor o peor que el otro. Pertenecen simplemente a mundos diferentes; son raras las ocasiones en donde uno funciona también según las reglas del otro.

Viaje del 1998
En 1998 viajamos nuevamente a Ayacucho. Fuimos invitados al Encuentro de Teatro de Grupo, organizado por Cuatrotablas, pero promovido y producido por la institución gubernamental PromPerú. Participamos de la apertura oficial con todos los representantes de los barrios y de los pueblos cercanos. Llevaban sus vestuarios tradicionales y sus estandartes pasando delante del palco con autoridades gubernamentales y militares. Todos los grupos de teatro siguieron la parada con sus vestuarios, mientras Mr Peanut se sentó delante del palco y los miraba pasar a todos. El Encuentro duró una semana. Fue intenso, con espectáculos, demostraciones e intercambios. Una mañana todos los grupos y los actores del Odin, con sus personajes del espectáculo de calle, fueron a la universidad a aplaudir a Eugenio, quien recibió el título de Doctor Honoris Causa. Ya no éramos extranjeros en Ayacucho, éramos parte de sus mitos y memorias. Ya no necesitábamos hacer un trueque. 
Esta tercera llegada a Ayacucho fue en autobús, con doce horas de viaje. Una lucha para tener precedencia y tres perros casi sin pelo en lo alto de una montaña de inmundicia a un costado del camino cancelaron rápidamente el panorama infinito y los colores de los Andes.
Partiendo de Lima se sigue durante un tiempo el camino al lado del océano, luego el autobús comienza a ascender metiéndose en barrancos desde los cuales no es posible ver la cima. En breve aparecen todos los matices del color marrón, todas las estrías factibles en una piedra y todas las formas de curvas de un camino de tierra que se recortan contra un cielo que abandona el gris del océano para volverse cada vez más azul. Se sube hasta que se comienza a sentir la altura, náuseas, sueño, falta de aire. Y luego de nuevo se desciende para rencontrar la energía para hablar con los que están cerca. Viajaba con Mario Delgado, el director del Festival y del Encuentro de teatro de grupo que se llevaría a cabo, luego de veinte años, de nuevo en Ayacucho. 
Llegando en autobús Ayacucho se asoma desde abajo. La ciudad parece extenderse por todo el altiplano. No lograba ver adónde terminaba el valle para volverse de nuevo montaña escarpada. Comenzaba a anochecer. El autobús descendía por un camino que se estrechaba y abría, con piedras y pozos, tierra y lodazales. No parecía la entrada principal de una ciudad. Una camioneta venía en sentido contrario. En un cruce los dos conductores descienden y comienzan a insultarse. A los lados del camino la gente mira en silencio, pero no parecen darle mucha importancia. Pienso que tal vez nuestro viaje se ha interrumpido allí y otra vez deberemos entrar a Ayacucho a pie. Sin embargo, rápidamente, así como había iniciado así terminó el litigio y el autobús retomó el viaje. A través de la ventana veo bicicletas, taxis destartalados, perros, personas cargando fardos, motos, más perros, camiones, niños con uniforme de colegio, otros perros, basura, puestos callejeros, un policía y más perros. Y sin embargo Ayacucho estaba mucho más limpia y organizada que diez años atrás, pero esto lo vi solo a la luz del día.
La región había vivido un largo período de guerra. Ahora quería recibir a los turistas, hacer funcionar la universidad con contactos internacionales y recuperar su función de capital regional protegida por el gobierno. El Festival de teatro formaba parte del plan de gobierno para promover Ayacucho a nivel turístico, para volver a colocar la ciudad en el mapa de los visitantes. Se exhibe toda la producción artesanal local. Las alfombras, los ponchos, las muñecas, los altares, las artesanías en terracota, los sombreros, los suéteres... no se hallaban más en torno a las verduras en el mercado, sino en negocios específicos. El gran hotel que nos había acogido la primera vez y la segunda hospedaba a los militares, estaba ahora a disposición de los invitados VIP del festival, en particular periodistas extranjeros que tendrían que escribir bien acerca de Perú. Pero ahora había ya muchos otros hospedajes.
El encuentro comenzó con una parada. Partimos de un lugar situado en las afueras de la ciudad donde se había realizado el primer encuentro veinte años atrás. Saludamos con un beso a la mujer del rector de la universidad, una de las pocas que no había abandonado Ayacucho durante la guerra, una de las pocas que sobrevivieron a ese período. Había visto cómo desaparecían o eran asesinados muchos de sus amigos. Estaba conmovida al encontrar de nuevo y con tanta fuerza el teatro presente en Ayacucho. Más de un kilómetro de parada que se movía lentamente entraba en la ciudad recorriendo las calles hasta el centro con zancos, trombas, colores, tambores y cantos. Algunos de nosotros que sentíamos el peso de la edad y de la altitud, aceptamos subir a la parte trasera de una camioneta. Al final me ubiqué delante del palco de las autoridades con Mr. Peanut. Aprobaba, aplaudía y comentaba con pequeños gestos los discursos: la señora joven, bella y elegante de PromPerú, los militares y el intendente. Delante de mí la plaza central, con sus canteros, el viejo fotógrafo de siempre, los bancos, los pasajes bajo los arcos, el monumento central. Parecía todo igual. Parecía…
Cada tarde había espectáculos-trueque en todos los barrios. Al inicio se sentía cierto nerviosismo. El pensamiento estaba direccionado hacia lo que podía suceder. En el barrio “rojo” ¿cómo reaccionarán los de Sendero? ¿Habrá asaltos en los barrios marginales? ¿Llegará la luz a la iglesia? ¿Adónde se ubicarán los espectadores? Los espectadores aumentaban cada tarde. Comenzaron siendo alrededor de mil para seguir aumentando cada vez más. El último día en Quinua los que nos saludaban eran casi diez mil.
Presenté también un unipersonal, Las mariposas de Doña Música, un espectáculo de sala para pocos espectadores. Me dieron una sala en la universidad, donde diez años antes había visto el espectáculo del grupo de teatro local Yawar Zonco. Los habría de ver también esta vez, pero quedaban solo dos del grupo original. Mis luces saltaban, el camerino estaba hecho con pilas de sillas puestas una al lado de la otra al fondo de la sala. El olor del piso de madera lavado con petróleo, el rumor de los estudiantes que salían de sus lecciones y de las bocinas de los automóviles en la calle y la falta de aire quedaron marcados en mi memoria al lado del placer por haber vuelto a Ayacucho. Comía trucha y arroz, pero la venganza de los Andes llegó igual. Entonces bebía coca cola y té de coca en saquito. Las hojas de coca que se metían en el agua caliente para hacer las infusiones no se encontraban ya con tanta facilidad.
El último día fuimos a la Pampa de Quinua, el enorme valle donde se realizó la batalla de la independencia de Ayacucho. La gente de teatro viajaba en cuatro autobuses. Yo había elegido uno sin aire acondicionado, con las ventanas abiertas. Le costaban los ascensos y al final se paró. Comenzamos a caminar mientras pedíamos a cada automóvil que pasaba que por favor nos llevara. Nos recogió una camioneta. Los cabellos al viento, el aire que cortaba la piel, las curvas tomadas en velocidad, el olor a eucalipto, el superar a otros automóviles, la vista infinita de montañas, casas de adobe y campos cultivados arrancados a la naturaleza, daban al todo un sentido de aventura.
La ciudad de Quinua se reconoce ya al entrar porque sobre los techos de las casas se comienzan a ver figuras de terracota. Parece como si todos los habitantes fueran artesanos y todas las casas tuvieran un negocio de venta de pequeñas iglesias, porta velas, santas y otros objetos también en oferta. No pude resistir y compré una pequeña iglesia y un cenicero, mientras me preguntaba cómo iba a poder llevar todo a casa sin que se rompiera.
            Nos sacamos fotos bajo el gran monumento de la independencia. Los viejos directores en el centro, y luego poco a poco venían los más jóvenes, los actores y todos los grupos. Llegaban espectadores y grupos locales que tocarían y bailarían para nosotros. El valle comenzaba a poblarse. Las montañas nos circundaban. Se podía imaginar que desde el punto más lejano descendía el ejército del General San Martín, o bien exponentes de la guerrilla. Diseminados aquí y allá se encontraban grupos de militares armados. No estaban entre la multitud, sino a distancia. Miraban diferentes direcciones, hacia la nada, hacia las gargantas de las montañas. Su presencia volvía a traer la sensación de inseguridad.
De una de las gargantas, muy lejanas, aparecieron figuras con banderas coloradas. Avanzaban lento, muy lento. Gradualmente los puntos en el horizonte se volvieron más grandes. Se distinguían instrumentos de viento, un tambor y zancos. La bandera colorada era llevada por una persona que corría hacia adelante y atrás y por entre medio de sus compañeros. No parecía preocuparse ante el largo camino que aún tenía por delante. Mientras ese grupo lejano camina, delante nuestro se presentan danzas folclóricas. Luego, en medio a las diez mil personas se alza Luisa Calcumil, una actriz mapuche argentina, que se presenta y canta sola. Con su voz parece recordar el orgullo y la resistencia de toda América Latina. Las figuras en camino se acercaban al punto de ser reconocidas: son de Yuyachkani, el grupo de teatro de Lima. Presentan por última vez la parada con las figuras de Quinua, los personajes vestidos con trajes inspirados en los colores y formas de las terracotas del lugar.
            A mi lado un hombre viejo sonríe. Me cuenta que hacía tiempo, todos los domingos ese lugar era visitado por las familias que venían a hacer picnic. Hacía ya diez años que no volvían. Pero no me dijo por qué; de la guerra no se habla. Aún podría resultar peligroso poner en palabras la experiencia. Después se ofreció comida. Habían preparado comida cocinada bajo tierra, batatas, maíz y carne. Se formó una fila infinita de personas que esperaban el turno para recibir su plato. Apartados hablaban el rector y un director extranjero. Planificaban la posibilidad de abrir un instituto de teatro como parte de la universidad. La sede podía ser una bella casa, la que había pertenecido a Izmael Guzman. Parece que el dirigente de Sendero Luminoso que enseñó en Ayacucho, tenía mucho carisma.
El festival de Ayacucho de 1998 entró en la mitología del Magdalena Project, la red de mujeres en el teatro contemporáneo fundada en 1986. Ana Woolf y yo organizamos un encuentro con las mujeres de los grupos que estaban interesadas; fue a las siete de la mañana, antes de que comenzaran las actividades oficiales. Muchas nos habían preguntado acerca del proyecto, y de esta forma habíamos encontrado un momento para poder contar la historia del Magdalena Project. Vinieron unas treinta mujeres. Luisa Calcumil empezó enseñándonos una canción. Estábamos sentadas en círculo, como es costumbre en cada encuentro, y luego de haber hablado y contado los inicios y los temas de los primeros años, pedí a todas las presentes que contaran un sueño personal. Algunas mujeres venían de ciudades pequeñas en las montañas, otras de la capital, algunas formaban parte de los grupos de teatro, otras eran campesinas del lugar. Casi todas tenían dificultad para tomar la palabra y a pesar de eso sentían una necesidad imperiosa de hablar. Tenían un nudo en la garganta y entre sollozos decían “esperen, un momento, ahora intento, ya lo consigo…”. Durante el encuentro una mujer dijo: "tuve un hijo, por suerte es varón, cayó bien parado en este mundo". Algunas habían venido acompañadas por el hermano o su compañero. Confesaban que no querían volverse fuertes como un hombre y que no comprendían la reivindicación del feminismo. Recuerdo cómo Ana y yo las alentábamos para que hablaran incluso derramando lágrimas, para que no sintieran vergüenza, sino todo lo contrario, orgullo por saber mostrar la propia confusión y sensación de impotencia. Compartíamos nuestra experiencia en defender el valor de la vulnerabilidad de las mujeres y la capacidad de las actrices de pensar con el cuerpo, y en consecuencia, la responsabilidad de hablar a pesar de las dificultades. Es importante tomar posición frente a las injusticias. Años más tarde, en festivales donde las mujeres de teatro festejaban la conquista de la propia autonomía y el coraje de hablar y escribir y dirigir, y durante otros encuentros en los cuales se volvía a presentar la misma problemática, hemos vuelto a contar este encuentro de 1998. Nos sirve para darnos cuenta de cuánto ha cambiado la situación, en Perú también gracias a los encuentros organizados por las actrices de Yuyachkani.
Aquel año partimos de Ayacucho en avión, usando los pasajes de otras personas y sin valijas. La confusión de la partida era solo el inicio del caos organizativo del festival que llevado a Lima se volvió inaceptable. La fascinación de Ayacucho había hecho olvidar los detalles técnicos que son tan importantes para un teatro que viaja. Pero incluso el aire límpido de una vez comenzaba a contaminarse por el humo de los automóviles y el polvo. En el aeropuerto, antes de subir al avión, me ofrecieron una pequeña muñeca con un traje folclórico de Ayacucho. Tal vez querían que regresara otra vez, pero como turista, sin teatro,
Viaje del 2008
No recuerdo detalles del viaje más reciente a Ayacucho, de nuevo en bus. Tal vez porque llegar a Ayacucho en el 2008 ya no era tan diferente a otras giras o tal vez porque la preocupación por los problemas económicos del Odin Teatret y de los que invitaban no nos daban tanta libertad como para saborear la aventura.
Escribí a Ana Correa de Yuyachkani, responsable de nuestra permanencia en Lima. “Por problemas económicos vamos a cambiar el programa. Venimos solo con En el vientre de la ballena, 8 actores (Julia, Roberta, Torgeir, Iben, Kai, Jan, Frans y Tage) y Eugenio. No tenemos carga, solo los kilos de nuestro equipaje, es decir que no traemos libros, solo algunos para regalo.” Los Yuyachkani asumieron la tarea de un proyecto editorial publicando La conquista de la diferencia que recoge varios artículos de Eugenio Barba sobre la relación del Odin Teatret con América Latina, y mi libro Piedras de agua.
Al mismo tiempo Alonso Alegría escribía polémicamente en un artículo: Participar en el encuentro de Ayacucho cuesta 200 dólares, sin descuento para estudiantes. Esto cubre solo el acceso a los eventos (espectáculos, talleres y demás). No cubre alojamiento ni alimentación y menos pasajes. El avión ida y vuelta a Ayacucho cuesta unos 300 dólares (el bus cuesta 50), casa y comida costarán entre 200 y 300 dólares por los seis días (con no muchas estrellas, claro). El gasto total es de unos 500 a 600 dólares (yendo en avión) y de 250 en plan de mochilero. Lo del Odín en Lima, en la casa de Yuyachkani, también tiene sus precios. Barba hará dos sesiones de cien soles cada una para un límite de 100 participantes (taquilla máxima veinte mil soles en total). Las sesiones con miembros del Odín son menos costosas y, supongo, menos numerosas. Los espectáculos del Odín en Yuyachkani cuestan 40 soles, sin descuentos para nadie de ninguna calidad o calaña. ¿Vale la pena? Por supuesto, si uno tiene la plata y el tiempo para gastarla. Siempre es divertido mirar lo exótico, lo nuevo o lo que parece serlo, y la verdad es que hasta lo incomprensible entretiene con tal que ofrezca suficiente variedad y no dure demasiado. ¿Aprenderán algo los estudiantes y jóvenes teatreros asistentes a los talleres, aquí y en Ayacucho? No lo sé. Los que puedan se comprarán un poquito de mundo, una grata experiencia comunitaria y hasta la oportunidad de enamorarse, pero no aprenderán nada que los ayude a interpretar un papel o una obra escrita por alguien. Y ya sin Barba y después de Ayacucho nuestro teatro –obladí, obladá—continuará mejorando para ese público que siempre querrá presenciar y entender historias bien contadas en un escenario.
Y a pesar de todo hay recuerdos fuertes que permanecen del encuentro del 2008, muchos bajo la insignia de la memoria.
En Lima encontramos grupos que conocíamos desde 1978, como Cuatrotablas, Yuyachkani, Milenio y Maguey, vimos sus espectáculos y participamos en los trueques en los barrios periféricos de Comas y Villa El Salvador con Vichama, Arenas y Esteras y CICAJ. Nos encontramos con nuevas generaciones que sabían de los encuentros de Ayacucho solo por haber escuchado hablar de él; entre ellos estaba Carolina Pizarro, futura actriz del Odin Teatret, que vino desde Chile para seguir nuestro programa. Recuerdo que durante la presentación de El hermano muerto conté cómo había comenzado ese trabajo y expliqué los detalles del proceso, haciendo la demostración de una demostración. Las demostraciones, llamadas a veces desmontaje, ya formaban parte del repertorio de muchos grupos, y en Ayacucho pudimos ver esas impresionantes demostraciones de Teresa Ralli y Ana Correa, que presentaban historias vinculadas a la guerra vivida en Perú desde 1980 al 2000.
En Ayacucho Miguel Rubio nos llevó a Eugenio Barba y a mí a visitar el Museo de la Memoria. El Museo de la Memoria de ANFASEP (Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú) “Para que no se repita”. La información sobre el museo dice: “es el primer museo de víctimas en el Perú que exhibe las causas, los acontecimientos y las secuelas del conflicto armado interno, recordando y dignificando a las víctimas. Los espacios del Museo de la Memoria están diseñados, tanto para conocer los acontecimientos históricos, como para percibir el dolor de las personas afectadas y víctimas, y para valorar los esfuerzos de ANFASEP en búsqueda de la verdad y justicia.” Las mujeres familiares de desaparecidos han reunido sus recuerdos, sus últimas cartas, ropa y fotos de sus parientes y han documentado su sufrimiento y su lucha en ese museo.
Fue después de la visita al Museo que decidimos con Ana Woolf presentar el espectáculo que yo he dirigido, Semillas de memoria, y que afronta el tema de los desaparecidos en Argentina. Ana no tenía consigo ni el vestuario, ni los objetos, ni la escenografía, y el espectáculo sería presentado en un patio abierto, delante de una gran tribuna, lugar en el cual se realizaba todo el encuentro. Ana fue al mercado para comprar lo que necesitaba, la tela blanca, el pan, el vino, dos copas, y buscó tierra. Decidimos usar sillas vacías en lugar de la escenografía de triángulos blancos y la imagen se reveló tan fuerte que de ahí en más decidimos mantener las sillas para los espectáculos sucesivos. En la valija del espectáculo, Ana lleva siempre la fotografía de Mamá Angélica, la primera presidenta de ANFASEP y la madre de los desaparecidos de Ayacucho. Ella estaba presente en el espectáculo, fuerte como una montaña según las palabras de Ana.
            En Ayacucho nos tomamos de nuevo la fotografía con nuestros personajes del espectáculo de calle, en la plaza principal, e hicimos también un espectáculo con Yuyachkani. Al final nos quedó una sensación amarga en la boca porque no nos avisaron la hora en que se realizaba un homenaje al Odin Teatret. Esta vez partimos de Ayacucho para regresar directamente a Europa.

El ojo que llora
En noviembre del 2006 participo en un festival de Magdalena organizado por las mujeres de Yuyachkani: EL AYNI DE LAS MAGDALENAS DEL MAR, Encuentro Internacional de Mujeres Creadoras. Este encuentro me ha dejado dos experiencias fundamentales como los encuentros del teatro de grupo en Ayacucho, en el cual pienso ahora cuando recuerdo mis viajes al Perú.

Un día durante el festival estoy sentada en un círculo. Una treintena de jóvenes actores y actrices escuchan mis respuestas a sus preguntas. Me preguntan sobre técnica, política y sentido para imaginar qué camino les espera. Habíamos trabajado con la voz para buscar juntos algunas respuestas. Me han preguntado por qué continúo haciendo teatro luego de tantos años en el mismo grupo, el Odin Teatret. Dentro de mí, en un rincón escondido, vuelvo a pensar cómo, pocos días antes, leyendo una introducción a la edición brasilera de ensayos de Bertolt Brecht, he intuido que para salvaguardar la memoria del grupo y de su director Eugenio Barba, necesito una presencia que dé autoridad a lo que hago. Si, por un motivo u otro, Eugenio no estuviera más en el Odin, ¿en qué lugar podría permanecer al lado de su visión y recibir su herencia sin su presencia? Pero esto no lo digo. Explico en cambio que al inicio, queriendo resolver mi división entre el estudio de historia y filosofía y la práctica del deporte, mi ideal era crear una unidad de mi ser. Por esto había elegido el teatro. Pero hablando y observando los rostros de los jóvenes a mi alrededor, viendo sus reacciones, comprendí de repente que por el contrario, mi ideal es estar dividida. Quisiera que mi ser pueda dividirse para existir en estos otros que ahora me miran y escuchan.
Otro día sigo a Teresa Ralli que se introduce en un laberinto vestida de blanco con un sombrero colorado en la cabeza. Nos acompaña el sonido de las flautas y tambores de la música andina. Los compañeros del grupo de Teresa, Yuyachkani, están afuera tocando sus instrumentos, sus rostros cubiertos por enormes sombreros de plumas. Cada una de las invitadas al festival tiene en mano ramos de flores que depositamos a lo largo del recorrido. Recorremos un laberinto de piedras en cuyo centro se encuentra “El ojo que llora”, una escultura con forma de ojo del cual emerge un arroyo ininterrumpido de agua. El laberinto se encuentra en un parque en el centro de Lima, en Perú. Es una de las tantas iniciativas en honor a la memoria.
Entrando allí, mi mirada se dirige hacia abajo: al lado del camino por donde vamos hay millares y millares de piedras apoyadas ordenadamente una al lado de la otra, levemente superpuestas. Hay una piedra para cada muerto víctima de la guerra entre el ejército peruano y Sendero Luminoso, que duró más de veinte años y terminó en el 2000. Algunas piedras tienen grabado el nombre de una persona, la edad y el año en el que murieron, otras piedras son lisas en espera de recibir un nombre. Continúo caminando con la mirada baja, atenazada por la angustia y un sentimiento de impotencia. Pienso en el día en que, algunos meses atrás, he caminado por los campos cerca de Phnom Pen donde, junto a los huesos humanos, la tierra hacía reaparecer los vestidos de miles y miles de camboyanos asesinados por los Khmer Rouge. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? Parece que no hay respuesta a las terribles perversiones de la historia humana que solo sabe repetirse. ¿Cómo combatir este mal común que hermana países tan distantes entre sí?
Teresa avanza delante de mí, me siguen otras muchas mujeres que Yuyachkani ha reunido en Lima para un encuentro de teatro. La música andina nos inspira una escansión en común. El recorrido es largo y tortuoso. Lo transitamos lentamente, en silencio, con un ritmo dictado por abrumados pensamientos. Luego de más o menos cuarenta minutos llego a la escultura que está en el centro del ojo que llora. La escruto largamente, tratando de comprender. Luego, para salir, debemos recorrer el mismo camino en sentido contrario. Las piedras a lo largo del trazado del camino están ahora en la dirección opuesta y ya no se pueden leer más las inscripciones. Mi mirada se alza automáticamente, y con la mirada se levanta también la cabeza, y siguiendo la cabeza, mi cuerpo también se pone erecto y recupera su energía. El ritmo de mis pasos aumenta. La distancia que debemos recorrer y la simple obligación de poner un pie delante del otro, de tener que proseguir para alcanzar la salida, cambian su actitud. Comienzo a mirar hacia arriba, hacia adelante, hacia afuera, a pensar en el futuro. He aquí lo que podemos y debemos hacer: persistir caminando. Es el caminar lo que decide.
Por esto continuaré viajando cada vez que puedo a Ayacucho.

                                                                                                                      (traducción Ana Woolf)

sábado, 26 de mayo de 2018

OCULTAS - Agenda mayo

Jueves de mayo a las 22 hs en Teatro Mandril

O C U L T A S 


OCULTAS es una creación colectiva que pone sobre la mesa una temática que se vivencia silenciosamente y de manera encubierta en la sociedad: la trata de mujeres con fines de explotación sexual.

A LA GORRA!!


dirección
Blanca Rizzo



GORDAS - Agenda Junio

3 de junio - 10 de junio, Teatro Pan y Arte

Gordas es un diario íntimo en escena: dinámico, fluctuante, divertido, abrasivo; fluye como un río y como los pensamientos que Natalia Marcet escribía.
Dirigida por Ana Woolf
Trastornos alimenticios. Sabemos mucho y poco. Una mirada de una subjetividad comida por los diagnósticos.



RESERVAS POR MAIL: teatro@panyarte.com.ar
https://www.instagram.com/gordas.laobra/
No hay texto alternativo automático disponible.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Festival Pinamar: Gelsomina Blablablá


con Daniela Fortunato Lynch 
y Natalia Tesone

dirección: Gabriela Bianco

¿Alguna vez te atreviste a ir por tus sueños?
Todo otro lugar, otro idioma, otro escuchar, otro mirar para vivir
profundamente en “el hogar”. Eso que llamamos la vocación en nosotros
mismos y nos llama a dar sentido a nuestra presencia en el mundo.
Dos personajes, dos idiomas, un lenguaje y blablablá.
Gelsomina es Sorda y Artista. Se comunica en lengua de señas y con una
sonoridad particular. Ha hecho de su dificultad, un arte original e inigualable.
A la narradora Blablablá, se le terminaron todos los cuentos y no podrá continuar
su viaje ni regresar a casa a menos que pueda crear una nueva historia.
Sin historias, sin relatos, no hay forma de volver al hogar.
El encuentro entre Gelsomina y Blablá dará mucho que hablar.
Y en más de un idioma.




La intención es que el trabajo se vuelva accesible a chicos y grandes, oyentes y sordos, por lo que buena parte del tiempo trabajamos en el equilibrio de los lenguajes. La idea no es hacer un espectáculo bilingüe sino que, contenido y forma, a través de las situaciones que los personajes atraviesan a lo largo de la obra, den cuenta de una realidad común. La apuesta es a que cada chico, desde su propio campo perceptual y sus propias vivencias culturales, acceda a un momento de imaginación y juego a través del teatro.
Corto de divulgación https://www.youtube.com/watch?v=kBucncBieSQ (duración 3 minutos)

Documental de la Compañía en Canal á https://www.youtube.com/watch?v=A_HrD3k-xic


SÁBADO 11 de noviembre, 17 hs Teatro de la Torre, Pinamar

martes, 7 de noviembre de 2017

Festival Encuentro Pinamar: Lo que Shakespeare contó...

Viernes 10 de noviembre, 21:30 hs, Teatro de la Torre, Pinamar




Una relectura de personajes femeninos de Shakespeare que fueron congeladas por la tradición crítica en moldes que refuerzan prejuicios y nociones discriminatorias sobre los géneros femenino y  masculino. Al oír, tanto los silencios de Shakespeare como sus palabras, tal vez se pueda ajustar esos personajes a la realidad del tiempo presente, el tiempo del teatro.

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“Lo que Shakespeare contó... y lo que no contó” no es un espectáculo, es una Conferencia/Performance que puede ser presentada en un teatro o en una sala de seminario.


Lucia Sander
Nace en Río de Janeiro. Hoy vive en Brasilia. Ph. D en literatura y en Estudios de la mujer en la Universidad Estatal de Nueva York. Realiza, entre otros, estudios de teatro y literatura ingleses y dirección teatral en Londres, Cambridge y Birminghan.
Dicta cursos sobre literatura y teatro norteamericano e inglés, sobre historia del teatro universal. Se especializa en la escritura y dramaturgia femenina, en la representación de las mujeres en el teatro. Y desde hace años estudia la dramaturgia de Susan Glaspell.

Escribe sobre personajes femeninos en Shakespeare, sobre Hamlet, sobre Susan Glaspell. Por ejemplo:“Susan y yo: ensayos críticos y autocríticos sobre el teatro de Susan Glaspell” Video de divulgación http://www.youtube.com/watch?v=zMh7Ggimtqk&feature=related
“Históricos e Histéricas: sobre la representación de la locura en la mujer”, Debates sobre Género, Ministerio de Salud de Brasilia.
Ha realizado diversas performances y videos, sobre Ofelia, Clarice Lispector, Susan Glaspell, Mujeres en el arte, etc. 
http://www.luciasandersusanglaspell.com/
ver EL RINCON DE LUCIA
https://magdalena2dageneracion.blogspot.com.ar/p/el-rincon-de-lucia-proximamente.html
para saber más de Lucia

https://www.youtube.com/embed/w3NDaZ4HRtE

Festival Encuentro Pinamar: Tout Moreau

jueves 9 de noviembre, 21:30 hs, Teatro de la Torre, Pinamar. 


Eléonore Bovon y Brigitte Cirla cantan
con Marie Tournemouly en violoncelo


El espectáculo Tout Moreau es un recital donde se entremezclan canciones y textos en forma de mensajes dirigidos a Jeanne Moreau, Brigitte Bardot, François Truffaut, etc., que recorren toda la carrera de esta gran artista.
La voz de Jeanne Moreau también aparece, ya sea cuando reivindica sus deseos de actriz como cuando defiende sus elecciones amorosas.

«Querida Jeanne Moreau, con gran emoción le queremos hablar del homenaje cantado que hemos imaginado para usted. Acunadas por sus canciones, deslumbradas por los personajes que ha interpretado en el cine y en el teatro, conmovidas por la imagen de libertad que transmite, emocionadas por sus compromisos, nos pareció que no sería demasiado dos cantantes para estar a la altura de todo lo que usted representa. Con el aporte de una tercera voz, la de un violoncelo que canta lo propio y lo figurado, hemos explorado las riquezas de su repertorio, hemos descubierto las perlas desconocidas que coexisten con sus más grandes éxitos, y nos hemos apropiado de sus palabras tan llenas de sentido, de poesía, de humor, y de amor, por supuesto… Y llenas de orgullo con la sola idea de poder transmitir tan magníficas canciones nos lanzamos hoy a la aventura.
Querida Jeanne Moreau, como usted bien dice, lo importante es la alegría, y la posibilidad de vivir todas las emociones. Hacia allá vamos... »




Conjugando sus dones y sus personalidades de cantantes, actrices y compositoras, Eléonore Bovon y Brigitte Cirla se asocian para rendir homenaje a uno de los personajes más fascinantes del
patrimonio cultural francés: Jeanne Moreau.

Retomando sus canciones más famosas, como Tourbillon, inmortalizada en el film Jules et Jim, pero también sus interpretaciones menos conocidas del poeta Norge, con arreglos originales de colores absolutamente contemporáneos, rayando en la polifonía, el espectáculo Tout Moreau cuenta el recorrido y las palabras de una mujer libre, firme en sus elecciones artísticas y en sus compromisos personales.

Sostenidas por el acompañamiento en violoncelo de Marie Tournemouly, Eléonore Bovon y Brigitte Cirla cantan el carácter fugitivo del tiempo, la sucesión inamovible del cambio de las estaciones, la intensidad del instante presente, y una visión epicúrea de un amor intenso y absoluto, desprovisto
de toda hipocresía y de toda convención: a imagen de Jeanne Moreau...


Festival Encuentro Pinamar: El eco del silencio









El eco del silencio

Demostración / Espectáculo con Julia Varley,
sobre trabajo vocal y la interpretación del texto
                                                                                                                                                  
Sábado 11 de Noviembre 21:30 hs
Lugar: Teatro Municipal de La Torre. Constitución 687 – Pinamar. Buenos Aires

El eco del silencio es un espectáculo que describe las peripecias de la voz de una actriz y las estratagemas que inventa para interpretar un texto.
La voz de los actores y el texto presentado a los espectadores componen la música de un espectáculo. En el teatro, donde aparentemente se está libre de los códigos conocidos de la música, la actriz necesita crear un laberinto de reglas, referencias y resistencias a seguir o rechazar para llegar a la expresión personal y reconocer la propia voz.
El eco del silencio transita algunas de las etapas de este proceso que, a través de la disciplina técnica, hace deslizar la percepción del espectador revelándole por detrás de la actriz a la persona y por detrás de la voz al silencio.


martes, 24 de octubre de 2017

ENCUENTRO FESTIVAL nov. 2017


Encuentro Festival Mujer, teatro y voz

Buenos Aires/Pinamar 2017




Encuentro/Festival Internacional
Magdalena 2da generación
"Mujer, Teatro y Voz"


Un Festival con mesas de reflexión, talleres y espectáculos abiertos a todo público en CABA (Pan y Arte Teatro y Escuelas). 2 al 7 de noviembre




Magdalena 2º Generación
Presenta el
5º ENCUENTRO FESTIVAL
“MUJER TEATRO VOZ”


El encuentro es fruto de la cooperación internacional de varias plataformas escénicas y tiene como objetivos instalar la circulación, la producción y la difusión de las artes escénicas realizadas y concebidas por mujeres de distintas culturas y continentes. En esta oportunidad se dará protagonismo a artistas que trabajan sobre la voz: difundiendo y fomentando el trabajo escénico de mujeres artistas en un contexto social que está viviendo permanentemente cambios en el paradigma y rol de la mujer. Y en donde aún el trabajo de presencia debe partir del trabajo de insistencia sobre emisión de pensamiento, formulación y construcción de un engranaje discursivo que permita contar desde historias íntimas hasta cantos comunes.

Esta V edición contará con espectáculos, seminarios, conferencias, mesas, performances y demostraciones. Entre las invitadas Nacionales e Internacionales participarán artistas de Francia, Chile, Taiwan, Australia, España, Brasil, Dinamarca y Argentina.

El Festival tiene dos  etapas: una en CABA del 2 al 7 de noviembre en Pan & Arte del barrio Boedo. Y una segunda en Pinamar del 8 al 12 de noviembre. En ambas se realizarán seminarios prácticos y teóricos, performances, mesas de reflexión, working progress. En Pinamar, además, habrá un gran final con performance en la plaza principal. A su vez, en el marco del Encuentro se desarrollarán actividades con la comunidad docente y alumnos de una escuela pública.

Entre las invitadas se destacan: las francesas Brigitte Cirla, Eléonore Bovon, Marie Tournemouly (artes escénicas- voces polifónicas) Las chilenas Verónica Moraga, Antonieta Muñoz Sagredo de Mestiza Chile (artes  escénicas, fotografía, gestión cultural) De Taiwán nos visitará Ya –Ling Peng (narraciones, autobiografía, trabajo en zonas vulnerables)  De Australia, Suzon Fuks (performance instalaciones audiovisuales) De España llega la dramaturga Amaranta Osorio. Brasil estará presente con la intelectual y académica Lucia V. Sander (de la Universidad Nacional de Brasilia: literatura, performance y género) Y con Luciana Martucchelli, Juliana Zancanaro y FIlipe Lima (sólo en Bs As). También de Brasil (aunque hace años vive en Argentina) es Isa Soares, en  Danzas Orixas. De Dinamarca nos visita Julia Varley (sólo en Pinamar) del Odin Teatret.  Y las argentinas Ana Woolf, (Actriz, directora, pedagoga) y colaboradora internacional del Odin Teatret (dirección Eugenio Barba); Marcela Brito (actriz, percusión y canto). Laura D’Anna (actriz, docente y directora teatral). Natalia Marcet (actriz, docente, corporalista y narradora oral). Natalia Tesone (actriz, docente Y hablante de lengua de señas). Silvia Pritz (Bailarina,  docente y coreógrafa). Sabrina Califano (actriz, docente, traductora y cantante) y Blanca Rizzo (performer, docente y coreógrafa).